Diego Alejandro escuchó a su mamá por primera vez a los 18 años

Diego Alejandro escuchó a su mamá por primera vez a los 18 años

Gracias a los audífonos que le fueron donados el silencio acabó y comenzó una nueva etapa.

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13 de noviembre 2015 , 05:39 p.m.

Durante 18 años Diego Alejandro Barreto vivió en un silencio absoluto. El sonido del mundo, sonidos tan cotidianos como el pito de un carro, el ladrido de un perro, la voz de sus familiares o las melodías de la música le eran ajenos, extraños.

Pero ese silencio, que parecía inmutable, se quebró hace dos semanas con la voz de su mamá, Rosalba Ortiz, quien fue la primera que le habló cuando le pusieron un par de audífonos, producto de un programa de la alcaldía de Tunjuelito, localidad en donde viven, que buscó beneficiar a personas con limitaciones auditivas que no tuvieran recursos para comprar estos aparatos.

La vida de Rosalba y Diego se partió en dos ese jueves 5 de noviembre cuando se encendieron los audífonos. En ese momento se activó una emoción extraña en él, los nervios lo consumieron y el miedo ante la magnitud de los sonidos que escuchaba por primera vez lo abrumó. Su rostro se enrojeció, parecía desubicado, pero a su lado estuvo su mamá, como siempre lo ha hecho desde que los doctores le anunciaron que su pequeño no podía escucharla.

Estaba feliz, no la había escuchado antes. Me dio mucha alegría oír su voz”, relata tímidamente Diego mientras intenta controlar sus manos, que todavía se levantan para hacer algunas señas, tal vez porque está acostumbrado a expresarse solo con ellas.

A unos cuantos pasos está Rosalba, quien, con una sonrisa dibujada en el rostro, lo mira con los ojos llenos de lágrimas, causadas por la felicidad, por la nostalgia y por la emoción de esta nueva etapa en la vida de ambos, la cual ha sido complicada al tener “limitaciones económicas”, como dice Rosalba, pero eso nunca ha sido un problema.
Luego de la entrega de los aparatos, cuando Diego salió a la calle se sorprendía por cada sonido que escuchaba. “No me gustaron los pitos de los carros”, dice con una expresión de disgusto.

Sus sonidos favoritos son los ladridos de su perrita, Hana, y las canciones de su artista preferido, Giovanny Ayala: “Toda la música de él me gusta”.

Un giro de 180 grados

El cambio drástico en la vida de Diego se dio cuando, hace un mes y medio, unos doctores lo valoraron en el colegio San Carlos, donde estudia, el cual recibe estudiantes con alguna limitación física o cognitiva, para probar si le funcionaban unos audífonos.

Diego le contó a Rosalba y al siguiente día le dieron la noticia: su hijo tenía una fuerte opción para quedarse con unos aparatos que lo ayudarían a escuchar. Así que ella salió literalmente corriendo al colegio para entregarle a uno de los fonoaudiólogos la historia clínica de su hijo.

“Duré muchos años rogándole a la EPS para que me ayudara con esto, y no había sido posible, hasta que por fin Dios nos dio el regalo más grande”, dice.

Después de eso comenzaron las pruebas y las citas médicas, por las cuales Diego ya había pasado en numerosas ocasiones cuando su mamá luchaba con su entidad prestadora de salud para que mejorara la calidad de vida de su hijo.

A Rosalba no le ha tocado fácil, ella no tiene lujos y, siendo cabeza de hogar con tres hijos, sacó adelante a su familia pintando casas y cosiendo. Actividades que aprendió con cursos rápidos en el Sena, los cuales le han sido muy útiles, pues no ha tenido trabajos de tiempo completo al ser incapaz de dejar solo a su hijo luego de que se enteró de que él no podía escuchar cuando tenía 4 años.

A los 40 días de nacido le dio varicela, pero no hubo una prueba que demostrara que nació sordo. Me confirmaron de su condición en el jardín, cuando me dijeron que él no oía. Yo les decía a los profesores que él a mí me escuchaba, pero había que hablarle duro. Así que me explicaron que él me entendía porque su cerebro había desarrollado la capacidad de leer los labios. De esta manera es como personas como mi hijo sobreviven cuando tienen esta condición”, cuenta Rosalba.

Esta mujer, de 46 años, es expresiva, alegre, carismática, cariñosa y luchadora. Según cuenta, Diego desde pequeño ha tenido frecuentes problemas de salud. “Cuando se enfermó de varicela a los 40 días de nacido los doctores no me dieron esperanza, me dijeron que lo dejara ir, que no me resistiera”, cuenta con la voz entrecortada, y de nuevo sus ojos se llenan de lágrimas.

“Le dije a ese médico que mi hijo iba a sobrevivir y que cuando Diego fuera doctor lo iba a llevar hasta su consultorio para demostrarle que se había equivocado”.

Rosalba, angustiada pero no derrotada, regresó a su casa con Diego en brazos, lo acostó en la cama y el bebé, lleno de las heridas por la enfermedad, no comía, no tomaba leche, no se movía. Ella le hablaba, le rogaba que comiera, y el pequeño respondía con delicados gestos que le dieron más fuerza a Rosalba. Su insistencia hizo que las llagas comenzaran a desaparecer a los tres días. “Fue un milagro”, dice esta madre, que no dejó de luchar ni un solo día.
“Cuando me confirmaron su problema auditivo, los doctores de nuevo fueron negativos, y les dije: ‘Entonces yo seré sus oídos’ ”.

Diego, junto a su mamá y hermanos, siguió enfrentando más problemas de salud, los cuales han sido superados rápidamente porque la fe de su mamá, su insistencia y persistencia los mantienen en pie. “Yo nunca he perdido la fe”, dice.

Nuevos proyectos

“Quiero ser ingeniero electrónico y estudiar en el Sena”, dice con convicción Diego, con la misma energía que le ha imprimido su madre, que no se cansa de repetirle que es una persona normal, con las mismas capacidades que cualquier otro ser humano.

Y esto lo demuestra con las sobresalientes calificaciones que obtiene en el colegio. Ahora está en décimo y ya sabe que luego de estudiar abrirá un almacén. “Me gustaría tener un almacén de electrónica, para vender aparatos, trabajar entre cables, tornillos. Soy bueno para desbaratar y volver a armar cosas”, dice.

Su mamá acepta que aún no está preparada para verlo estudiar una carrera luego del bachillerato, pero está segura de que es un paso que debe dar.

“Le ruego a Dios que en su camino aparezcan personas especiales y que le brinden el mismo amor que yo le he dado”, asegura Rosalba.

Por ahora, ambos están emocionados por la graduación de Diego, que será el otro año; hasta Rosalba tiene su regalo preparado: “Nos vamos a San Andrés. Aún no tengo el dinero, pero en este año que queda tengo mucho tiempo para ahorrar”, dice ilusionada y esperanzada en un mejor futuro gracias al regalo que recibió su hijo hace pocos días.

CLAUDIA PINZÓN
Redactora EL TIEMPO

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