Pueblos Patrimonio: Jardín, el más bello tertuliadero

Pueblos Patrimonio: Jardín, el más bello tertuliadero

La serie de Fontur, Hay Festival Cartagena y EL TIEMPO, visitó la localidad antioqueña.

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10 de noviembre 2015 , 08:29 p.m.

Llegué a Jardín a las 7 de la noche de un sábado luego de viajar desde Medellín, durante tres largas horas, a través de una carretera serpenteante con un verde espeso y exuberante. “Todas las llanuras son iguales, pero no hay una montaña igual a otra”, dijo Borges, y en este camino hay una que sobresale más que las demás: el cerro Tusa, con su forma piramidal, se convierte desde el cañón de La Sinifana en abrebocas de la belleza que solaza nuestros ojos tan pronto se cruzan las primeras calles de Jardín.

Hace más de cien años, la Gran Antioquia perteneció a un solo dueño por obra y gracia de la corona española. Más de doscientos mil kilómetros le fueron entregados en concesión a José María de Aranzazu para que explotase las minas. Permaneció despoblado hasta que Indalecio Peláez tomó posesión del territorio ubicado entre los riachuelos Volcanes y El Salado. Cuenta la leyenda que cuando vio por primera vez este lugar, poblado con sietecueros y yarumos blancos, no pudo más que decir: “Esto es un jardín”.

Jardín es hoy un municipio de catorce mil habitantes y, ciertamente, uno de los más bellos –si no el más bello– de Antioquia. Sigue siendo un jardín: con sus fachadas coloridas que recuerdan los contrastes cromáticos de las casas en las islas caribeñas, los balcones repletos de materas florecidas, el naranja de sus tejados y, al centro, un espléndido y amplio parque sembrado con rosales y un guayacán de enormes flores amarillas.

El pueblo es el parque. Hay otros lugares de interés turístico, pero es el parque el que atrae toda la atención con sus mesitas y taburetes de colores puestos ahí para disfrutar la vida, al mejor estilo italiano, sin hacer nada.

El parque está coronado por la iglesia de la Inmaculada Concepción, un monumento nacional neogótico rematado por dos inmensas cúpulas cónicas que se destacan por entre los techados. Las tres calles que lo rodean –donde debería estar la cuarta se sitúa la iglesia, en medio de dos casonas coloniales– están ocupadas por cafecitos, hoteles (el pueblo cuenta con más de una docena, lo que habla de la vitalidad de su turismo), uno que otro restaurante, la alcaldía, un pequeño museo y fondas decoradas con chismes viejos, dibujos y fotografías que enmarcan el paisaje de la colonización antioqueña y objetos de vaquería. No hay cines ni teatros ni galerías de arte. Además de tertuliar, la oferta recreativa se reduce a una sala de billares.

La globalización ha permitido a los pueblos darse a conocer desde su autenticidad. Es la valoración de su pasado, de su gastronomía y de sus tradiciones lo que hoy da valor al turismo. Por eso, los jóvenes utilizan la palabra ‘experiencia’: una manera de ver y disfrutar un lugar a través de una inmersión cultural. De modo que, luego de visitar los sitios turísticos obligados –un mirador al que se accede en teleférico, un viejo camino empedrado, unas trucheras y el cerro que sirve de base a quienes vuelan en parapente–, los días restantes los dedico a lo mismo que el resto: sentarme en el parque a no hacer nada. O, mejor, a disfrutar de la vida sin los agites ni los afanes ni las preocupaciones cotidianas, mientras me pregunto en silencio: “¿De qué tanto habla esta gente desde el alba hasta que oscurece?”.

El clima de Jardín es como el de Medellín, pero más agradable. Se respira un aire liviano, enfriado, que lo hace sentir a uno vivo, despierto. A ello contribuye el café. Y, ¡vamos!, que no estamos tomando café en cualquier plaza de Europa, sino justo en el epicentro de donde crece “el mejor café del mundo”.

