En los jardines del Monet

En los jardines del Monet

Cinco fotógrafos interpretaron esta obra del maestro impresionista

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13 de noviembre 2015 , 09:28 p.m.

“Es ahí, en esta perpetua fiesta para los ojos, donde vive Claude Monet. Es claramente el medio que se imagina para este prodigioso pintor de la espléndida vida del color, para este prodigioso poeta de luces conmovedoras y de formas escondidas, para aquel que hace los cuadros respirables, embriagadores y perfumados, que saben tocar lo intangible, expresar lo inefable y que hechizan nuestro sueño de todo el sueño misteriosamente encerrado en la naturaleza, de todo el sueño misterioso y disperso en la luz exquisita”, así se refería al Jardín de Monet el escritor francés Octave Mirbeau (1848).

Monet tenía 43 años cuando se instaló en Giverny, en 1883; 7 años más tarde compró la casa y el jardín que acondicionó, modificó y dispuso a su gusto, con estilo japonés un estanque lleno de nenúfares, de los que salió precisamente su más emblemática y monumental obra: ‘Nenúfares’, expuesta permanentemente en el Museo de la Orangerie en París. Hay quienes consideran que este jardín debe contarse entre sus obras, pues “lo hizo de acuerdo con lo que su ojo le iba pidiendo, guiado por las invitaciones de cada día para satisfacer su apetito de colores”, según su amigo y biógrafo Georges Clemenceau.

En la Alta Normandía, la comuna francesa de Giverny no solo alberga la casa y los jardines que pertenecieron a Monet, sino que también cuenta con el Museo de impresionismos (Musée des impressionnismes), que ofrece estos días la exposición Fotografiar los Jardines de Monet - Cinco miradas contemporáneas. Se presentan fotos de Elger Esser, Bernard Plossu, Stephen Shore, Darren Almond y Henri Foucault, que revelan una lectura contemporánea y plural de ese lugar mítico que fue para el maestro del impresionismo motivo esencial de su pintura durante los últimos 25 años de su vida.

Es inevitable entrar con altísimas expectativas a la exposición, después de haberse perdido en la belleza subyugante y en el aura mágica de los jardines que Monet creó para su deleite. Sin embargo, cuando se inicia el recorrido por la muestra, se empieza a hacer evidente que estas no son imágenes estereotipadas, que ninguno de los fotógrafos quiso hacer retratos de catálogo o postal, sino que desde diversos ángulos, cada uno interrogó los vínculos de este lugar con la historia del arte y con la noción de paisaje y naturaleza.

La exposición se abre con las fotografías del alemán Esser (1967), cuyo motivo fue la noche como memoria. Paisajista inspirado por la pintura y la literatura del siglo XIX y comienzo del XX, Esser realiza varias series tituladas ‘Nocturnos en Giverny’. Se instaló allí de marzo a julio de 2010 y fue la lentitud de la noche y el crepúsculo lo que le permitieron “probar la ausencia de Monet” y capturar los colores nocturnos de los nenúfares y los resplandores y brillos de la luna y las estrellas en el jardín de agua. Su trabajo evoca el silencio de la noche, la poesía y la música romántica.

Con mirada radicalmente opuesta, el neoyorquino Shore (1947) se dedicó a documentar los jardines en una serie de imágenes que se deshacen de toda nostalgia impresionista y registran, con extrema precisión, neutralidad y estilo puramente documental, las diferentes facetas de los jardines. Emplea primeros planos, que le permiten mostrarlo en ocasiones como un lugar encerrado y personificado por flores o también como un vasto paisaje en el que reinan la luz difusa y sus reflejos en el agua. Este trabajo de Shore empezó cuando el MET de Nueva York le encargó fotografiar, en 1977 la restauración de la propiedad. Luego regresó allí en 2 ocasiones más: otoño de 1981 y primavera de 1982. Para este colorista célebre, afamado por sus fotografías de escenas de la vida cotidiana, el mayor reto consistió en dejar un testimonio de “la belleza intrínseca del lugar”, a la vez que del “jardín de pintor, que Monet concibió de acuerdo con los intereses de su pintura”.

“Un jardín íntimo” fue el enfoque del fotógrafo vietnamita Plossu (1945), quien llevó a cabo esta serie en el invierno de 2010. Lo que quiso fue mostrar el jardín que Monet nunca imaginó, evocando así la ausencia del pintor y la intimidad de un jardín privado. “Es invierno. No hay nadie. Ni una flor. Exactamente lo que soñaba: ¡descubrir la estructura del jardín y no su resplandor!”, comenta Plossu.

Para el inglés Almond (1971), lo esencial fue la travesía del tiempo. Entre 2011 y 2012 hizo imágenes de los jardines en noches de luna llena y en el alba, de allí salieron las series ‘Fullmoon Impression’ y ‘Civil Dawn’, las cuales están dotadas de un aura poética, basada en la experiencia del tiempo y la memoria. “Monet estaba en búsqueda constante de nuevas composiciones, de nuevas formas. Había tal abundancia de colores y de profundidad que tuve que replegarme, aislarme para concentrarme en los ínfimos detalles del paisaje”. Para conseguirlo, Almond se permitió a sí mismo ir lento, con el fin de darle “mas tiempo al paisaje para que se expresara” y así logró registrar el paso del tiempo, la luz y los colores extraños de las flores al alba.

El videógrafo y escultor francés Foucault (1954) se dio a la tarea de interpretar la luz con un lenguaje diferente: en grandes hojas de papel fotográfico imaginó aisladamente las formas del paisaje del jardín y las recubrió con miles de cristales de la marca Swarovski. Este trabajo surgió por encargo del propio Museo de Impresionismos en 2011 y requirió un largo trabajo documental para el que recogió flores y hojas de los jardines con el fin de producir la serie ‘Vibrations’.

Cada una de las piezas exhibidas constituye un reto mayor pues deja ver las diversas dinámicas y las múltiples interacciones y experiencias por las que pasaron cada uno de los artistas para mostrar imágenes que no fueran meras representaciones, sino más bien, revelaciones logradas gracias al rastreo de las huellas de sombras y luz, del tiempo, la memoria y los momentos claves en el los que marchita o florece con renovado esplendor el jardín. De ahí que el resultado sean estas piezas eminentemente subjetivas, que confrontan también al espectador con su propia experiencia del lugar.

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