Tres lecciones de Armero a los nuevos alcaldes y gobernadores del país

Tres lecciones de Armero a los nuevos alcaldes y gobernadores del país

Experto en desastres habla sobre la tragedia que conmocionó a Colombia hace 30 años.

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13 de noviembre 2015 , 11:35 p.m.

Un municipio que tiene ordenado su territorio y está libre del riesgo de desastres merece una buena calificación. Por el contrario, hoy en día un territorio anarquizado y empobrecido por las emergencias y las catástrofes es una pésima calificación para toda su población, en especial para sus dirigentes.

Los alcaldes y gobernadores electos, que ahora se preparan para asumir responsabilidades, deberían recordar las lecciones de historia y de desarrollo regional que dejó la tragedia de Armero y que son fundamentales a la hora de definir sus planes de desarrollo y de ordenamiento territorial.

El primer mensaje que deja Armero es que toda población y ciudad debe disponer del conocimiento de la localización de las amenazas y una idea clara de lo que es vulnerable y lo que puede serlo si no hay el debido control de la ocupación territorial. Armero creció sin control en una zona donde habían ocurrido avalanchas que sepultaron en los años 1595 y 1845 su cabecera municipal, testimonio histórico del error de localización de actividades humanas permanentes en un lugar destinado por la naturaleza al flujo de lodos volcánicos.

De la mano del conocimiento de los riesgos van las decisiones y la planificación del desarrollo municipal, que es la segunda gran lección de Armero. Es mediante las decisiones del ordenamiento territorial y la planificación del desarrollo, consagradas actualmente en la Ley 388 de 1997 y en el Decreto 1807 de 2014, que las administraciones municipales pueden controlar la ocupación de zonas inundables, de deslizamientos o de erupciones volcánicas.

La tercera gran lección es sobre la información y educación a la población. Decía Héctor Díaz, el Jefe de Planeación de Armero durante la tragedia, que si en los colegios hubieran estado menos interesados en explicar que los montes Urales separaban Europa de Asia, y primero les hubieran explicado que los armeritas vivían a las faldas de un volcán peligroso, otra hubiera sido la suerte.

En los treinta años que han transcurrido desde la triste noche de Armero, han sido muchos los colombianos que han ocupado el lecho de ríos, montañas de exageradas pendientes y hasta zonas propensas a tsunamis. Los nuevos alcaldes y gobernadores tienen la obligación de plantearse un nuevo estándar de seguridad y desarrollo sostenible para sus territorios, que va mucho más allá de la tarea eterna de apagar incendios y ayudar brevemente en las emergencias.

Juan Carlos Orrego

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