Un radical nuñista

Un radical nuñista

Ramiro de la Espriella mantuvo así su inconformismo y rebeldía, casi eternos.

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12 de noviembre 2015 , 07:06 p.m.

“Fiel a su áspero bigote moscovita”, lo describió Gabriel García Márquez en El Universal, al despedirlo temporalmente aquel julio de 1949, cuando Ramiro de la Espriella (1921-2015) viajaba a Bogotá para graduarse de abogado en el Externado. Lo conservó hasta el final de su vida, “canoso de puntas hacia arriba”, como recordaría Óscar Alarcón. Mantuvo así también su inconformismo y rebeldía, casi eternos.

Ramiro de la Espriella nació en Cartagena, en el seno de una familia de librepensadores, donde abundaban libros y conversaciones. Tras concluir sus estudios en Bogotá, regresó por un tiempo a su ciudad natal, donde participaba en el grupo de intelectuales de El Universal, para cuyas páginas escribía una columna de opinión. Allí, según Dasso Saldívar, García Márquez encontró “amigos, cómplices literarios (...) acaso tan importantes como el otro grupo de amigos que tendría en Barranquilla”.

De la Espriella emprendió una carrera política después de cursos de posgrado en París y Londres. Fue miembro del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) desde sus inicios, y en él tuvo protagonismo de primera línea: colaboró en sus publicaciones y llegó al Congreso. Cuando el MRL se rompió, formó parte de los “duros”, posición de contestatario inquebrantable que lo caracterizó siempre.

No abandonó del todo su aparente vocación política. Cuando llegaba a un restaurante, como anota su obituario en El Universal, le preguntaban: “¿Qué quiere tomarse?”. A lo que respondía: “Siempre he intentado tomarme el poder, pero no he podido”. Pero no gustaba del poder ni de los poderosos. Su verdadera vocación, creo, fue el periodismo de opinión a través de sus columnas en diversos diarios, sobre todo en El Espectador.

Lo conocí personalmente en Barranquilla, adonde llegó por un tiempo corto a dirigir La Libertad, a comienzos de la década de 1980. Mis recuerdos entonces se confunden con unas giras que organizó por el país, en compañía de Otto Morales Benítez, Alberto Dangond Uribe y Álvaro Uribe Rueda, difusores de un discurso regeneracionista, con algún eco en distintos sectores políticos.

Aunque vivía en Bogotá, conservó sus fidelidades con la patria chica. De la Espriella prestó su apoyo intelectual a los foros de la costa Atlántica, que, también a comienzos de la década de 1980, abogaban por la autonomía regional. Desarrolló un discurso caribeño, donde contraponía las figuras de Bolívar y Núñez a las de Santander y Caro, mientras reivindicaba el lema ‘centralización política, descentralización administrativa’.

En su biblioteca eran notables los volúmenes de 'La reforma política', la obra de Rafael Núñez que tanto citaba. Se combinaban en él, de forma paradójica, aspectos de los radicales del Olimpo con el pensamiento nuñista.
En 'Vivir para contarla', García Márquez recordaba de sus encuentros con Ramiro de la Espriella en 1947 su “costumbre admirable” de conversar con los jóvenes. Mantenía esa costumbre cuando lo conocí, 33 años después.

A mí, además, me motivó a escribir. Cuando viajé a seguir estudios en Inglaterra, me animó para que le enviara columnas que él, a su turno, pasaba a la dirección de El Espectador. Una vez publicadas, me enviaba los recortes por correo. Así, gracias a su generosa disposición y confianza, pude dar el salto de columnista a la prensa nacional.
Cuando García Márquez despidió a Ramiro de la Espriella en aquella columna de El Universal, anotó que le haría falta “como compañía y espectáculo de inteligencia; como motivo incomparable para perder el tiempo y como consejero insustituible para olvidar algunas tonterías de la vida”. Un despido temporal que hoy puede servirle de epitafio.


Eduardo Posada Carbó

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