"No sirve, no es servil"

"No sirve, no es servil"

'La utilidad de inútil' presentada por su autor.

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11 de noviembre 2015 , 07:30 p.m.

Desde hace más de dos décadas, cada año, en octubre, abro la lección inaugural de mi asignatura en la Universidad de Calabria con una pregunta provocativa dirigida a los estudiantes que empiezan a cursar primero: ¿qué habéis venido a hacer a la universidad?, ¿con qué objetivo vais a seguir los cursos? Los estudiantes -sorprendidos por un interrogante tan inusual- responden casi todos de la misma manera: “Nos hemos matriculado en la universidad para conseguir un título”.

Yo creo, en cambio, que la misión de la escuela y de la universidad es precisamente hacer entender a nuestros estudiantes que no deben inscribirse en un instituto ni asistir a la universidad para obtener un título.

El instituto y la universidad son ocasiones que la sociedad nos ofrece para que intentemos ser mejores. Después, quienes se hagan mejores –quienes sean capaces de estudiar para conquistar un saber crítico, para convertirse en mujeres y hombres libres, quienes sean capaces de razonar de manera autónoma con su propia cabeza– serán también quienes superarán brillantemente los exámenes y conseguirán graduarse con las mejores notas.

Es cierto, sin embargo, que los estudiantes no tienen la culpa si el único objetivo por el que acuden a los institutos y las universidades es lograr un título. Viven en un contexto social en el que cada decisión, cada gesto, cada palabra debe responder a un ‘provecho’ personal, a una lógica utilitaria fundada en el imperativo del beneficio material. La idea de cultivar una pasión en nombre de un placer desinteresado y gratuito no encuentra terreno fértil en nuestra sociedad.

Vivimos en un contexto político, social y económico sometido, cada vez más, a la dictadura del máximo beneficio. No querría, pese a todo, que se me entendiera mal: el beneficio me parece legítimo en una sociedad cuando es un ‘medio’ y no un ‘fin en sí mismo’. Incluso Adam Smith, a menudo mal comprendido por sus propios seguidores, tenía muy presente la diferencia que separa el ávido egoísmo sin reglas morales y el virtuoso interés individual inspirado por la prudencia.

De hecho, el beneficio por el beneficio, libre de todo vínculo social y ético, en vez de ser un instrumento para el progreso de la humanidad, puede transformarse, por su misma naturaleza predatoria, en un instrumento de destrucción de la civilización y de desertificación del espíritu.

Hoy en día, no nos sorprende ya que, ante cualquier pequeña decisión cotidiana, alguien pregunte ‘para qué sirve’: ¿Para qué sirve leer la ‘Odisea’ o el ‘Quijote’? ¿Para qué sirve estudiar latín y griego?¿Para qué sirve escuchar la música de Mozart? ¿Para qué sirve visitar el Museo del Prado? ¿Para qué sirve admirar el cuadro ‘Las Meninas’ de Velázquez?

Aristóteles, en una página de la ‘Metafisica’, respondió ya, de manera egregia, a estas absurdas preguntas. A quien preguntaba ‘para qué sirve la filosofía’ le replicó que la filosofía ‘no sirve’, porque no es ‘servil’, porque no está al servicio de nadie, porque es una ciencia que existe para sí misma y que enseña el camino para alcanzar la libertad.

No de otra manera que el hombre libre “vive para sí mismo y no para otro”. Pero hoy en día, por desgracia, en el universo del utilitarismo: un martillo vale más que un cuadro, un cuchillo vale más que una poesía, una llave inglesa vale más que una sinfonía. Es así porque resulta fácil entender la eficacia de un utensilio, mientras que se vuelve cada vez más difícil comprender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte.

Las escuelas y las universidades no pueden convertirse en empresas, y los estudiantes no pueden ser considerados clientes. Estamos asistiendo a una peligrosa metamorfosis que encuentra su más evidente representación incluso en las elecciones léxicas.

¿Sabéis cuáles son las dos primeras palabras con las que los estudiantes entran inmediatamente en contacto cuando se matriculan en la universidad? ¡Son los términos ‘créditos’ y ‘deudas’! El lenguaje nunca es neutral. Se trata de 2 palabras tomadas del mundo de la economía y que hoy dominan cualquier aspecto de nuestra vida. Pensemos en el trágico destino de Europa: ‘crédito’ y ‘deuda’ se han convertido en los únicos parámetros para diseñar su identidad.

Para los señores de los bancos y de las finanzas sólo aquellas naciones que pagan sus deudas forman parte de Europa: para ellos, por desgracia, es posible pensar en una Europa sin Grecia, sin Italia y sin España. Ningún escándalo, ningún estupor. Las raíces culturales no cuentan ya para nada; sólo importan los presupuestos y el pago de la deuda a los acreedores.

“Pero, a pesar de estas enormes dificultades, sigo pensando que la cultura puede ser un antídoto contra la lógica dominante del utilitarismo, una forma de resistencia a la dictadura del beneficio y de los egoísmos. Es por eso que escribí ‘La utilidad de lo inútil’: sin cultivar lo inútil la humanidad no se hará más humana”.

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