Pintura salvaje / La Feria del Arte

Pintura salvaje / La Feria del Arte

José Horacio Martínez es un artista con una cultura vasta y aparentemente inagotable.

15 de noviembre 2015 , 04:51 p.m.

Hace muchos años que conozco a José Horacio Martínez; siempre me ha parecido un pintor gigante, desbordado y exagerado, un pintor de oficio y de otra época: una época en la que los grandes maestros peleaban con sus lienzos a golpes y salían empapados de sudor y sangre de sus estudios.

Es un artista con una cultura vasta y aparentemente inagotable –puede hablar horas y horas de pintura y recitar las biografías de los artistas que lo apasionan–. He visto grandes obras suyas. Tengo cierta debilidad por sus “aplausos” y por algunos cuadros de esa época.

Siempre lo he visto como un pintor serio y honesto y como un buen amigo, pero la obra que presentó hace unos días en la Galería El Museo es de otra dimensión. José Horacio –creo– entró en las grandes ligas. El público, por su parte, dio su veredicto: vendió prácticamente toda la muestra.

Y la muestra es apabullante. Hay cuadros que cubren paredes enteras y ejercen un magnetismo imposible de resistir. El espectador termina sumergido en su exuberancia, en colores que parecen inventados por él y que no tienen nombre propio: naranjas atómicos, verdes que parecen sacados de una planta nuclear; un rosa Tiepolo manchado de rojo y azul y verde aguamarina; rojo sangre y un morado tan brillante que no tiene ninguna familiaridad con la uva.

Y en esa explosión de color aparecen detalles diminutos, detalles que hay que perseguir con una lupa y que le dan una riqueza inesperada a cada cuadro: canoas, osos de anteojos, palmas africanas. El sello de un líder indígena desconocido. Y José Hilario tiene una respuesta para todo.

En su obra no solo hay pintura y trazos salvajes: el acrílico se puede sentir, se puede tocar, pero la obra también tiene la delicadeza del dibujo. Y esa ha sido su marca desde el comienzo de su carrera.

José Horacio exige que sus cuadros se tengan que ver de lejos y que también haya que clavar los ojos –con el desespero de un miope– en un detalle mínimo; por eso, en medio de una pintura de tres por tres hay un personaje que ni siquiera mide dos centímetros; por eso sus cuadros pueden verse como paisajes descomunales vistos desde el cielo o como una cartografía particular del Pacífico colombiano. Hay que verla.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
Columnista de arte
@LaFeriaDelArte

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