Sobre expertos, modas y tendencias

Sobre expertos, modas y tendencias

El rigor de la buena Academia disminuye errores y evita trampas. Los ejemplos son en verdad útiles.

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12 de noviembre 2015 , 07:25 p.m.

La Academia debería ser más llamada a los debates públicos. Ella puede ofrecer puntos de vista nuevos, miradas inesperadas, capacidad técnica y científica y análisis riguroso. Un aporte fundamental de la ciencia es la calificación de los argumentos en la discusión. Esta suele llenarse de lugares comunes, de percepciones no sustentadas en hechos, de verdades a medias y hasta de mitos. Fugaces teorías, de moda en un momento y revaluadas al siguiente, terminan dictando políticas de largo término y de gran impacto.

Sin embargo, acudir a la Academia no es lo mismo que darles apariencia académica a estudios por encargo. Eso se hace a veces con algunas consultas a expertos, con la aplicación acrítica de teorías de moda en algún lugar de prestigio, o con el uso de tendencias globales para sustentar la adopción de políticas locales. Son frecuentes los foros donde se presenta un estudio contratado por el interesado, se exponen casos parecidos y se termina en la conferencia de un funcionario de una entidad multilateral, quien resume la tendencia y recomienda lo que se debe hacer.

Hay varias falacias en este procedimiento. Una de ellas es la forma como se definen las tendencias y el uso de los ejemplos que las sustentan. En la vida, cada caso suele ser particular y enredado. Dependiendo de lo que se resalte de él, se puede apoyar una posición o su contraria. El interesado escoge los casos con premisas a priori, no en un proceso aleatorio que cubre todas las posibilidades. Pero, aun si se aceptara que unos pocos casos fueran representativos del universo, la construcción de una tendencia requiere un análisis complejo. La definición de las variables de análisis y de sus pesos relativos puede estar fijando de antemano un único resultado posible: aquel que quien contrata el estudio desea mostrar.

Otra falacia se da con posiciones filosóficas que, describiendo “lo que es” (la tendencia), pretenden concluir “lo que debe ser”. Definitivamente, sabemos que eso no es así. De hecho, si las cosas cambian y mejoran es precisamente porque alguien, con un análisis racional, con datos, y a veces con experimentación, llega a la conclusión de que las tendencias, aunque sean generales, pueden ser inconvenientes o incluso contrarias a principios morales.

También es una falacia suponer que las tendencias en un contexto puedan ser utilizadas automáticamente en otro diferente. Así, podría suceder que se imponga en un país de 5.000 dólares de ingreso anual per cápita una política pública (por ejemplo, para el financiamiento de la educación superior) basada en la tendencia en países con ingresos de cincuenta mil dólares o más.

Por último, una falacia mayor es la de otorgar a teorías aceptadas hoy, por algunos en algún lugar, una validez y una permanencia en el tiempo superiores a las que merecen. Eso podría, en un ejemplo hipotético, llevarnos al uso de algún algoritmo que produzca impactos negativos en asuntos fundamentales de la justicia.

El lector se preguntará, con razón, en qué ayuda entonces el análisis de la Academia y dónde queda el valor de los buenos ejemplos. La respuesta es que el rigor de la buena Academia disminuye errores y evita trampas, y que los ejemplos son en verdad útiles, pero más para comprender los procesos que para copiar las soluciones. El ejemplo nos permite analizar la forma como se hizo un diagnóstico y los instrumentos que se usaron para confrontarlo con la realidad. Nos dice mucho sobre la manera como se construyeron estrategias para resolver los problemas y sobre el éxito logrado con esas estrategias, y nos ilustra sobre sus limitaciones y sobre los objetivos que no fueron alcanzados. Pero un ejemplo muy rara vez nos dice qué es lo que tenemos que hacer.


Moisés Wasserman

@mwassermannl

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