Un metro son cien centímetros

Un metro son cien centímetros

Vuelven de nuevo las maniobras dilatorias utilizadas en el pasado para frustrar el metro de Bogotá.

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12 de noviembre 2015 , 06:53 p.m.

Estoy de acuerdo con el editorial de este diario (‘Metro: prudencia y firmeza’, 12/11/2015) en el sentido de que el metro de la capital no puede rotularse ni como el metro de Petro (aunque rime), ni el metro de Peñalosa, ni el metro de Santos. El metro, si algún día —¡y el día esté cercano!— llegamos a tenerlo, será el metro de Bogotá, el metro de los bogotanos. Lo cual no obstará para agradecerles eternamente a quienes quiera que logren dotar a nuestra ciudad cenicienta con ese medio indispensable de transporte urbano masivo.

Define EL TIEMPO el proyecto del metro subterráneo como “el más importante de Bogotá en décadas”. Una afirmación indiscutible, que suscita una pregunta inevitable: ¿cómo se entiende que el proyecto más importante de Bogotá, en décadas, lleve siete décadas pospuesto y que cuando ya está a un centímetro de hacerse realidad, ¡pum!, lo posponen de nuevo, con las mismas excusas que hemos oído durante las siete décadas perdidas: los costos, la incertidumbre financiera, aguardar el pensado del nuevo alcalde…? Y con esas maniobras dilatorias, Bogotá, que hubiera podido estrenar su primera línea del metro en 1951, de acuerdo a lo proyectado en 1947; Bogotá D. E., que habría podido tirar cinco líneas más; y Bogotá D. C., que tendría hoy, como mínimo, doce líneas del metro, no tiene ni un centímetro. Si esa paradoja no nos indica que los dueños de los destinos de la capital de Colombia (que, por desgracia, no lo son sus ciudadanos, sino unos pocos pero poderosos grupos de distintos intereses) se han estado burlando de la ciudad, miremos al resto de América Latina y veremos cómo Buenos Aires tiene el metro (‘Subte’) más antiguo de América Latina, inaugurada la primera línea en 1913 y con seis líneas en el 2015; Ciudad de México inauguró su metro en 1970 y hoy tiene doce líneas; Caracas estrenó metro a finales de los ochenta y hoy sirve siete líneas. Y para no alargar, Ciudad de Panamá inauguró su metro hace dos años y ya avanza en la construcción de la segunda línea. Y Quito inaugurará su primera línea de metro subterráneo en el 2017. ¿No es una burla sardónica de la clase dirigente que Bogotá, con once millones de habitantes, no tenga un metro (y siquiera diez líneas) en qué movilizarlos?

Las maniobras dilatorias utilizadas en el pasado para frustrar el metro de Bogotá se están empleando ahora para el mismo propósito. El señor Ministro de Hacienda ha dicho que “hay plata para el metro o plata para las vías, pero no para ambos”. Esto suena como si un padre les planteara a sus hijos la terrible alternativa: “O les compro ropa o los mando al colegio”. Su obligación como padre es partirse el espinazo para satisfacerles ambas necesidades. La obligación del doctor Cárdenas, como ministro de Hacienda, es partirse el espinazo para que Bogotá tenga metro y vías en lo que a la Nación le concierne; pero si no es capaz, si solo puede garantizar la plata para una de las dos, que sea para la más importante. Y como lo ha dicho con tino el editorial de EL TIEMPO, “el metro es el proyecto más importante de Bogotá en décadas”.

Por eso mismo se está creando un movimiento cívico de bogotanos y bogotanas dispuestos a que el metro no siga siendo un pretexto recursivo de campañas electorales, ni la capital una ciudad de burlas. Cambiar los estudios ya aprobados para el metro subterráneo sería incurrir en un detrimento patrimonial de la ciudad cercano a los ciento cuarenta mil millones de pesos que costaron esos estudios. ¿Estamos dispuestos los bogotanos a presenciar tranquilamente cómo esa plata que salió de nuestros bolsillos se tira a la basura? En change.org se ha iniciado una petición dirigida al Presidente de la República, al alcalde electo y al Ministro de Hacienda para exigir que se haga sin más dilaciones el metro subterráneo de Bogotá en su primera línea. Se han recogido en dos días más de veinte mil firmas. Se aspira a pasar del millón antes de que termine el 2015.

* * * *

Terminada esta columna, me entero de que falleció el jueves en Bogotá Arnoldo Palacios, no solo uno de los grandes novelistas colombianos, autor de 'Las estrellas son negras' y 'La selva y la lluvia', entre otras obras maestras de la narrativa, sino uno de los seres humanos más extraordinarios que han existido. Tuve el honor de ser su amigo, y la noticia me deja anonadado. A sus hijos, y a su sobrina Sayly, que lo cuidó con tanto amor y dedicación, no tengo ahora las palabras justas para expresarles mi solidaridad y acompañarlos en su profundo dolor, que es mío también.


Enrique Santos Molano

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