La tragedia de Armero: 'una carrera contra la muerte, en cámara lenta'

La tragedia de Armero: 'una carrera contra la muerte, en cámara lenta'

Fernando Cervantes narra en su libro 'Armero, la ciudad donde viví', cómo se salvó de la avalancha.

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10 de noviembre 2015 , 08:29 p.m.

Tan pronto nos bajamos del carro, Alba Lucía se puso a organizar las cosas que habíamos llevado de Ibagué. Yo me fui a ver la televisión recostado en la cama; a las diez de la noche, al finalizar el telenoticiero, Hernán Castrillón Restrepo, el presentador, comentó que el volcán Nevado del Ruiz acababa de hacer erupción. En ese momento, Alba Lucía venía hacia el cuarto y me comentó que estaba cayendo arena. Me paré inmediatamente, salí al jardín de la casa y extendí las manos como si parara algo; me di cuenta de que era arena volcánica que inclusive estaba caliente. En los pocos segundos que permanecimos afuera se me incrustaba la arena en el cuero cabelludo.

Comentamos que si el volcán había hecho erupción, lo más seguro era que seguirían cayendo arena y piedras volcánicas y que el techo de la casa, que estaba sostenido por vigas de madera, no aguantaría el peso y posiblemente quedaríamos sepultados. Alcancé a pensar de una manera exagerada aquello que había sucedido en Pompeya y Herculano, y cómo había quedado la ciudad después de la erupción del Vesubio. Imaginé que podíamos sufrir el mismo desastre.

A las diez y media de la noche decidimos irnos para Bogotá por la vía de Cambao para alejarnos del alcance del volcán. Alba Lucía hizo unas llamadas telefónicas a algunos de nuestros amigos, pero ellos no le dieron importancia o tenían otros planes; lo cierto es que jamás volvimos a verlos. Yo hice una llamada a la Defensa Civil preguntando cómo iban las cosas y por dónde deberíamos salir de Armero. La respuesta fue: “Don Fernando, no se preocupe, póngase un pañuelo mojado en la nariz y puede estar tranquilo que no va a pasar nada”.

Por fortuna, no echamos pie atrás. Cargamos a Carolina porque estaba en pijama y profundamente dormida, y la llevamos al carro; lo mismo hizo la empleada Marina Castro con su hija Sandra, de once años –ambas vivían en nuestra casa.

Marina cerró con llave todas las puertas de los cuartos. Cuando nos subimos al carro alcancé a oír afuera un rugido de la naturaleza. Me bajé nuevamente por mi cámara fotográfica, pero al llegar a la alcoba la encontré cerrada con llave, y para no perder más tiempo decidí dejar la cámara e irnos lo más pronto posible. El perrito que teníamos como mascota, presintiendo lo que iba a pasar, empezó a rasguñar la puerta del carro, como suplicando que no fuéramos a dejarlo, y Alba Lucía lo subió al carro.

Salimos y pasamos a casa de Noel Díaz y Consuelito para comunicarles aquello que pensábamos que podía pasar, pero estaban en pijama y no pusieron atención a nuestra teoría respecto de la caída de arena y lava que podía llegar. Pasamos también al apartamento de Pacho Uribe, que quedaba enseguida de la casa de Noel Díaz, y muy tranquilo nos dijo: “Fer, eso no pasa nada, bájense y tómense un tinto y esperemos un rato, y si la cosa se complica nos vamos en caravana”.

Yo estaba completamente decidido a salir de Armero de inmediato, presintiendo algo terrible, de tal forma que tanto a Noel y Consuelito como a Pacho les dijimos que nosotros sí nos íbamos, que la idea era salir por Cambao y llegar a Bogotá, adonde nuestros familiares.

En busca de gasolina

Marina, nuestra empleada, al subirse al carro con su hija Sandra me dijo: “Don Fernando, le ruego encarecidamente que me haga el favor de subir hasta la casa de mi hermana, que queda una cuadra arriba del parque infantil, para recoger a mi hija Adriana, la otra melliza”. Lo pensé y casi tomo la determinación de no ir, pero sentí pesar por Marina y las niñas, que no pasaban de once años.

Resolví recogerla a pesar de que íbamos precisamente en dirección al volcán. En el momento en que llegamos a la casa le puse como condición que no fuera a comentar nada, que sacara la niña como estuviera y se subiera lo más pronto posible al carro. Yo pensaba que si se enteraban de la gravedad del asunto, todos querrían subirse en el carro, y esto nos podía perjudicar.

Miré en el tablero el marcador de gasolina y supe que no quedaba sino para recorrer cinco kilómetros. Bajé lo más pronto posible y, al llegar a la carrera 18, Alba Lucía me dijo: “Pasemos por la casa de la tía Pina para ver cómo van”.

La tía Pina era una señora viuda sin hijos, hermana del papá de Alba Lucía; quería mucho a su sobrina, y era incondicional con nosotros, muy querida y generosa; vivía con su mamá y su hermano Mario en una casa muy buena y grande en la carrera 15 con la calle 7.

