Murió el filósofo y autor de 'El chivo expiatorio'

Murió el filósofo y autor de 'El chivo expiatorio'

El llamado 'Darwin de las ciencias humanas' analizó el ser humano desde su origen hasta hoy.

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09 de noviembre 2015 , 11:09 p.m.

René Girard falleció en la madrugada del pasado miércoles 4 de noviembre en su casa, en Stanford. Fue uno de los pocos filósofos que en las últimas décadas hizo parte de la muy prestigiosa Academia Francesa. A pesar de que no ha sido un filósofo cuya obra haya tenido una gran divulgación en Colombia, su pensamiento es fundamental para nosotros, necesitados de salir de una violencia que nos carcome, no solo en la guerra, sino en la vida cotidiana.

Girard nació el día de Navidad de 1923 en Aviñón (Francia), donde realizó sus estudios básicos, que culminó con un doctorado en historia en la Universidad de Indiana. Vivió la mayor parte de su vida en los Estados Unidos donde formó su familia. Desempeñó su magisterio en las universidades Duke, Bryn Mawr College, John Hopkins, SUNY y, finalmente, en Stanford, de donde se jubiló en 1995 y permaneció como profesor emérito.

La obra de René Girard es, en las humanidades, de una magnitud comparable a la que ha tenido en la arquitectura la obra de Antonio Gaudí. No solo porque se trata de personalidades destacadas dentro del catolicismo europeo, sino también porque dedicaron muchos años de su vida a una sola obra. Gaudí consagró 43 años, los últimos 15 de forma exclusiva, al templo expiatorio de la Sagrada Familia, obra magnífica, hoy en día considerada patrimonio de la humanidad. Ciertamente, edificar catedrales no es ninguna novedad, sino algo a lo que el mundo occidental ha dedicado muchos siglos. Pero la catedral de la Sagrada Familia, con la modernidad de su estilo que acoge e integra a la naturaleza en la edificación misma, no solo logra mostrarnos de forma plástica y monumental la verdad de la fe cristiana, sino hacerlo de manera que las personas del mundo actual puedan comprenderlo.

Sus libros, sus ideas

René Girard dedicó su vida académica a la construcción de la teoría mimética, desde su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca, aparecido en 1961, hasta Clausewitz en los extremos, de 2007, incluyendo obras tan importantes como La violencia y lo sagrado, de 1972, La cosas ocultas desde la fundación del mundo, de 1978, y Veo a Satán caer como el relámpago, de 1999, tal vez su libro más accesible. En una treintena de grandes libros, sin contar con las compilaciones de sus artículos y conferencias, Girard desarrolló un largo argumento de principio a fin, tal como entendía Darwin a su propia obra, situándolo, en palabras de su amigo Michel Serres, como el “Darwin de las ciencias humanas”. La teoría mimética es una antropología fundamental, es decir, una teoría general que da cuenta del ser humano desde su origen hasta su situación actual, edificando entonces una obra de la magnitud, la belleza y la profundidad de una catedral. Al igual que el templo de Gaudí, el enorme edificio girardiano expone la fe cristiana para un mundo que se comprende como secularizado y ajeno a cualquier pensamiento extraño al dogma de la diferencia y, por tanto, a la imposibilidad de pensar la totalidad.

Hegel y Girard

También se puede comparar su obra con la del filósofo alemán Hegel, con la diferencia de que lo que representa este pensador para los cristianos luteranos, lo hace Girard para los católicos; si la obra de Hegel consiste en una larga meditación sobre el Viernes Santo, la de Girard es una meditación filosófica de las Sagradas Escrituras.

Así, mientras Hegel trataba de compendiar su pensamiento de forma enciclopédica, es decir, de exponer su comprensión de la totalidad de la realidad como un sistema; Girard fue muy cuidadoso en exponer, de manera sistemática, la filigrana de sus argumentos sobre la realidad humana, que es otra manera de decir que trata de exponer la verdad comprendida en la Biblia. Por último, podría decirse que estos dos filósofos comparten la tradición dialéctica, heredada de santo Tomás de Aquino y Aristóteles, de afrontar los problemas en las mejores versiones de sus distintos argumentos, para exponer sus paradojas y limitaciones, siempre en busca de una verdad que les diera sentido. En el caso de Girard, esto se tradujo en un enorme trabajo interdisciplinar, que lo puso en diálogo con la literatura, el psicoanálisis, la antropología, la etnología, la sociología, la teología. También mantuvo un fructífero diálogo con buena parte de la tradición filosófica, en la que empezó a escribir sus libros en lo que definió como una fenomenología del deseo. Pero, dada la situación del saber contemporáneo, no explicitó todas sus ideas, de modo que su teoría hace posible nuevos desarrollos en diversos campos como la estética, la ciencia política y las comprensiones del mundo económico, además de sofisticados análisis en el campo de la robótica y de los estudios sobre las neuronas espejo.

