ESTAFETA

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11 de noviembre 2015 , 05:32 p.m.

Jaime Jaramillo

Confianza en que una publicación con la tradición de LECTURAS le dé la importancia que se merece a Jaime Jaramillo y su obra, cuya contribución al esclarecimiento de la identidad nacional no tendría que destacarse, si no fuera porque en Colombia poco resaltamos ese tipo de persona y de aporte, que no lo hacen quienes deberían con personas y trabajos como el del investigador y maestro antioqueño que hizo escuela de la buena, en el verdadero sentido de esa palabra.

Sin estudio serio sobre historia se corre el riesgo de no saberse de manera adecuada ni quiénes somos, ni de dónde venimos y, por eso, tampoco para dónde vamos. Eso es más claro en situaciones como la presente, cuando el empeño de resolver el conflicto armado es objeto de tergiversaciones que se asientan ante todo en el desconocimiento de responsabilidades en el pasado nacional de sectarismo y recurso a las armas.

En especial los partidos tradicionales, hoy desdibujados en parte por eso, entre otras, se han desentendido de su responsabilidad en la prolongación de un rasgo que nos ha perjudicado ya demasiado y en el reconocimiento del pasado común.

Magisterios como el de Jaramillo en algo compensan que la historiografía nacional haya sido hasta hace poco más un recuento sectario sin crítica y un inventario sin procesamiento. La historia es hoy mucho más que eso como sustento de autenticidad cultural.

Pedro Cifuentes, Bogotá.

Voces infantiles

Lástima el poco despliegue en la edición de octubre al esfuerzo del Banco de la República por reunir opiniones infantiles sobre el padecimiento de la guerra…. Es poco lo que se haga en ese sentido en materia tan triste por mostrarle al país realidades tan dolorosas, en ese caso a través de la sensibilidad intacta y desinteresada de quienes figuran en primer lugar entre las víctimas y, con mayor razón, inocentes.

Amanda Díaz. Bogotá.

LETRA POR LETRA

“De su puño y letra”

Con esta frase se quiere expresar lo escrito y firmado a mano por una persona.
La expresión tomó punto de partida con los antiguos, pertenecientes a las clases superiores, que estampaban su impronta personal mediante un sello fijado en un anillo. Hacían presión sobre el material moldeable con el puño cerrado para darle mayor fuerza a la impresión. Aunque en la actualidad ciertas personas llevan el anillo grabado con la heráldica familiar o con sus iniciales, el uso tradicional ha desaparecido: sellar las cartas, fijar la impronta junto a la firma en un documento o, simplemente, demostrar con el sellado que algo es suyo.

“Piyama”

Cuando los colonizadores ingleses de la India notaron que los pantalones holgados y generalmente blancos que llevaban los nativos como vestido resultaban muy cómodos, los adoptaron para estar dentro de la casa y para acostarse a dormir. De por sí, jama es una palabra hindú que traduce vestido y pae significa piernas. Algunos críticos de la época afirmaron que la piyama era indecente, pues el solo hecho de querer quitársela antes de despertar por la mañana era una invitación a fornicar. La palabra llegó a Inglaterra como pyjamas a comienzos del siglo XIX y luego pasó a Francia. Para nosotros es una palabra femenina, mientras para los españoles es masculina y con j: el pijama.

“El cuarto poder”

Varios comentarios, preguntas y aclaraciones llegaron de los lectores acerca de “El cuarto poder”, expresión cuyo origen se explicó el mes pasado en esta columna. La frase, en efecto, se debe al escritor Honorato de Balzac, publicada por primera vez en 1840 en ‘Revue Parisienne’, publicación que él mismo dirigía, para dar una idea del poder que tenía la prensa. Se sabe, además, que Balzac tuvo enfrentamientos con periodistas de su época a quienes llamaba mediocres. Lo paradójico es que el propio Balzac ejerció el periodismo.
Los ingleses reclaman el origen de la frase. La habría pronunciado el político Edmund Burke (1729-1797) en la Cámara de los Comunes, pero no existe prueba alguna que lo demuestre. Lo cierto es que la expresión viajó rápidamente desde París y apareció registrada en la ‘Historia de Inglaterra’ (1848-1861), del historiador Thomas B. Macaulay, quien en 1843 ya la había mencionado en un ensayo. En 1888, el escritor español Armando Palacio Valdés publicó una novela con ese título.

“El cuarto poder” llevó a mucha gente en el pasado a pedir el control para evitar que abusara de su capacidad crítica. De ahí viene la vieja fórmula, ya poco usual, según la cual “la prensa es libre pero responsable”. A lo largo de la historia han corrido ríos de tinta sobre la libertad de la prensa y cómo corregir los posibles abusos de poder. Quizás haya que decir como el escritor Albert Camus: “Que la prensa sea libre puede ser bueno o malo; una prensa sin libertad solo puede ser mala”.

 

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