Estaba únicamente con su hermano y un sobrino porque su mamá había viajado a Ibagué para estarse unos días y hacerse unos chequeos médicos. Pina tenía un poco de dificultad para caminar, por la artritis que le afectaba las piernas. Pensando en todo le dije a Alba Lucía: “Me da mucho pesar con tu tía, pero creo que no tenemos tiempo suficiente, además hay que ir hasta la gasolinera porque no tenemos una gota de gasolina y si vamos hasta allá perdemos mucho tiempo y no sé qué nos pueda pasar”.

Seguí hasta la estación de gasolina de Chaco Peñaloza; allí estaba el empleado parado mirando la arena y la ceniza que caían. Le dije que me surtiera el tanque del carro, pero de todas maneras me bajé y puse las manos para proteger el conducto para que no fuera a entrar arena en el tanque. En ese momento llegó el ingeniero agrónomo Ángel Méndez y le pregunté: ¿Usted por dónde va a salir? Y él un poco extrañado me dijo: ¿Cómo así? ¿Por qué? Le advertí: Hombre, aquí va a suceder una tragedia terrible. Mire la cantidad de arena que está cayendo y ponga atención al ruido. Hay que salir del pueblo lo más pronto posible. Él seguramente cayó en cuenta, se subió al jeep y se fue para su casa.

Terminé de llenar de gasolina el tanque del carro y arrancamos. En el radio llevábamos sintonizada la emisora en la cual Juan Gossaín le hacía la entrevista al alcalde de Armero, Ramón Rodríguez. Cuando pasábamos el puente de la salida de Armero, Juan Gossaín dijo: “Nos quedamos sin comunicación con Armero”. En ese instante se fue la energía, porque ya el agua comenzaba a correr y se llevaba las instalaciones y los transformadores de la estación eléctrica. Esa agua que bajó inicialmente era de la represa El Cirpe, que meses atrás se había formado con el derrumbe de tierra y piedras en el cañón del río Lagunilla. Por esa razón, muchas personas se subieron al segundo piso o a las azoteas de las casas con el fin de protegerse de la inundación. Algunas de ellas se salvaron, a pesar de que cuando bajó la avalancha se llevó las placas de cemento como si fueran balsas.

Ceniza y arena

Continuamos nuestra huida con bastante miedo de lo que podía suceder. El ruido que se alcanzaba a escuchar era parecido al de la turbina de un jet. La carretera estaba cubierta de una capa de ceniza y arena de no menos de cinco centímetros, que impedía ir a alta velocidad. Parecía una carrera contra la muerte, pero en cámara lenta.

El carro se iba de un lado a otro; sin embargo, logré mantener el control de la dirección hasta que por fin llegamos a Cambao. El pueblo se hallaba sumido en una oscuridad y un silencio absolutos. Seguimos hasta la estación de Policía para preguntar qué sabían de Armero, pero los tres policías que encontramos allí no tenían ni idea de lo que pasaba. Se alumbraban con una lámpara Petromax, y obviamente sin energía no había forma de comunicación por el radioteléfono y nadie iba a contestarles.

Seguimos hacia Bogotá, pero, al pasar por la gasolinera, la única que existía en la salida de Cambao, vimos que tenía una plantica eléctrica con un solo bombillo que alumbraba los surtidores. Sentí tanto miedo que le dije a Alba Lucía: “Me siento incapaz de seguir por esta carretera. Esto es el fin del mundo. Quedémonos aquí, pues al menos nos vemos las caras y sabemos dónde estamos”.

La arena y la ceniza no paraban de caer. El carro estaba gris y por el parabrisas no se veía nada. Nos estacionamos allí hasta que llegara el amanecer para ver qué había sucedido. A la una de la mañana empezó a llegar gente de Armero en tractores, en carros y carruajes, en bicicletas y a pie.

Comentaban que la creciente del río se había llevado las casas e instalaciones de algunas haciendas, los ganados y toda clase de enseres. El resto de la noche esperamos que llegaran a Cambao algunos de nuestros amigos o personas con quienes tuvimos comunicación antes de salir de Armero, pero nunca apareció nadie.

El jueves 14, cuando empezamos a oír los comentarios de la gente, al clarear el día y sin haber podido dormir ni un minuto, encendimos el radio del carro y, en ese momento, un periodista de RCN anunciaba que estaba aterrizando en la pista de la finca La Carmelita la avioneta que pilotaba el capitán Fernando Rivera. Tan pronto se bajó de la avioneta después de haber hecho un sobrevuelo por la zona del desastre, el periodista le preguntó: “Capitán, cuéntenos que vio”. Rivera contestó: “¡Armero ha desaparecido! Parece una inmensa playa de lodo. Se alcanza a divisar una que otra casa, pero la desaparición ha sido de por lo menos un noventa y cinco por ciento”.
Alba Lucía y yo nos miramos.

FERNANDO CERVANTES*
*Acerca del autor: Bogotano (1943). Llegó a Armero atraído por la agricultura. Este es su primer libro.

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