'Mire a ver qué hace' / Voy y vuelvo

'Mire a ver qué hace' / Voy y vuelvo

Día tras día los bogotanos olvidan cómo convivir en paz con sus semejantes.

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14 de noviembre 2015 , 07:09 p.m.

Hace pocos días cruzaba por una de las cebras de la calle 116 con Suba cuando advertí que dos motociclistas, ni cortos ni perezosos, decidieron esperar el cambio de semáforo en toda la mitad del trazado. Uno de ellos era mensajero de domicilios del restaurante Subway.

Cuando veo este tipo de comportamientos, siento que la indignación me invade y no lo puedo evitar. Tengo que reclamar, pues me parece que ser indiferente ante la matonería es lo que nos destruye como sociedad, como vecinos, como miembros de una comunidad.

Confieso que no era así hasta que el tema de cultura ciudadana se apoderó de los contornos de la ciudad. Pero fue hace muchos años. Hoy solo nos queda el recuerdo. Creo que somos pocos los que nos indignamos ante estas tropelías. O tal vez no; pensándolo bien, he sido testigo de gente que reclama por un malparqueado o por una moto que va sobre el andén o por el chambón que llena de avisos los postes ante la impotencia de los transeúntes.

Volviendo al tema de la moto, no vi otra opción que acercármele al sujeto para llamarle la atención: “¿Por qué se estaciona sobre la cebra?, ¿acaso no ve que ese es un espacio peatonal?”, le dije. La respuesta del sujeto fue tajante: “Porque quiero”, lo que me ofendió más. Entonces, ya entrado en gastos, le repliqué: “No sea descarado, eso es ser hampón y usted trabaja para Subway, al menos respete eso”. Y el fulano agregó: “Yo parqueo donde quiero, ¿o qué va a hacer?”

Me cuenta mi hija que de regreso de la universidad tenía que bajarse en una de las estaciones de TransMilenio y era tal el apretuje de gente plantada frente a la puerta del articulado que le era imposible salir. Cuando le dijo a la mujer que obstaculizaba el paso y que por favor se hiciera a un lado, le respondió: “No hay por dónde”. “Pero señora, es que yo me bajo en la estación” –insistió mi hija–”, y la pasajera repitió algo que seguramente repite muchas veces o que tal vez le enseña a sus hijos: “Pues mire a ver qué hace”.

El matón de la moto y la pasajera fresca de TransMilenio reflejan de lo que le pasa a la ciudad. Y súmeles los colados, los de la doble fila en el semáforo, los de Uber que ahora también orinan en los humedales, los ciclistas frescos que no respetan semáforo y demás. Esa es la plaga que jode a Bogotá, la que nos deja quedar mal ante los demás; los mismos que vociferan y critican, pero a la hora de aportar se hacen los de la vista gorda y se comportan como bravucones indignados.

El gobierno entrante ha prometido, entre tantas cosas, que la ciudad volverá a recuperar el orden y la autoridad “con amor”. Que no se permitirán más postes repletos de avisos de mal gusto ni colados en TransMilenio, ni más invasión de espacios para los peatones. Veremos si tanta dicha resulta ser cierta, porque no hay nada más difícil que volverle a enseñar a un adulto que el civismo se practica, sobre todo, en la calle.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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