Tragedias olvidadas

Tragedias olvidadas

La indignación es fundamental, y es útil siempre y cuando facilite la transformación de la realidad.

12 de noviembre 2015 , 08:29 p.m.

Los lectores de este diario seguramente se han conmovido e indignado al leer una serie de crónicas sobre los hechos del absurdo, cuando la tragedia ha dado el zarpazo y se ha llevado preciosas vidas, o ha dejado a personas discapacitadas y a sus familias desoladas.

Hemos visto hechos que turban el ánimo. Por ejemplo, ese episodio fatal que vivió Lesliee Aydée Ardila Pardo, quien vio morir a tres de sus hijos y dos nietos cuando el carro en que se dirigían, el 17 de abril del 2014, a una finca en Varsovia (Meta) cayó en un caño, en tramo que todo el mundo sabía que necesitaba señalizaciones y advertencias, pero se quedó en esa popular y tenebrosa frase: “hasta que pase algo grave...”. Y pasó. Lesliee Aidée no solo llora a los suyos, sino que no duerme porque aún debe hasta los gastos funerarios. ¿Quién responde? No hay señal.

O el caso de Carlos, un niño de 11 años, karateca, músico, lleno de alegría, al que en diciembre del 2013 una mujer con grado 1 de alcoholemia lo atropelló en Bogotá junto a seis personas más. El karateca perdió una pierna. Y aunque no ha perdido el coraje, su familia ha afrontado desaires y demoras médicas. Y la causante se declaró insolvente.

José Ricardo Parada, un recolector de basuras, ejemplar padre de familia, quien trabajaba para Aguas de Bogotá, murió cuando un poste de la luz cayó encima del carro en que trabajaba el pasado 10 de enero. Desde ese entonces, la ayuda parece también haberse ido en el carro recolector.

Y la triste lista sigue. Son todas desgracias, muchas veces hijas de un ebrio, de un invasor del carril contrario, de la falta de una señal, que solo son noticia de un día y se quedan en el círculo familiar y, tristemente, se las va llevando el olvido. No debería ser así. No tiene que ser. Porque la justicia es un derecho de todos. Y estos episodios tienen que ser atendidos, visibilizados. Aparte de afrontar la desgracia, las personas no pueden sufrir el abandono. Y deben servir para aprender de ellos y enseñar caminos de resarcimiento. La indignación es fundamental, pero es útil siempre y cuando facilite la transformación de la realidad. El hacer lo que sea necesario para que no se repita aquello que tocó nuestras fibras más sensibles.

editorial@eltiempo.com

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