Manos de mujeres desentierran minas antipersona en Antioquia

Manos de mujeres desentierran minas antipersona en Antioquia

Arriesgan sus vidas buscando artefactos explosivos para devolverle la tranquilidad a su región.

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13 de noviembre 2015 , 10:44 a.m.

Meticulosamente, centímetro a centímetro, Benilda Arango se arrodilla a cortar la maleza con sus pequeñas tijeras jardineras. Lleva puesto un uniforme azul, un chaleco pesado, un visor que cubre cabeza y rostro, botas pantaneras y guantes. No va a sembrar flores o legumbres. Busca minas antipersona en zona rural del Carmen del Viboral.

Ella es una de las 15 mujeres que participa en el desminado humanitario civil que la organización británica The Halo Trust realiza en el oriente antioqueño, donde aunque ya no hay guerrilleros ni paramilitares, las minas aún dejan víctimas, la cifra (1990-2015) llega a 800, de esas, 370 son civiles.

Benilda Arango es una de las 15 mujeres desminadoras que trabaja con la organización británica The Halo Trust. Foto: David Sánchez/ EL TIEMPO

Eso lo sabe Benilda. Ha visto caer vecinos y familiares en esas trampas. Además, fue testigo de la crueldad de alias Karina, excomandante del frente 47 de las Farc, que no solo sembró esos artefactos, sino que también realizó masacres, tomas guerrilleras, desplazó, asesinó y desapareció a campesinos, así como reclutó y fusiló niños.

Benilda y su familia salieron de Nariño (municipio vecino al Carmen de Viboral) después del 30 de julio de 1999, día en que los frentes 47 y 9 asesinaron a 16 personas, secuestraron a ocho militares y destruyeron el casco urbano en un ataque armado que duró 36 horas.

Una década después, la mujer regresó a su tierra. Con sus propias manos desminó el corregimiento donde creció, Puerto Venus (Nariño), la primera zona que The Halo Trust entregó libre de sospecha de minas el año pasado en el oriente.

En el camino por donde su hijo va todos los días a la escuela, había decenas de trampas enterradas. Los campesinos no podían sembrar ni recorrer su vereda. Después del desminado, muchas familias retornaron.

“Desminar mi propio pueblo es un orgullo. Saber que está libre de esas trampas y que no habrá más víctimas es el pago de mi trabajo”, dice la madre soltera de 33 años.

Hace una pausa, se retira los guantes y cuenta que se unió a Halo en el 2013, cuando supo que los mismos campesinos podían limpiar sus veredas. Hizo un curso y tras pasar entrevistas, pruebas físicas, capacitaciones y acreditaciones, se convirtió en una de las mejores desminadoras de la región.

“Soy una mujer echada pa’adelante, guerrera. No me da miedo manipular esos artefactos. Mi mamá y mi hijo me decían que no me fuera, pero una vez lo hice, me enamoré”, asegura.

Así desactivan los  artefactos explosivos

Benilda y las otras mujeres, junto a 87 hombres, trabajan de lunes a viernes desde las 7 a. m. hasta las 4 p. m, desminan 50 minutos y descansan otros 10. Así transcurren sus días. Se rotan en Nariño, Sonson, Abejorral y en el Carmen de Viboral. En esos cuatro municipios han destruido 142 minas de seis tipos en dos años.

Precisamente, Andrés Bornachera, oficial de operaciones de desminado en The Halo Trust, contó que las trampas más comunes son: las químicas, las que tienen alambre de tropiezo, las que se activan con doble sistema (tensión y presión) y las grupales que tienen hasta 2.500 gramos de explosivos.

Ellos incluso han encontrado minas que la guerrilla enterró hace más de 10 años. “Intactas, con todas las condiciones para activarse”, asegura el oficial.

Hasta ahora, el corregimiento de Puerto Venus y la vereda La Honda, en el Carmen, están libres de sospecha de minas. La última estuvo abandonada por casi una década. Según los testimonios, la zona tenía 175 habitantes y en el 2001 quedó completamente desocupada.

A La Honda regresaron 15 familias en agosto pasado. En ese sitio solo había monte, las casas estaban reducidas a escombros porque la guerrilla las destruyó con artefactos. Pero tras el desminado, el desarrollo también regresó. La Alcaldía del Carmen construyó viviendas, una escuela, mejoró la vía de acceso y les brindó proyectos productivos con apoyo del Gobierno Nacional.

Lo mismo se quiere replicar en la vereda Altos de La Virgen, donde en este momento, las mujeres desminan en un terreno de 2.200 metros cuadrados.

A 15 metros de Benilda está Lina Garzón, que a sus 19 años es una experta en identificar minas. Trabaja con el detector de metales, que esta vez no emite el sonido que avisa un nuevo hallazgo. Entonces, comienza el trabajo con sus manos.

Con las tijeras corta la vegetación de arriba hacia abajo en busca de algún elemento sospechoso. Un contenedor con una botella de aceite o de veneno es lo que normalmente encuentran, porque los grupos armados las usan para fabricar minas.

Las desminadoras buscan los artefactos explosivos con sus propias manos.  Foto: David Sánchez/EL TIEMPO

 Ella tarda más de dos horas en revisar un metro cuadrado de ese peligroso terreno. Cualquier error puede causar una detonación, por lo que las mujeres están alejadas etre sí. En el caso más extremo, donde se cree hay artefactos grupales, existen distancias de hasta 50 metros.

Cuando encuentran un explosivo dan aviso al oficial de operaciones, que lo neutraliza con un cañón disruptor de agua a presión. Cada que esto ocurre, Lina recuerda que el conflicto armado le arrebató la oportunidad de estudiar a ella y a muchos jóvenes.

Durante su adolescencia sembró cosechas de maíz, ahora encontró en Halo la posibilidad de trabajar en algo que le apasiona. Confiesa que a veces siente susto, pero no es el mismo miedo que experimentó en su infancia, cuando guerrilleros y paramilitares se tomaban Sonson, su pueblo.

Al igual que sus compañeras, ella dejó a su familia para dedicarse a ayudar a desminar la región, cambió su rancho por una fría carpa que mide 4 metros de ancho por 2,5 de largo.

“Aquí estoy cómoda, soy feliz. Me gusta ver los rostros de alegría de aquellos que regresan a sus veredas. Eso es una esperanza de paz”, dice.

Uno de esos rostros es el de Luz Mira Zuluaga, que enterró a su hermano y se vio obligada a dejar su finca y animales en el 2000 debido a los constantes combates y amenazas.

Luz Mira en su vereda, Altos de La Virgen, vio morir a muchos vecinos, así como vio marchitar sus flores y legumbres. Hoy, al igual que las mujeres desminadoras, tiene la ilusión de volver a sembrar y de ver a los niños jugar sin temor de pisar una mina.

Deicy Johana Pareja M.
Redactora de EL TIEMPO
MEDELLÍN

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