En esencia, la teoría mimética muestra que los seres humanos nos configuramos como individuos imitando los deseos de los demás; por tanto, nuestra pretendida autonomía no es más que una ilusión. Muestra que esa dinámica de la imitación, además de hacer posible la formación de los individuos en las culturas, hace que en realidad permanezcamos enredados unos con otros y en permanente conflicto.

La tendencia a apropiarnos de lo que otros desean desencadena formas de violencia o exclusión, que tienden a ser contagiosas. Esto permite comprender el proceso de hominización, ya que el contagio de los conflictos originados en la convergencia de deseos en torno a los mismos objetos, es decir, la violencia colectiva, solo pudo solucionarse con una violencia puntual.

La masa disuelta en la violencia solo podía destruirse o canalizar su violencia contra un chivo expiatorio, elegido de manera arbitraria. A esos chivos expiatorios se les sacrificaba, lo cual, de forma incomprensible para quienes participaban en esta violencia, generaba el orden social.

Como consecuencia, toda la cultura se compone de ritos, mitos y prohibiciones, y está siempre referida a un punto fijo externo, que se constituye como lo sagrado.

La Biblia cuenta el descubrimiento de la inocencia de esos chivos expiatorios, de lo que también hay conciencia en algunos textos religiosos de oriente y en las tragedias griegas. La posibilidad de romper esos ciclos en los cuales la violencia contiene a la violencia, nos viene ofrecida por el único sacrificio de sí mismo que ha roto y expuesto la validez de todo sacrificio: la muerte de Cristo.

En un mundo que proclama como verdad la muerte de Dios, la voz de Girard nos invita a meditar seriamente en el sentido de su muerte. Ya que la muerte de Cristo es el derrumbe, lento pero inexorable, de lo sagrado, ha desencadenado la secularización creciente y conflictiva de las sociedades. Esto explica por qué la filosofía no tiene cómo referirse a objetos metafísicos como Dios o el ser, sino que ha vuelto su mirada a los asuntos humanos. Y puestos a examinar nuestra común humanidad, aparece la creciente violencia, que se torna cada vez más apocalíptica.
Así se puede apreciar el impacto de la obra de Girard, seguir en la ruta de la decadencia apocalíptica o cambiar, convertirse como diría él, porque lo que aparece en el pensamiento de Girard no es otra cosa que el Evangelio hecho pensamiento actual.

Para Colombia

En Colombia vivimos un tanto crispados por la polarización entre posiciones extremas, que siempre tienden a descalificar al adversario. Así, el principal reto para la construcción de la paz es el cambio cultural. Algunos proponen aplicar técnicas de diverso orden, para aprender a gestionar los conflictos sin recurrir a la violencia; otros, incrementar el estado liberal de derecho y fortalecer el mercado, restringiendo el poder de la religión, considerada como causa del fanatismo que nos impide vivir en paz.

Con Girard, podríamos aprender cómo salirnos de los enredos que nos conducen a la violencia, tanto la cotidiana como la que enfrenta a diversos grupos y afecta dramáticamente a la sociedad. Y también podríamos aprender a ganar una distancia crítica frente a las posiciones que consideran que la paz significa más mercado y más Estado de derecho. Y lo haríamos al reconocer que estos son también sistemas constituidos sobre exclusiones y centrados en elementos incuestionables, que ocupan el lugar de lo sagrado primitivo; dicho brevemente, son sistemas religiosos.
Así, gracias a Girard podríamos volver a apreciar el valor de ese viejo libro, la Biblia, que nos expone los mecanismos religiosos, o sea, de violencia, que constituyen a las sociedades, al tiempo que nos invita a tomar distancia y a reflexionar en silencio.

Así como las catedrales renacentistas transmiten la idea de un Dios grandioso y muy cercano a lo sagrado primitivo y las iglesias barrocas exponen la humanidad y el sufrimiento del Dios encarnado, la Sagrada Familia, el lugar más turístico de la hermosa Barcelona, invita al silencio y nos lleva a meditar en la santidad de su autor y de ese Dios apacible expuesto en toda la construcción. Del mismo modo, la obra de Girard nos remite al recogimiento necesario para acoger el don de lo santo que nos fue dado en el Evangelio. Con Girard, la filosofía llegó a la santidad.

ROBERTO SOLARTE RODRÍGUEZ
Docente de la Facultad de Filosofía de la Javeriana y experto en la obra de Girard.

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