La promesa del patinaje que murió en la vía

La promesa del patinaje que murió en la vía

Un mes después de que el conductor de un camión la atropellara no se han llevado a cabo audiencias.

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11 de noviembre 2015 , 07:22 p.m.

Fue un embarazo de alto riesgo, la situación económica no era buena, pero ese 21 de marzo de 2001 la pareja de esposos se sorprendió de tener entre sus brazos a una bebé, recién nacida, tan bonita.

Ese es el recuerdo que conserva Andrea del Pilar Reyes Martínez, la madre de Mariana Fernanda Guerrero Reyes, quien, 14 años después, perdería la vida en un absurdo accidente de tránsito, arrollada por un camión. “Era tan juiciosa, tan hermosa mi hija”.

El primer contacto de la niña de 7 años con el deporte se dio gracias al sacrificio de su mamá. Con una prima que recibió en junio decidió comprarle sus primeros patines. “Me fui hasta San Andresito de la 38 y le conseguí unos que me costaron 150.000 pesos. En esa época, ella solo tenía 7 años. Luego busqué en el directorio la Liga de Patinaje de Bogotá y la inscribí”.

Pasaron seis meses para que la niña aprendiera a amar este deporte; hubo muchas caídas en las calles del barrio, pero entrenar todos los sábados y los domingos se convirtió casi que en un ritual de los cuatro miembros de la familia.

La persistencia permitió que Mariana decidiera inscribirse en la escuela de patinaje Roxa. En un año, todos los instructores comenzaron a notar que tenía capacidades prometedoras en este deporte. Luego vinieron otros clubes, como el Club de Patinaje Elías de Valle. “Allí tuvo tantas caídas que me daba impresión, no solo físicas sino emocionales, pero también de eso aprendió. Este deporte es muy reñido. Todo eso la hizo más fuerte”, contó su mamá.

En aquella época era difícil luchar con las clases sociales, que también existen en el deporte. “El que puede le parece fácil adquirir un uniforme, unos patines; para nosotros, cada elemento era un sacrificio. Pasamos por muchas necesidades para sacarla adelante”.

Andrea hizo una pausa larga y con su cuerpo erguido pero a punto de derrumbarse recordó: “Los únicos patines nuevos que tuvo en toda su vida fueron los últimos que le compramos, de resto, todos fueron de segunda. Alcanzaron a cumplir un año de uso en septiembre de 2015. Me costó 1’300.000 la sola bota, eso es mucha plata”. Mucho dinero, sí, sobre todo para una familia que ha vivido del reciclaje del padre y de oficios como vender revistas o cuidar niños.

Su salida de este último club, contó la madre, fue triste. “Nos cambiamos porque Juan Carlos Baena nos echó del club. Nos gritó a la niña y a mí que nosotras no teníamos los recursos para pagar una pensión, que éramos un problema. Somos pobres, pero con dignidad. Decidimos irnos de ahí. Lo peor es que para sacarla del club nos tocaba conseguir la plata que debíamos más 1’300.000, fueron casi dos millones de pesos”.

Pero el talento de Mariana iba atrayendo más ángeles. El club Alexandra Vivas no solo les dio un respaldo económico, sino que allí la niña logró un cambio espiritual. “Fue uno de sus mejores años, aprendió a ser humilde, a creer más en Dios. Ahí no solo aprendió a ser deportista sino a ser una buena persona, además, se metió entre las 30 mejores a nivel nacional”.

En cada categoría iba sumando logros importantes, reconocimientos, medallas, pero todo eso terminó el domingo 4 de octubre de 2015, en una tragedia que todo el mundo repudió pero que seguramente ya pasó al olvido.

Accidente

Ese día, Andrea se levantó más temprano que de costumbre, luego lo hizo su hija, a quien la levantaba el televisor con los sermones del padre Alberto Linero. “Yo la levanté, le preparé su leche con Kola Granulada, ella se saludó con su hermano, abrazó al papá y nos fuimos. Ella me contó que ese día, después del entrenamiento, se encontraría con un amigo, estaba muy emocionada”.

Posteriormente se fueron las dos hablando de la vida, hasta el punto de encuentro de donde partirían las bicicletas rumbo al entrenamiento: la bomba de gasolina de Siberia, a eso de las 6:15 a. m. “Ella siempre pensaba en los demás. Le llevaba un casco a un amigo al que se le había roto y una chaqueta a una niña que no tenía. Oramos en grupo y partimos. Ella salió con el grupo y yo la seguía en un carro”.

Durante el recorrido pararon en Padrera, en Subachoque y, justo cuando pararon a comer pandebono, Mariana decidió hacer una publicación en Facebook: “Me siento bendecida, el tiempo de Dios es perfecto”.

Luego, el recorrido de los casi 40 ciclistas continuó hacia El Rosal hasta que en el kilómetro 4, en una curva, ocurrió la fatalidad: un camión que ocupaba el carril contrario rozó a varios de los deportistas, pero le dio un golpe mortal a Mariana. “Vi cuando le pegó con toda la carrocería a la cabeza de mi hija. Ella comenzó a caer en cámara lenta. Solo escuché cuando el conductor del carro en el que venía dijo: 'Juepu.., la mató”.

Mientras los hombres capturaban al conductor que ocasionó el accidente, quien se quiso escapar, Andrea estuvo presente en el último suspiro de la deportista. “Ella cambió de color de forma mágica, blanqueó sus ojos y murió. Yo miré al cielo y dije: ‘Dios, ¿por qué a mí?’. Luego comenzó a botar sangre por la nariz”.

El intenso dolor hizo que se parara y que fuera a golpear al conductor del camión, a quien le dijo una y mil veces: "¡Asesino!". “Solo me dijo que tenía afán de llegar a algún lado y a tiempo con el ganado. Lo único cierto es que ese hombre aceleró en la curva”.

En un pequeño centro de salud de El Rosal le confirmaron a Andrea lo que ella ya sabía: su hija de 14 años, la que en cinco meses cumpliría 15, había muerto. No la quiso ver, ella ya no estaba allí.

Posteriormente, tuvieron que pagar 250.000 pesos por un coche que trasladara el cuerpo hasta Madrid (Cundinamarca), el cual salió de aquel pueblo rodeado por una multitud de deportistas y periodistas que, no se sabe cómo, llegaron hasta el lugar.

Todo había acabado en esa curva. Ya no se haría la fiesta soñada de 15, con hotel, limusina, vestido y zapatos de princesa; sus padres ya no comprarían ese primer carro para acompañarla en sus entrenamientos. La única hija, la única nieta, se había ido en una de las mejores épocas para esta familia.

Quince días antes, madre e hija habían estado en el funeral de un familiar. “Ella me decía: 'La muerte duele mucho, mamá, duele mucho'. Yo le dije: 'Sí, hija, por eso vive al máximo cada día de tu vida'. Creo lo hizo”. Aquel día también se había deslumbrado con la belleza de las lápidas con retratos.

Para Andrea, ese fue el preludio del último día de esta madre e hija, de estas dos amigas que vivieron al límite cada instante de un sueño por el deporte.

Hoy, casi un mes después de la tragedia, no se ha llevado a cabo la primera audiencia. “No voy a descansar, esta muerte no se quedará en la impunidad. Hoy nos tocó, pero no quiero tanto dolor para otras familias. Para nosotros, esto fue un homicidio culposo”, concluyó Andrea.

Carol Malaver
Redactora de EL TIEMPO

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