Juan Pablo II en Armero

Juan Pablo II en Armero

Los mensajes de Juan Pablo II ilumnan aún a quienes mantenemos la esperanza de encontrar la paz.

notitle
12 de noviembre 2015 , 06:46 p.m.

En la retina de los colombianos quedó muy grabada la imagen del papa Juan Pablo II, arrodillado ante la cruz de cemento que se levantó en el lugar donde antes existió la ‘ciudad blanca’ de Armero.

Después de 30 años, pocas cosas han cambiado en la geografía de aquel lugar desolado; pero la fotografía del Papa que le dio la vuelta al mundo sigue recordando a los damnificados de la tragedia la figura y el mensaje de este hombre de Dios que nos visitó el 5 de julio de 1986.

Allí llegó en la mañana de ese domingo, acompañado de una reducida comitiva, y pronunció una conmovedora oración antes de pasar a Lérida, donde encontró a los miles de hombres y mujeres que sobrevivieron a la tragedia ocasionada por la erupción del volcán Nevado del Ruiz.

Quienes esperábamos al Papa ese día escuchamos su oración en medio de un silencio que solo el viento se atrevía a romper.

“Padre, rico en misericordia, consuela el dolor de tantas familias, enjuga las lágrimas de tantos hermanos, protege la soledad de tantos huérfanos. Infunde a todos ánimo y esperanza para que el dolor se cambie en gozo y la muerte, por la fe, sea germen de vida nueva.

Haz que mediante la solidaridad, el trabajo y el tesón de las gentes de esta tierra surja, como de entre las cenizas, una nueva ciudad de hijos tuyos y hermanos, donde reine la fraternidad, se renueven las familias, se llenen de pan las mesas y de cantos los hogares y los campos.

Bendice esta Cruz alzada aquí como signo de nuestra redención, baluarte de esperanza, símbolo de muerte y de vida, de dolor y de gozo”

El viento agitaba los cabellos del Papa que caminaba erguido en aquel valle de tristezas, como un profeta que desafiaba el miedo y el dolor para hablar de resurrección y de esperanza.

Mientras tanto, en la explanada de Lérida lo aguardaba la multitud. Y, en medio de esa multitud, los damnificados que sobrevivieron a la avalancha de piedra y lodo, y que quedaron marcados por el horroroso recuerdo de aquella noche infernal.

Hoy me parece ver el rostro de los miles de personas venidas de Ibagué y de los pueblos del norte del Tolima que lo esperaron con un fervor que erizaba la piel.

La llegada del Papa fue acogida con pañuelos blancos y gritos de alegría. A pesar del fuerte calor, la gente se agolpaba para verlo más de cerca y participó con entusiasmo en la solemne eucaristía. En su homilía, el santo padre se refirió nuevamente a la tragedia:

“La catástrofe que el volcán Nevado del Ruiz provocó en Armero conmovió profundamente mi corazón.

He venido para sembrar en vuestros corazones de creyentes palabras de esperanza.

Quisiera llegar con mi condolencia y afecto a cada uno de vuestros hogares.
En la visita que acabo de efectuar a Armero he querido orar por los difuntos para que Dios les conceda el descanso eterno. También deseo orar por vosotros, damnificados y familiares de las víctimas, para que Dios os dé comprensión y amor, abriendo vuestras vidas a la perspectiva de un futuro mejor”.

Los mensajes y los gestos proféticos del papa Juan Pablo II siguen iluminando a quienes mantenemos viva la esperanza de que Colombia pueda un día encontrar la paz y transitar los caminos de la civilización del amor.

En relación con Armero, vale la pena recordar que, inicialmente, esta visita no estaba incluida en el itinerario oficial que seguiría el santo padre, pues su encuentro con los damnificados de la tragedia debía realizarse solo en la ciudad de Chinchiná. ¿La razón? Existía el temor de que el Nevado del Ruiz, todavía activo, produjera un nuevo evento como el del 13 de noviembre de 1985 y los organizadores no querían correr con semejante riesgo.

Pero dio la casualidad de que el presidente Belisario Betancur convocó a los gobernadores y obispos de los lugares que visitaría el santo padre a una reunión de trabajo en la Casa de Nariño. Se trataba de informar cómo se estaba preparando la visita en cada uno de los lugares previamente fijados por la comisión preparatoria. El compromiso para el país era muy grande y se quería prever todos los detalles.

El arzobispo de Ibagué, debido a problemas de salud, me delegó para asistir en su reemplazo. Y, cuando todos los gobernadores rindieron su informe, me arriesgué a pedir la palabra y a solicitar con el alma y el corazón que se diera a los damnificados de Armero la posibilidad de ver al Papa; este sería el mayor consuelo para quienes todavía lloraban la pérdida de su ciudad y de sus familias. Para nadie como ellos podía ser de tanto alivio la presencia y el mensaje del santo padre.

La petición fue acogida por el señor Presidente, quien al día siguiente dio las instrucciones del caso para incluir esta nueva etapa en el itinerario de la visita.

Lo que vino después lo recuerdan bien los colombianos que fueron testigos de los hechos y, también, quienes han leído la historia de aquellos siete días blancos en los que Juan Pablo II peregrinó con la paz de Cristo por los caminos de Colombia.


Monseñor Fabián Marulanda López

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.