El Sol de Nápoles, volver a un clásico

El Sol de Nápoles, volver a un clásico

Me gusta esa sensación de tiempo detenido que ofrecen encuentros como este.

12 de noviembre 2015 , 04:26 p.m.

Pasaba por ahí y me encontré, sin buscarlo, al que fue uno de mis restaurantes de los años universitarios: El Sol de Nápoles.

Aunque no estaba en mis planes, no dudé en elegirlo para el almuerzo de ese día, y me bastó con cruzar la puerta para sentir que había viajado al pasado... a un pasado que no es del todo lejano, pero en el cual Bogotá aún no se había convertido en ese destino gastronómico que es hoy.

Me gusta esa sensación de tiempo detenido que ofrecen encuentros como este. Al fondo del salón, que se adelgaza para darle cabida a la cocina, está ese horno de piedra del cual salen tantas maravillas, incluido ese maravilloso pan de corteza ancha.

Las mesas conservan la misma disposición e incluso está aún en la misma pared ese simpático aviso que siempre me sacó alguna sonrisa: ‘El que trabaja come, el que no trabaja come, bebe y duerme’.

Recuerdo la milanesa alla parmigiana y la scaloppina al limone, que algunas veces pedí, aunque mi gusto desbordado por la pasta me llevaba casi siempre a elegir alguna de las que terminan su cocción en el horno.

Y como esta vez las quería pedir todas, opté por la salida más fácil: el misto di pasta, que lleva cannelloni, lasagna y ravioli, con salsas bolognesa, napolitana y Alfredo.

Supongo que en ciertos manuales de urbanidad no se trata de un plato recomendable, pero andaba solo y antojado.
Y lo disfruté, debo admitirlo. Aunque también debo admitir que en los muchos años que han pasado desde la última vez que fui a este lugar han puesto en Bogotá restaurantes italianos de mejor nivel gastronómico... aunque no tantos, por cierto.

En todo caso, las salsas son las mismas que mi memoria tenía registradas, al igual que el punto de la pasta y esa abundancia de queso que, luego de pasar por el horno, se estira en cada bocado.

Los raviolis, en cambio, los recordaba mejores. O quizás sean los mismos, pero ocurre que algunas de esas trattorias más recientes, de las que hablo, tienen entre sus especialidades unas pastas rellenas que bien podrían concursar en escenarios italianos.

Fue grato volver a El Sol de Nápoles y quizás ese encuentro fortuito me lleve a abrir un nuevo capítulo en mi curiosidad gastronómica: el de visitar aquellos clásicos que ayudaron a definir mi gusto. De vez en cuando vale la pena hacerlo.

 SANCHO
Crítico gastronómico

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