La risa fácil

La risa fácil

Las minorías se cansan al ver que los pocos espacios visibles se usan para ridiculizarlas.

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14 de noviembre 2015 , 08:46 p.m.

Debo decir que casi no veo televisión y muchas veces prefiero la televisión por demanda porque tengo más diversidad, escojo los contenidos que quiero ver y siento que me entretienen con mayor calidad. Me aburre el entretenimiento fácil, poco elaborado, simple y que no asume la responsabilidad con conciencia de lo que está transmitiendo. Creo que, más allá de la expresión individual, cuando se llega a las masas, las posiciones y pensamientos se amplifican e inciden en las percepciones, lecturas y decisiones de millones de personas. Quizás por eso, cuando se dio la discusión del Soldado Micolta no sabía ni de quién me estaban hablando. Quizás si me hubieran preguntado sobre los personajes en los programas que algunos taxistas sintonizan en la radio, y que por tolerancia tengo que escuchar, hubiera expresado rápidamente mi hastío por la burla sexista, burda y racista, que no me gusta.

Así que, más que opinar sobre el personaje, me pareció interesante seguir la discusión sobre el black face, que se usó en el siglo XIX como humillación a los esclavizados, y que desde los años 60 se eliminó como práctica teatral en muchos lugares en el mundo y aquí parece toda una novedad. Para mí, la pregunta era: ¿cómo incide en el imaginario nacional que uno de los escasos referentes de la comunidad negra en la televisión sea un hombre con el rostro pintado de betún, perpetuando todos los estereotipos de atraso, pereza, ignorancia, entre otros? ¿Por qué uno tiene que seguir explicando la eliminación de prácticas racistas tan evidentes?

Tan solo les pregunté a mis sobrinos cómo incide un personaje así sobre su lectura como niños negros, y básicamente su respuesta fue que no le servimos a este país, que somos personas sin nada que aportar. Entonces, no es extraño que cada semana tengamos casos de discriminación (e. g., fotos en revistas, discotecas, taxis, anuncios en barrios donde se dice explícitamente que no se aceptan negros, detenciones arbitrarias), el más reciente en el aeropuerto de Medellín, con el congresista afroamericano Hank Johnson, de Atlanta, quien, recorriendo el mundo, reconoce que esto solo le ha pasado en Colombia.

Los mensajes recurrentes en algunos medios de comunicación y la falta de participación efectiva en los espacios hacen que los imaginarios de inferioridad y subvaloración predominen y no tengan un contrapeso que le permita a una comunidad reivindicar quién es, más allá de la burla.

En el libro Decolonising the Mind (Descolonizando la mente), el intelectual keniano Ngugi Wa Thiong’o lo explica: “El efecto de una bomba cultural es aniquilar las creencias de la gente en sus nombres, lenguajes, en su medioambiente, en su herencia de esfuerzo, en su unidad, en sus capacidades, y al final en ellos mismos. Esto hace que se vea el pasado como una tierra perdida, un territorio infértil sin mayores logros, que hace que la gente se quiera alejar de sí misma”. Sin embargo, quizás este tipo de análisis es muy profundo para algunos de los generadores de contenidos hoy.

Es importante que el canal cambie el personaje y reconozca la molestia profunda de 10 millones de personas que somos clientes de sus productos a nivel nacional, y la incidencia que esto puede tener en una audiencia internacional, que solo en las Américas representa más de 150 millones de afrodescendientes, solidarios en el rechazo ante este tipo de mensajes. Ojalá tomemos conciencia de que las minorías que son mayorías, como las comunidades afrodescendientes, indígenas, en una nación de hijos de la mezcla, se cansan y actúan al ver que los pocos espacios visibles se usan exclusivamente para ridiculizar y no para valorar su identidad.

PAULA MORENO
Presidenta de Manos Visibles
@manosvisibles

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