La película que relata el doloroso mundo de la explotación sexual

La película que relata el doloroso mundo de la explotación sexual

'Chicas nuevas 24 horas' relata el drama de esta trata de personas que afecta a mujeres y niñas.

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15 de noviembre 2015 , 08:35 p.m.

Vamos a arrancar con una cifra: cada año 4,5 millones de mujeres y niñas en todo el mundo son víctimas de trata de personas para la explotación sexual. Imagínense que todas las mujeres que viven en Bogotá, que según los últimos datos de la Secretaría Distrital de Planeación (SDP) suman 4’068.770, fueran obligadas a ejercer la prostitución. Y faltarían muchas más.

Ese es el panorama. No en vano nos estamos refiriendo al tercer negocio ilícito que más dinero genera en el planeta tras el tráfico de armas y el narcotráfico. La compra y la venta de personas supone unas ganancias globales de 32.000 millones de dólares.

“Las redes se sirven de situaciones de pobreza, desigualdad y violencia de género para captar su materia prima. Las mujeres que no tienen acceso a la educación y que no disponen de herramientas para afrontar la vida resultan muy vulnerables ante una promesa migratoria de un trabajo digno en hotelería o en servicio doméstico. Son carne de cañón para ser víctimas de trata”, resume la española Mabel Lozano, responsable del documental ‘Chicas nuevas 24 horas’ que ganó en octubre el Premio Signis en el Festival de Cine de Santa Cruz (Bolivia). Además, el filme fue declarado “de interés nacional” por la cámara de diputados de Paraguay. (Lea también: Explotación sexual infantil en Bogotá comienza antes de los 15 años)

La cita con la realizadora tuvo lugar en Valladolid, donde la película fue programada en la 60 edición del festival Seminci, que terminó el 31 de octubre. Fue un alto en un camino plagado de muestras de cine de todo el orbe, donde se pretende concienciar contra un problema que hasta el momento ha hecho apartar las miradas.

‘Chicas nuevas 24 horas’ es fruto de más de seis años de investigación y ocho de colaboración con asociaciones que trabajan con víctimas de trata, la Fiscalía y la policía de varios países.

La película relata realidades espeluznantes, como la que se sufre en los campamentos mineros de Madre de Dios, en Perú. En estos terrenos auríferos, la vida fuera del pozo se alegra con la ingestión de alcohol y la práctica de sexo con menores, “porque los trabajadores tienen miedo de contraer enfermedades con mujeres adultas”, dice Óscar Guadalupe, director del albergue juvenil Mazuko, que atiende a las víctimas que logran escapar.

Y todo en un entorno donde la corrupción campa a sus anchas, la policía está comprada y la fiscalía y las autoridades tienen intereses en la extracción de oro, según cuenta el mayor de la Policía Nacional de ese país, Jesús Díaz. “En Perú todo vale, menos la infancia”, dice amargamente.

Este largometraje es el eje principal de un proyecto multidisciplinar que incluye acciones en la web y las redes sociales, una novela titulada ‘Puta no soy’, donde la periodista madrileña Charo Izquierdo relata la historia de una víctima peruana de Madre de Dios que ofrece su testimonio en la película, y una exposición fotográfica de imágenes obtenidas en los cinco países donde se rodó: Argentina, Paraguay, España, Perú y Colombia.

“En los últimos años, el éxodo de colombianas hacia España víctimas de trata no ha sido muy grande, pues se ha desviado mucho hacia Oriente. De Pereira se hace parada en Madrid, pero rumbo a China y Japón –explica Lozano–. Ahora, lo preocupante es que con la exención recíproca de visados a partir del 4 de diciembre entre Colombia y los 26 estados europeos del Espacio Schengen, el flujo regrese a España”. (Vea: 'Por mis derechos, equidad e inclusión', proyecto sólido en Medellín)

La directora del documental participará el 26 de noviembre en la Conferencia sobre la trata y el tráfico organizada por la Oficina de la ONU Contra la Droga y el Delito, en Medellín.

Las porciones del pastel

La película detalla todos los agentes que se lucran de esta transacción humana. No son solo los proxenetas los que perciben un sueldo a partir del mercadeo sexual; también los taxistas, que informan a potenciales clientes de lugares donde “ir de putas”, las agencias de empleo que ofertan trabajos de mesera, de cocinera o de niñera a sabiendas de que en realidad esconden negocios de prostitución, e incluso la prensa, que en sus páginas de información denuncia los casos de trata de personas, mientras los promocionan en su sección de anuncios.

“Esta doble moral es una gran hipocresía. Los medios de comunicación de Europa recaudan 40 millones de euros a través de estos avisos. Y son grandes cabeceras que supuestamente cuidan los derechos de las menores. En España, por ejemplo, ‘El País’ y ‘El Mundo’, que son espejos de una prensa de calidad, publican estos anuncios que ofrecen contactos de chicas que en gran dimensión arrastran a víctimas de la trata”, denuncia en el documental el periodista paraguayo Andrés Colman, del diario ‘Última hora’. (Lea: Crean casa para atender niños explotados sexualmente en Medellín)

Como cuenta el redactor, la prostitución no consentida es un negocio de ganancias. Un día, un traficante de droga se lo expuso crudamente: “A diferencia de la droga, que solo se vende una vez, el cuerpo de una mujer, si se cuida, puede venderse en múltiples ocasiones durante el mismo día y continúa produciendo ingresos”.

