Barritar cizañoso

Barritar cizañoso

Me hizo sonreír la sentencia de Eduardo Escobar de que la izquierda es la derecha frente al espejo.

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10 de noviembre 2015 , 05:50 p.m.

Durante toda mi infancia y primera juventud en la casa caleña de San Nicolás, cuando alguien mencionaba el nombre de Laureano mi abuela se echaba la bendición, como si se acabara de evocar al mismísimo patas. Cada vez que un disparo medianochesco daba contra la ventana proveniente de un ‘pájaro’ desde su carro fantasma para atemorizar a mi padre y a mi padrino ‘Picuenigua’ y hacerles esconder su corbata roja, abuela maldecía a Gómez y al ‘cojo’ Montalvo, por incendiarios. Y también al ‘tragahostias’ de Ospina y hasta al ‘sordo’ Urdaneta, el peor de los Arbeláez. No hay godo bueno, repetía, y ni siquiera les deseaba el infierno puesto que de allí provenían, abortos de Satanás.

Me salvé del liberalismo gracias al nadaísmo que llegó por mi alma que se estrenaba de poeta para denunciar los vejámenes. Había visto de pasada en el Café Bola Roja, enfrente de la galería de mercado, a ‘Pájaro Azul’ y ‘Pájaro Verde’ y creo que a ‘Lamparilla’, y casi que me caigo del susto, y me había tocado ser testigo presencial de la ejecución de ‘Caracolina’ cuando los estudiantes del Santa Librada tumbamos a Rojas Pinilla a pedrada limpia. Provinciano que era a pesar de mi anhelo cosmopolita, pensaba que Cali era el epicentro de la protesta, pues desde allí peroraba denunciando masacres a liberales Isaías Hernán Ibarra, verbo fogoso, inspirado por la ‘ronca de oro’.

Me afilié a la escuelilla de la rebelión contra todas las cosas, buenas y malas, porque se trataba de volver a crear el mundo a partir de nada. Liberalismo y conservatismo, pamplinas, nosotros estábamos haciendo la revolución total, tan total que los mismos comunistas ni la entendieron, pues eran más moralistas que el Papa. Nos veían con un cacho en la mano o tomando un whisky y nos decretaban “decadentes occidentales”. Mientras el realismo socialista literario y pictórico nos revolvía los cojones.

Hitler, que siempre me pareció pavoroso, me remitía a la derecha. Y a pesar del desencanto con los revolucionarios de punta era un imposible girar al fascismo. En estos días me hizo sonreír la sentencia de Eduardo Escobar de que la izquierda es la derecha frente al espejo. Me incorporé a la publicidad para emplear las horas sin fondo que me dejaba la poesía, pasión extraña. A la agencia donde vendía mis cogitares llegaron varios candidatos a presidentes, todos azules. A Alberto Casas, con el sentido del humor que se manda, no le gustó ni cinco mi chascarrillo rompehielos de que: “Álvaro Gómez es el pájaro de la paz”, y se lo llevó para otra agencia con el gatico acariciante que le puse en los brazos.

Años después, el líder conservador era secuestrado por el M-19. Me dolió su cautiverio y me sumé a pedir su libertad con un pañuelito. Cuando lo soltaron dejó olvidados sus papeles en el cambuche. Logré rescatarlos mediante una hábil maniobra y fui a entregárselos a su casa. Estaba con su hermano Enrique y con María Isabel Rueda. Me trataron con deferencia. Pude notar el respeto y la veneración del muy sectario de Enrique por su hermano deificado, quien más allá que cualquier broma se autodenominaba “el último liberal”.

Años después lo mataron, hace 20, en lo que Enrique no para de asegurar que fue “un crimen de Estado”. Ante este señalamiento, y el prolongue que se ha dado a la investigación del crimen antes de que prescriba, han anunciado Samper y Serpa –según confidencial de Semana– que pedirán investigar a Enrique como instigador de un golpe de Estado, y que como Álvaro no quiso sumarse a la conspiración militar planteada ante la embajada de USA, el desacuerdo entre hermanos habría tenido que ver con el magnicidio. Opino que es llevar muy lejos la infamia. Que es un barritar cizañoso. Hasta mi abuela pensaría lo mismo.


Jotamario Arbeláez

jmarioster@gmail.com

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