La culpa

La culpa

En el mundo del Ego todos nos sentimos culpables de algo, consciente o inconscientemente.

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11 de noviembre 2015 , 07:36 p.m.

La culpa es endémica, se transmite como una enfermedad genética sin hacer diferencias culturales de ninguna clase, porque es la moneda de cambio en el universo del Ego. El Ego, con mayúscula, es un sistema de pensamiento cuyo circuito herméticamente cerrado necesita traficar con la culpa para mantener su hegemonía.

En el mundo del Ego todos nos sentimos culpables de algo, consciente o inconscientemente. Esta culpa es tan insoportable que, como en el juego de ‘la lleva’, el objetivo es descargarla sobre el que primero dé la caída.

La culpa es una papa caliente que nos pasamos unos a otros incesantemente, sin posible destino final y a escalas que dan la impresión de ser más graves e importantes. Formamos parte de una cadena interminable de culpables, inculpados, disculpados, exculpados y todas las formas ‘retrovexas’ del juicio con el que medimos a nuestras víctimas y victimarios. (Ya sé, la palabra ‘retrovexa’ es inventada; la culpa también).

Todo indica que hay culpas más robustas que otras, como ocurre con las monedas, aunque, a la hora de la verdad, se trata de La Culpa, disfrazada de distintos valores. Cuando alguien es descubierto en un ‘pecado’ mortal y evidente, aprovechamos para respirar un poco de inocencia. Si algo bueno hacen los grandes ‘pecadores’ es hacernos sentir a los demás ‘mejores personas’.

La moneda de la culpa incrementa su valor si el Ego, Amo y Señor, así lo dispone, bajo su dictadura comandada por leyes arbitrarias que él va cambiando a su antojo, porque el Ego es El Dictador por excelencia, y ninguna mente que no cuestione sus estructuras escapa de su régimen. En el mundo del Ego, las calles son oscuras y sin salida, donde seres dementes se lucran con las culpas de los otros.

La única forma de deshacerse de esa culpa fundamental está en El Perdón. Pero no ese perdón mezquino, pobre versión que también interpreta el Ego desde su pedestal de superioridad. El Perdón, con mayúscula, es ese tipo de perdón que no reconoce al enemigo ni al pecador como sus ofensores, porque para él La Culpa no existe. Perdonar por el daño que nunca nos ha hecho ni nos hará nuestro aparente verdugo es una sabia contradicción que el Ego no puede concebir, porque su solución ocurre fuera de su jurisdicción, en la paz de nuestra mente. Esta es la puerta de la liberación que abren los iluminados, pues solo ven almas que se equivocan y pueden volver a elegir.

Margarita Rosa de Francisco

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