Sinceramente bruto

Sinceramente bruto

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11 de noviembre 2015 , 06:05 p.m.

Como tantos otros ciudadanos de numerosos países, sigo con curiosidad y no poca inquietud la campaña electoral para las elecciones en Estados Unidos del año que viene. Mi interés no es, valga la aparente paradoja, desinteresado: todos sabemos que el resultado de esos comicios influirá en nuestros países y en los conflictos mundiales de forma importante, quizá decisiva. Sería por tanto suicida permanecer indiferente ante ellos.

Como suele repetirse cada vez que llegan, deberían dejarnos votar a todos los ciudadanos de la ONU o al menos de la OTAN en esa elección presidencial, aunque nuestro voto solo contase la mitad o un cuarto que el de los ciudadanos yanquis. Sin duda, a los hispanos el candidato que más nos irrita y también nos inquieta es el inefable Donald Trump.

Por mucho que a veces se simplifique la postura de admiración o resentimiento en contra, un país como EE. UU. tiene diversidad de caras bastante diferentes y aún opuestas entre sí, producto lógico del ‘melting pot’ que constituye su paisanaje.

Coinciden esos múltiples rostros en una clara conciencia de la primacía mundial de los Estados Unidos, quizá cada vez más discutible empíricamente y que desde fuera puede ser vista como arrogancia.

Los líderes políticos norteamericanos llegan a ser muy críticos con su patria -como muchos de sus artistas, no hay más que repasar la mejor literatura y cine del país, capaz de autodenuncias de las que pocos europeos suelen hacerse-, pero no por ello dejan de ser patriotas y de confiar incluso rechinando los dientes en los ideales emancipadores e igualitarios del ‘american dream’.

¿Ingenuidad? A los que vivimos en Estados que se denigran sistemáticamente y aún se niegan a sí mismos, más por maledicencia morbosa que por afán de regeneración, esta bendita ingenuidad no deja de parecernos envidiable. Es sin duda parte de la fuerza de un país.

EE. UU. tiene un rostro ilustrado, socialmente comprometido y no solo acogedor sino hasta entusiasta de la pluralidad étnica, del que no tengo inconveniente en proclamar que Barack Obama me parece un inmejorable exponente.

Y hay otro rostro también, zafio y autosatisfecho, machorro (más que machista), estúpido para todos los valores convivenciales pero astuto para los negocios, representación de ese yanqui detestable que empieza y acaba todas las conversaciones hablando de dinero, como los talibanes solo hablan de Alá y el Corán. Sin duda, Donald Trump es el modelo más acabado de este tipo, hasta el punto de parecer una caricatura del género.

Que haya algún tipo que otro así en un país tan grande no es demasiado grave… incluso que haya bastantes más de los que quisiéramos por estética humanista. Pero lo alarmante es que encuentre tantos jaleadores y seguidores, aunque no creo que a fin de cuentas logre demasiados votos.

Trump es una especie de psicoanalista sin saberlo, sirve para que los EE. UU. hagan su propio examen de conciencia y se pongan frente al espejo de sus más indecentes demonios.

Esperemos que cuando ese espejo, espejito, les diga la verdad sobre el aspecto que refleja, como hizo aquel otro de la madrastra de Blancanieves, lo rompan en mil pedazos y busquen una imagen más digna de sí mismos y sus padres fundadores.

FERNANDO SAVATER

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