Cuatro historias

La nueva esclavitud del siglo XXI casi siempre arranca con una persona cercana a la víctima. La chica que acaba en este mercado de la carne suele proceder de lugares donde existe una profunda brecha social, violencia intrafamiliar y feminización de la pobreza. Y es su madre o alguien cercano el que la vende para ganar una cifra mísera que puede ir de los 10 a los 30 dólares. “En Colombia existe la modalidad lover boy –dice Mabel Lozano–. Se capta mucho a través de redes sociales y de hombres que se dedican a enamorar a las mujeres. Cuando se han ganado su confianza les dicen que tienen trabajo en China o en España, que los acompañen, o que les han encontrado un empleo en estos países”.

El documental, entre cuyos productores se encuentra la bogotana Hangar Films, expone el testimonio de cuatro mujeres que han sufrido trata en diferentes esquinas del mundo. Una de ellas es colombiana, Ana Ramona. La entrevistada relata una infancia difícil, con una madre a cargo de siete hijos y un padre ausente.

El pequeño negocio de peluquería en Valledupar no aportaba ingresos suficientes para ayudar a su familia, así que cuando una cliente le habló de una agencia que le podía prestar dinero para viajar a Panamá, a cambio de hipotecar la casa, no lo pensó dos veces.

Todo se enturbió cuando se percató, demasiado tarde, de la telaraña en la que había quedado enredada. “Cuando uno llega, pierde la identidad: le ponen otro nombre, le quitan el pasaporte, le cambian la ropa y le hacen firmar un contrato”, expresa en la película.

Además, recuerda cómo tenía que trabajar de domingo a domingo, sin descanso. Al principio la vencía el sueño y dormía mucho, así que la multaban.

Y es que las amonestaciones son comunes en los burdeles. En un momento del metraje, la cámara capta letreros con advertencias a las ‘empleadas’: la sanción por llevar comida al cuarto es de 200 dólares, y con 300 se escarmienta a las que salen en moto, compran comida chatarra, a las que hablan mal de sus compañeras y las que se enamoran de alguien del personal.

El caso colombiano

Ana Ramona es una víctima de la trata derivada del tráfico de personas, pero en Colombia también arroja cifras escalofriantes la explotación local: 35.000 niñas menores de edad son víctimas de trata para el turismo sexual.

Rocío Mojica, oficial de protección infantil de Unicef Colombia, lo argumenta: “Hay mucha propaganda asociada a Colombia, turismo y mujeres, y eso hace un gran daño porque da el mensaje de que se puede venir al país a explotar sexualmente a niñas y adolescentes. Hay paquetes de turismo sexual y el visitante considera que es una forma de ayudarles a salir de la pobreza”. (También: Mujeres, relojes y santería, las excentricidades del capo 'Pijarvey')

Mabel Lozano secunda esta visión perversa de la realidad: “Hablamos de un tema muy gordo. Colombia ofrece una imagen de mujeres guapas. El Gobierno dice que organiza campañas para erradicar la trata, pero algo deben estar haciendo mal cuando existe esta elevadísima captación regional de mujeres. Hay mucha tibieza gubernamental. Es necesario poner en práctica políticas de equidad y de educación en respeto desde los mismos colegios”.

Otro lado dramático del flagelo se da cuando las mujeres que han sido explotadas sexualmente logran regresar a casa: su baja autoestima se remata al ser repudiadas por sus familias. Los parientes no reparan en que detrás de la trata de personas ha habido una violación de derechos humanos y brotan los prejuicios. La prostitución se asume como un estigma social.

“Es fantástico –dice Lozano con indignado sarcasmo–, porque es un círculo que sigue y sigue. Los proxenetas juegan con ese temor”. Es una de las razones de peso para que en Pereira, la segunda ciudad más poblada de la región paisa después de Medellín, se siga captando mujeres.

“Son muy bellas, muy pobres y muy vulnerables, y ninguna vuelve y lo cuenta porque se horrorizan solo al pensar en decirles a sus familiares: “Mamá, no he trabajado en hotelería, sino que me han obligado a drogarme, a vender alcohol, me han pegado, humillado y forzado a trabajar 15 horas al día ejerciendo la prostitución”.

‘Chicas nuevas 24 horas’ busca hacer diana en su objetivo principal, las mujeres más susceptibles de ser explotadas, y para ello se ha doblado al guaraní y al quechua. Pero también persigue otros objetivos, porque esta tragedia es de tipo transversal. “Hay que empoderar a las mujeres, que ellas mismas digan no, pero también generar reflexión, sensibilizar a los hombres, remover la conciencia y acabar con esa tibieza de los gobiernos”, concluye la directora.

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