Los animales exigen un trato cada vez más humano

Los animales exigen un trato cada vez más humano

La ciencia, el derecho y los ambientalistas buscan cambiar el utilitarismo hasta hoy existente.

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15 de noviembre 2015 , 08:35 p.m.

Aunque no tuvo el impacto viral del león Cecil –cuya muerte a manos de un cazador enardeció a los usuarios de redes sociales–, la admisión de un proceso de hábeas corpus en favor de Sandra, una orangután del Zoológico de Mendoza (Argentina), recorrió el mundo.

De ella y de su posible liberación hablaron ‘The New York Times’, ‘The Guardian’, ‘Le Monde’ y ‘El País’. Libération publicó, bajo el título ‘Debemos revisar el modo de tratar a los animales’, un destacado primer plano de la protagonista y un artículo donde la filósofa Florence Burgat asegura que la decisión tomada por la justicia argentina “no es ni anecdótica ni el anuncio de un cambio radical y rápido de las mentalidades, sino un jalón dentro de un largo proceso”.

Ese proceso es la búsqueda de una nueva definición de la relación entre humanos y animales, que incluye desde las acciones de grupos como Peta (People for the Ethical Treatment for Animals) hasta campañas proteccionistas y los reclamos de quienes piensan que abordar seriamente estos temas implica repensar todo, comenzando por los modos de producción imperantes.

En este dinámico universo, hay un aspecto menos visible pero sin duda decisivo: el creciente impacto del animalismo en el derecho. En los últimos años, las doctrinas jurídicas de Alemania, Austria, Luxemburgo, Suiza y Francia establecieron que los animales dejaron de ser “cosas”. (Lea también: SeaWorld suspende espectáculos de orcas tras años de polémica)

El Código Civil francés, por ejemplo, los denomina “seres capaces de sentir”, un lineamiento próximo al que siguieron los abogados de Sandra, quienes apelaron (entre otras cosas) al 96 por ciento de identidad genética entre los grandes primates y los humanos para solicitar que la orangután fuera enviada a un santuario natural.

“El derecho animal deja de mirar el mundo desde el hombre y mira a los animales no humanos como seres que sienten, pero sin humanizarlos, porque somos especies distintas”, anota María de las Victorias González, docente en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e impulsora de la materia, que desde este año se puede cursar en esa institución.

Si, como escribió el crítico George Steiner en ‘Del hombre y la bestia’, “durante siglos cualquier sentimiento especial de afecto hacia los animales era infantil”, ¿qué cambió? Steiner señala los avances en biología (“mostraron la virtual identidad genética entre humanos y primates”), las investigaciones de Jane Goodall con chimpancés, las de Diana Fossey con gorilas y los hallazgos sobre los sistemas de comunicación de ballenas y delfines. La sospecha, en última instancia, de que entre lo humano y lo animal existen más proximidades que abismos.

Pero el animalismo también responde a una inquietud ética. Así lo cree Silvina Pezzetta, doctora en derecho e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Argentina (Conicet), que comenzó a interesarse en esta temática hace cuatro años, en una universidad norteamericana.

Allí, cerca de un puesto de comida, tomó los folletos de unos activistas que denunciaban los maltratos a los que son sometidos los animales usados como alimento. “Más allá del impacto emotivo de las campañas, decidí leer más sobre los argumentos teóricos respecto del trato que merecen los animales, una pregunta de carácter moral vinculada con el derecho –rememora–. Quizás, como dice Peter Singer, uno de los teóricos más influyentes en el área, estamos expandiendo lentamente nuestro círculo de consideración moral, nuestro respeto por la libertad y la vida hacia otros grupos”. (Vea: Jornada de marchas contra el maltrato animal)

Sufrimiento bestial

Justamente han sido las ideas de este filósofo australiano, autor de ‘Liberación animal’ (libro publicado en los 70), las que mayor sustento han dado al movimiento animalista. Singer no se restringe a la proximidad genética entre los humanos y algunos animales, sino que se amplía al hecho de que ambos comparten la capacidad de sufrir.

Para él, se trataría de altruismo: la capacidad humana de ponerse en el lugar del otro y, con la única motivación de la responsabilidad ética, evitar su sufrimiento. Una concepción que inspiró las campañas contra las pruebas con animales, los modos de producción de las granjas industriales o cualquier otra variante de crueldad ejercida sobre animales.

“Una diferencia entre especies no es una base éticamente defendible para tener menos consideración por los intereses de un ser sensible que los que damos a intereses similares de un miembro de nuestra especie”, escribió Singer.

Esa denuncia del ‘especismo’ como un modo de discriminar a otros y sacar provecho de la mera pertenencia a un grupo, reaparece hoy en documentales como el premiado ‘Terrícolas’ (‘Earthlings’), dirigido por Shaun Monson, narrado por el actor Joaquin Phoenix y musicalizado por Moby (actor y músico que son conocidos partidarios de los movimientos en defensa de los animales). (Lea aquí: Buscan cárcel y fuertes sanciones para maltratadores de animales)

“Quizá la creciente preocupación actual por la condición de los animales sea una derivación de la potente consigna política ‘liberación’, diseminada en la década de 1960: la liberación sexual, de las mujeres, de las personas de color, de las diferencias identitarias, de los pueblos colonizados, etc. –comenta el sociólogo Christian Ferrer, autor de ‘La mala suerte de los animales’– (...) En todo caso, podemos aprender de los animales, que huyen del dolor y buscan el placer, lo contrario que hace ese animal paradójico que es el hombre”.

“Hay que tratar de pensar un humanismo que simultáneamente luche por los derechos de la naturaleza”, aconseja María Carman, doctora en antropología social de la UBA, que reconoce los inicios de un cambio de paradigma. En el seno de la ciencia, encargada de delimitar dónde termina la naturaleza y dónde comienza la cultura, algunos investigadores plantean hoy que esa dicotomía es inadecuada para comprender buena parte de las prácticas modernas. El antropólogo Philippe Descola, discípulo de Claude Lévi-Strauss, es uno de quienes están pensando en estos términos.

“Habría que revisar no solo el lazo que nos une con el mundo de ‘lo no humano’, sino también el que nos une como seres humanos”, anota María Valeria Berros, cofundadora de la ONG Capibara Naturaleza, Derecho y Sociedad. La abogada cita a un colega italiano, Valerio Pocar, quien en ‘Los animales no humanos. Por una sociología de los derechos’, escribe: “La toma de conciencia de que la supervivencia de la especie humana está estrechamente relacionada con la supervivencia de las otras especies sugiere e instaura una solidaridad necesaria con respecto al mundo viviente”.

Algo para tener en cuenta en tiempos de lo que muchos científicos llaman la “sexta extinción masiva” (la quinta fue la de los dinosaurios), cuando el ritmo de desaparición de especies se ha multiplicado más que por cien y, según denuncia Louis Psihoyos en el documental ‘Racing Extinction’, para este fin de siglo se habrá perdido la mitad de ellas.

“La mengua mundial de la diversidad biológica es la consecuencia inevitable de la ampliación de la actividad productivista del ser humano –comenta Ferrer–. El modo de vida actual se requiere transformar los hábitats de los animales en lugares de extracción de recursos o de extensión de la frontera agrícola. A eso lo llamamos progreso”.

Con sutileza, Steiner aventura un diagnóstico de época: quizás estos temas cobren cada vez mayor fuerza por una inesperada razón: “Empezamos a sentirnos solos en esta sobrepoblada Tierra”.

DIANA FERNÁNDEZ IRUSTA
La Nación (Argentina)

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