Pasados futuros

Pasados futuros

Otro aporte de Carlos Rincón sobre memoria cultural nacional.

13 de noviembre 2015 , 10:46 a.m.

¿Qué deben recordar, qué han debido dejar de tener presente las sociedades, para poder existir en paz como naciones modernas? El nuevo libro de Carlos Rincón, ‘Avatares de la memoria cultural colombiana’, examina, en concreto y en detalle, las formas y prácticas impuestas entre los colombianos como aquella memoria cultural, que debían proporcionarles identidad. Sus objetivaciones en símbolos de Estado, de museos como tecnología transferida, y condensaciones de lo supuestamente más valioso y representativo, el canon literario.

Establece así las debilidades estructurales de esos símbolos, desde su génesis incongruente y accidentada, de manera que Colombia no dispuso de un mapa-logo hasta muy entrado el siglo XX, y el escudo incluye, con una contradicción flagrante, el gorro frigio, símbolo del ideal democrático jacobino, y el lema más retardatario - ‘libertad y orden’-, con que se dio por terminada la Revolución de los franceses. Muestra que hasta el gobierno de Eduardo Santos se careció en Colombia de necesidades -y posibilidades- de concretar y debatir qué era ser colombiano, viéndose en el espejo de colecciones de museo, en forma que el oro de los indios se fundió hasta 1940, y apenas a finales del siglo XX se consiguió valorarlo como lo que es: arte shamánico.

Avatares de la memoria cultural en Colombia.

En cuanto al canon literario, a mediados de ese siglo se estableció que para contar a los poetas verdaderamente relevantes bastaba una mano y sobraban dedos (Téllez), sus ‘clásicos’ se esfumaban, la literatura ‘colombiana’ era un fraude a la nación colombiana (García Márquez), y carecía de cualquier clase de valor ejemplar o normativo (Valencia Goelkel). Rincón pasa a establecer así la significación de ‘Cien años’ dentro de la literatura mundial.

‘Avatares’ consigue mostrar por qué Colombia fue el país del Sagrado Corazón, y se cierra con una invitación a ‘despertar’: ver el presente como el activo de “la bancarrota de sus pasados futuros”. Precisamente la de tal país o la de Japón de América Latina.
(Editorial)

Acepciones

Existen 3 acepciones del término avatares. Se llaman así, según la mitología hindú, las 10 formas diferentes en que se encarna en la tierra la diosa Vishnu. Con el sentido de cambio de gura el término pasó, en segundo lugar, a la lengua francesa hablada y de allí al castellano. Más recientemente, con ese nombre se designan en los nuevos medios digitales los dibujos y siluetas animadas que se asemejan al cuerpo y realizan acciones en la red. La inexistencia de un Estado-nación condicionó, en el país que desde 1886 se llamó República de Colombia, la debilidad de los símbolos que pretendían asumir representación general. Pudo existir por más de un siglo sin un mapa-logo, enarbolar la misma bandera de Catalina de Rusia, tener un escudo con el atributo y el lema más contradictorios y recurrir al Sagrado Corazón como ícono unicador.

Que el oro de los indios se fundiera hasta 1940, que no se requiriera de colecciones e instituciones que correspondieran a alguna clase de necesidades sociales de desarrollo de una memoria nacional y que acabaran por derrumbarse clásicos y canon de una literatura que no cumplió las tareas de las literaturas nacionales, constituyen otros tantos avatares pertenecientes a la memoria cultural colombiana tratados en este libro.

Los sitios conmemorativos o de recordación tienen en el mundo 2 puntos de partida: lo sucedido en el lugar, las huellas materiales y fuentes que le dan autenticidad, y la historia del recuerdo, qué nombre tomó, quiénes lo mantuvieron, en qué narrativas fue incluido. La cultura de los huitotos no representa a los hombres in effigie. Y he aquí que un huitoto, al recordar el genocidio perpetrado hace 100 años contra su pueblo, cubrió las paredes de la casa de Mercedes Plazas en el resguardo de Oropoya en el Caquetá, por donde pasa a veces, con trazos de una figura y rostros de Simón Bolívar.

La historia de la humanidad está hecha, según Aby Warburg y Walter Benjamin, de fantasmas e imágenes. En ese espacio tienen lugar, señala Giorgio Agamben, la fractura y la recomposición de lo individual y lo impersonal, lo sensible y lo inteligible. En los dibujos hechos en esas paredes se ilumina una utopía de resarcimiento, liberación y pertenencia. Jorge Mario Múnera fue al sitio y tomó estas fotografías con el aura de aquel lugar de recordación.

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