Homofobia

Homofobia

La enfermedad no es la homosexualidad, sino la triste homofobia: de todo hay en la viña del Señor.

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12 de noviembre 2015 , 07:48 p.m.

Se llama “homofobia”. Monseñor Castro puede padecerla en nombre de Dios, puede reaccionar con su cordura tensa –puede repetir, palabras más, palabras menos, que no es que la Iglesia no respete a los homosexuales, sino que ellos también deben respetar que el mundo real es de los heterosexuales– mientras se abre paso la buena noticia de que en Colombia desde ahora las parejas de ciudadanos del mismo sexo podrán adoptar si es eso lo que quieren. La senadora liberal Viviane Morales puede sufrirla en nombre de un pueblo “que está por encima de nueve magistrados”, e invitar a la mayoría a gritarle en las urnas a la minoría “quién dijo que aquí todos somos iguales”. El senador uribista Álvaro Uribe, castromoralismo puro, a su modo cantinflesco puede hacerla pasar por virtud: “El mal ejemplo al niño puede crear como normal una tendencia anormal de promiscuidad”. Puede camuflarse, en fin, así o asá. Pero la palabra es “homofobia”.

El homofóbico va por ahí reseñando el mundo sin haberlo leído. Si se atreve a gritar las temeridades que grita (un amigo mío hizo esta antología: “Yo no nací del mono”, “depravados”, “qué podrá esperar un niño adoptado por un par de maricas”, “es preferible que se pudran en un orfanato”) es porque su mundo no es el mundo, sino su cabeza. El homofóbico desfigura, deshumaniza, llama a la discriminación, pues su opinión –insiste– “es igual de respetable que la de los amanerados”, pero sobre todas las cosas teme al homosexualismo, que ve inmoral, como le teme un hombre a todo lo que no sabe de sí mismo. Siente nostalgia por el autoritarismo. Extraña un país como un pesebre, padre putativo, virgen e hijo varón, que no es ni ha sido este país hecho a lomo de huérfanos con el apellido de sus madres.
Suda. Palpita hasta ponerse rojo. Siente un puño en la boca del estómago cuando lee el titular ‘Corte Constitucional falla a favor de la adopción igualitaria’.

Pues la enfermedad no es la homosexualidad, que él cree contagiosa, sino la triste homofobia: de todo –empezando por las psicopatías– hay en la viña del Señor.

No hace falta ir a una clínica para curarse. No es necesario entrar a un programa de aquellos para recobrar la humanidad en el buen sentido de la palabra, para sacarse de allá adentro, por ejemplo, la certeza de que la Corte Constitucional dio un golpe de Estado la semana pasada. Basta con saber un par de cosas de las que han salido en los periódicos: que la Corte ha venido reconociendo desde hace cinco años que también en las parejas del mismo sexo empieza una familia; que los más serios estudios científicos han demostrado que no es la orientación sexual de los padres, sino su devoción o su apatía, el ejemplo que les queda a los hijos; que el 92 por ciento de los abusadores de menores son heterosexuales; que el proceso de adopción de un niño sigue siendo, para todas las parejas, una pesadilla que dura una infancia.

Hace unos días, cuando ciertos reporteros le preguntaron por qué diablos había nombrado a tantas mujeres en su gabinete, el nuevo primer ministro canadiense respondió de un tajo: “¡Pues porque es 2015!”. Por eso mismo, porque es 2015 ya y estamos demasiado viejos para la homofobia, ni a los curas inflexibles, ni a los políticos moralistas, ni a los procuradores catequistas que respetan a los homosexuales pero allá lejos (Mateo 23:27: “Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados...”), les queda bien desconocer un fallo de la Corte e invitar desde sus púlpitos a la desobediencia civil. Cuando no podemos ponernos de acuerdo, ni siquiera en ser humanos, solo nos queda la igualdad ante la ley. Y la ley se ha declarado incapaz de negarle a nadie una familia.


Ricardo Silva Romero

www.ricardosilvaromero.com

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