Habitantes de Armero no olvidan la pesadilla del 13 de noviembre

Habitantes de Armero no olvidan la pesadilla del 13 de noviembre

Las historias de estas personas muestran el desgarrador panorama que se vivió aquel trágico día.

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12 de noviembre 2015 , 06:14 p.m.

‘Esa es la noche más oscura de Colombia’

Ricardo Orozco, conocido como 'Agujita'

Ricardo Orozco no olvida el 13 de noviembre de 1985, el día en que vio por última vez a su hija. “Rosalba tenía 20 años y era mi adoración”, resume ‘Agujita’, como lo llaman sus amigos.

Treinta años después, este mecánico de 84 años recuerda su pesadilla con lujo de detalles. Ese día sincronizó y le cambió las pastillas y las bandas de los frenos a un Ford modelo 61. Cuando se fue a la cama, todavía daban vueltas en su cabeza las palabras del dueño del carro, que le habló de una noche negra en Armero.

Horas después, un ruido lo despertó. Lleno de miedo, salió de la casa con su esposa, María Antonia Rojas, y tres de sus hijos. No vio a Rosalba en ese momento, ni cuando corrían para huir de la avalancha. Ahogado por el llanto, entendió que no habría tiempo de volver a la casa, en el barrio Protecho. Finalmente, un vecino los llevó en su Land Rover hasta el estadio municipal.

Jamás volvió a tener noticias de Rosalba. Él y su mujer creen que fue arrastrada por el alud de lodo, piedras y ceniza que bajó a las 11:35 de la noche por la cuenca del río Lagunilla, con tanta fuerza que arrancó del suelo el edificio de cinco pisos de don Pompilio Tafur, el hombre más adinerado de la región.

Ramón Elías, hermano de Ricardo y el mecánico más buscado del pueblo para el arreglo de tractores, también murió. La casa le cayó encima cuando se devolvió a sacar su herramienta.

“No he podido sacar de mi cabeza esos momentos. A diario sueño con mi hija”, cuenta Ramón, que hoy vive en el barrio Bosque Popular, de Armero-Guayabal, la cabecera municipal que se formó después de la tragedia.

‘Agujita’ también recuerda que los muertos se contaban por miles. “Los cadáveres llegaban en volquetas y los apilaban frente a la alcaldía. Era terrible ver ese reguero de gente muerta, amigos y familiares que se nos fueron en cuestión de segundos por culpa del volcán”, dice.

Muchos fueron llevados a una fosa común del cementerio municipal. Cuando se llenó, las autoridades tuvieron que amontonarlos y quemarlos, para evitar una epidemia. “Esa es la noche más oscura de Colombia”, sentencia el mecánico.

Vicenta León.

Vicenta León tiene 76 años y cita uno a uno los nombres de los 30 familiares que perdió ese miércoles, cuando cerró temprano su venta de tamales y chivo. Se fue a descansar, pero un estruendo le aceleró el corazón, por lo que despertó a su esposo, José Barrios. Cuando se estaban vistiendo para salir, la luz se fue en todo el municipio (una de las primeras edificaciones que el lodo destruyó fue la estación eléctrica de Electrolima, en la parte más alta de la población, junto al río).

A oscuras salieron de su casa, en el barrio El Recreo, detrás de la iglesia El Carmen y junto al estadio de fútbol. Ya en la calle, chocaron con una estampida humana que clamaba por auxilio.

“En medio de esta locura vi que bajaban piedras, mucho lodo y hasta carros, como si fueran de papel”, describe León. En ese momento, le dijo a su marido que corrieran a otro sitio, pero él le respondió con resignación: “¿Para dónde, si todo el pueblo está inundado?”. Providencialmente, el estadio detuvo parte de la avalancha y doña Vicenta salvó su vida y las de sus hijas María Antonia y Gloria Estella.

Al día siguiente se arrastró por el lodo y buscó al resto de su familia, pero no encontró a nadie. “Todo era un mar de lodo cubierto por una densa neblina y una llovizna suave. Y se escuchaban gritos de personas pidiendo auxilio”, relata la mujer.

Los dos días posteriores los pasó en la azotea del hospital, acondicionada como albergue, de donde los rescató un helicóptero, que los llevó hacia el vecino municipio de Lérida. Después vivieron tres meses en Ibagué, “arrimados en casas de familiares”.

A Armero volvieron en febrero de 1987. “Me dio mucho dolor, pero me repuse y abrí nuevamente la venta de tamal y chivo en Armero-Guayabal, la tierra que nos acogió con amor”, subraya.

Adelina Cáceres.

Adelina Cáceres, de 87 años, otra damnificada, agradece que todo Armero haya escuchado el tremor del alud, lo que sirvió para salvar a unas 15.000 personas, que alcanzaron a refugiarse en las partes altas. Ella y sus hijos, Benigno y Nancy Castro, corrieron hasta el cerro Gordo, donde pasaron largas horas bajo una llovizna de agua y ceniza.

“El silencio de la noche nos permitió oír el ruido de la avalancha y salir de las casas. De lo contrario, no existiría nadie para contar lo que sucedió esa noche”, concluye.

Vea aquí el especial Armero: 30 años de la tragedia anunciada que nadie evitó

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