Me siento, pues, a tomar tinto en el parque. A un lado, dos señores frente a un par de tazas humeantes miran pasar la vida sin decirse nada. En la mesa de atrás, cinco mujeres de edad avanzada comparten los últimos sucesos. Presto oídos: no hablan de hechos de violencia, ni de las Farc ni del proceso de paz. Cuentan cómo les gusta el retrato televisivo de la madre Laura, aunque la mayoría sigue con más entusiasmo 'La vendedora de rosas'. De ninguna escucho una frase positiva sobre la serie de Diomedes. Y pienso: en este país a la gente solo le gusta ver aquello que retrata sus costumbres: la cultura fragmentada de una nación que no termina de construirse sobre la base de una historia común.

En la calle frente a mi mesa los señores presumen de sus chiquitines montados sobre caballos finos, una exhibición en la que no se sabe si es más imponente el jinete o el caballo. El caballo: el paso trochero, el golpeteo rítmico y sonoro de los cascos sobre el empedrado. El niño: la espalda recta, el sombrero erguido, la mirada frentera. En medio de la exhibición, uno de los caballos se detiene a hacer lo suyo en pleno centro de la calle. Una señora de moña pizpireta y lentes de sol con montura negra y el logo de Ray-ban sale de su casa, escoba en mano y recogedor de plástico amarillo, y limpia la boñiga como si se tratara de su propia sala. Los adolescentes durante el día escasean, pero al caer la noche comienzan a mezclarse con el paisaje. Además de pizza y arepa que consumen en negocitos ambulantes, rumbean en fondas de rock ochentero o reguetón, como en Blanco y negro o en Cero y cero.

Durante los cuatro días que he estado en el pueblo, cada vez que cruzo frente a la funeraria –Funeraria del Suroriente Antioqueño– me sorprendo al ver su sala desocupada. “El negocio ha ido muy mal –me informa la dependienta con la calma de quien hace rato no recibe clientes–: aquí la gente se muere de física vieja”. Un grupo de señoras setentonas toma café a los pies de una fonda pasadas las 9 de la noche de un lunes laboral. “Aquí no se hace plata, pero se vive muy bueno, muy despacio y muy sin afanes”, sonríe una de ellas. La gente que pasa al lado me saluda con una sonrisa, como si me conocieran de tiempo atrás; como si no desconfiaran de los desconocidos.

No conozco otro lugar en Colombia con tanta vitalidad y movimiento como este. No es tanto que sea bonito –vamos, que belleza le sobra–. Es la fuerza con la que respira, la energía con la que palpita su corazón. Y es irónico: un pueblo tan apegado a sus tradiciones y costumbres –a su pasado– es al tiempo un pueblo tan joven y bullente.

La recepcionista del hotel me había dicho que a Jardín viene toda suerte de turistas. Sin embargo, en cada sitio al que voy solo escucho acento paisa. No pongo en duda sus palabras, pero es lo que me ha tocado en suerte. Y me pregunto: ¿por qué a estos pueblos tan hermosos, tan colombianos, solo llegan viajeros de pueblos cercanos? Por la distancia, por supuesto, a pesar de las buenas carreteras; pero también porque hemos aceptado la idea de que vacaciones y descanso son sinónimo de playa o de centros comerciales. Y es curioso, pues nuestras playas, en medio del estruendo de vallenateros y de la insistencia cansona de los vendedores ambulantes, lo que menos ofrecen es tranquilidad.

De regreso al hotel, desde mi ventana confirmo que, entre semana, los fonderos comienzan a recoger las sillas más allá de la medianoche, dejando las mesas en su lugar con la tranquilidad de que ninguna mano ajena vendrá por ellas. Jardín descansa justo hasta las 5:15 a. m., cuando el repicar de las campanas despierta a todos como el golpeteo fuerte de un martillo en la pared. Una hora después, los taburetes vuelven a su lugar y el parque comienza a llenarse de gente.

“¿De qué tanto habla esta gente?”, me sigo preguntando mientras abandono el pueblo.

ALONSO SÁNCHEZ BAUTE*
*Abogado. Es autor de ‘Al diablo la maldita primavera’ y ‘Líbranos del bien’. Acaba de aparecer su libro ‘De dónde flores si no hay jardín’.

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