El viaje de dos poetas por los clásicos cafés bogotanos

El viaje de dos poetas por los clásicos cafés bogotanos

Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia recuerdan sus andanzas por los viejos cafés del centro.

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13 de noviembre 2015 , 05:33 p.m.

La tarde advierte sus luces finales sobre la avenida Jiménez con carrera 6ª. Ventea. Al café La Romana, cuya puerta custodia una dama de chaquetón gris, guantes y quepis vino tinto, llegan los poetas Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia, nadaístas.

Ambos de pelos blancos, vienen a recordar la vida en los viejos cafés. Adentro, el calor abriga. Veintitantas mesas. A la derecha del ingreso, la barra principal con sus vitrinas de postres, al fondo de las cuales se ubican los baños y una cocina en ajetreo. Al fondo, también, entre mesas dispuestas en hileras, charlan los escritores.

“Los poetas venían a los cafés del centro en busca de conversación y comentarios. También era época de ver cine, la Nueva Ola Francesa”, reseña Jotamario, cuyos anteojos de carey contrastan con su barba poblada. “En esos lugares leíamos y corregíamos nuestros poemas, esperábamos a nuestras novias”, agrega, y bebe de su copa de brandy con café.

Alude a las décadas del sesenta y setenta, cuando los dos escritores gozaban de juventud y removían los establecimientos literario, político y social en compañía de un puñado de literatos encabezados por su monje, Gonzalo Arango: eran los artistas del llamado Movimiento Nadaísta.

“Tomábamos por asalto El Cisne (fuente de soda en el edificio Tequendama, que dio paso a la actual torre Colpatria). El lugar era agradable, servía para hacer tertulia y para darnos a conocer”, anota Elmo, que sin necesidad de cosquillas ríe maliciosamente antes de completar su apunte: “El mundo de la farándula y la televisión (que también asistía) le daban a El Cisne cierta aureola cosmopolita. Se tropezaba uno con chicas que deseaban ser actrices o que creían que la calidad artística se llevaba entre las piernas”.

Elmo es de tez morena y nariz ancha. Pantalón y saco blazer, negros. No se baja del sobaco un ejemplar de su novela más conocida, Islanada.

Una concurrencia de espectadores llena el salón, cuyas paredes forradas en madera le otorgan un aspecto casero. La mayoría de los escuchas está acompañado de amigos, familiares o conquistas en ciernes. Una mujer, bella y solitaria, oye a los poetas. Sonríe. Al final ella misma se animará a escribir de puño y letra por qué le gustan los cafés, que eran más populares en la época de las cartas escritas a mano:

“Los cafés de Bogotá se putearon cuando llegó el perico”.

Tintineo de pocillos. La mesera se aproxima con bebidas humeantes y viandas delicadamente puestas sobre la bandeja. Croissant, galletas, queso. Arbeláez pide más vodka. Se manda un trago, lo paladea.

“Al comienzo (en los cafés El Automático, La Romana, Excelsior, Café de los Poetas, todos en el centro) nos miraban con recelo. Las meseras, apenas nos veían entrar, retiraban de las mesas las azucareras, para que no pidiéramos café, el único estimulante al que nuestros bolsillos se podían apuntar”, lee Elmo en su novela. Ocupa una butaca tan alta que sus pies se balancean en el aire. El único estribo del que se agarra es su libro.

Frecuentaban cada sitio con un propósito específico: si querían embriagarse, asistían a El Automático, donde borrachines consuetudinarios compartían sus botellas; si en cambio la barriga se inquietaba, iban al Excelsior, donde se mantenía Eduardo Mendoza Varela, director de Lecturas Dominicales de EL TIEMPO, y otros amigos que invitaban a comer fríjoles.

Por otro lado, “La Romana era inaccesible para nosotros. Pero era una maravilla, porque aquí nos invitaban los políticos de alto turmequé a comer espléndidas carnes y a tomar los ricos licores que se servían”, agrega Jotamario, que amén de los vodkas va soltando la lengua.

Café y palabras

Era una Bogotá más fría y lluviosa. Una que servirá como telón de fondo para el inicio de Amémonos, verso de Elmo: “Amémonos bajo la lluvia para ver en el agua / los gestos que harán nuestros rostros cuando lleguen los besos / y el orgasmo”. Así pues, ensalzado en los acordes de la charla, el moreno poeta de 89 años nos plasmará una síntesis de los cafés:

“Los cafés de Bogotá fueron nuestro sitio de bohemia”.

Mohínes de contento se dibujan en los rostros del público. Las meseras comienzan a levantar las mesas, ya pobladas de boronas y tazas vacías de chocolate y café. De pantalón y delantal negro, dejan el lugar impecable.

Sin embargo, las gargantas han entrado en calor y los recuerdos afloran. “Nos mamamos de ser los consentidos de nuestros anfitriones en los cafés, y el poeta Eduardo Escobar decidió montar el Café de los Poetas (quedaba frente a las Torres del Parque, La Macarena) y fue un gran sitio de diversión. Lo curioso fue que en un momento dado hubo poetas que a duras penas compraban un tintico, y se quedaban horas hablando y espantando a la gente más cachetuda”, denuncia chistosamente Jotamario.

Para resolver el tema, “Eduardo me pidió, como yo trabajo en publicidad, que le hiciera un eslogan. Lo hice y quedó muy lindo: ‘Café de los Poetas: ni se vende café ni se aceptan poetas’ ”. Las risas estallan y suben como el humo de los cigarrillos que ya no se pueden fumar adentro.

Afuera, noche plena. El reloj de contornos plateados y flacas manecillas en la pared anuncia las 8:30. Una tanda de aplausos agradece a los conversadores.

Elmo apunta los cierres de aquellas noches: “Cuando salíamos, o mejor dicho, cuando nos echaban porque ya iban a cerrar, acostumbrábamos a cantar un rato por la ciudad salpicada de luces y neón”.

En consonancia, Jotamario hace su confesión de caleño, celebrada por los asistentes que de a poco dejan vacío el lugar: “Amo a Bogotá como una novia sin senos en un jacuzzi, la ciudad de las lluvias más acogedoras del mundo, como que en ella vivimos todos los pueblerinos con ínfulas de megalopolitanos”.

Ventea en la puerta de La Romana. La dama de guantes y quepis despide a los últimos, incluido quien escribe la presente crónica, el mismo que antes de perderse en la carrera Séptima ojea su libreta y lee el juego de palabras que plasmara Jotamario tras un apretón de manos:

“Los cafés son el escape para los sueños y el egocentrismo”.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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