Paz imperfecta o guerra segura

Paz imperfecta o guerra segura

Parecería que hay colombianos que prefieren que nos sigan matando, secuestrando, masacrando...

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09 de noviembre 2015 , 08:07 p.m.

Que se firma, se firma. Eso es lo que parece ser. Y como a todo señor, todo honor, en la historia se escribirá con letras de oro el agradecimiento que se debe a la tozudez y empeño del presidente Santos en lograr la ansiada paz. Pero... una cosa es que se firme la paz y otra cosa es que haya paz. Persisten dos factores tremendamente generadores de violencia y que hay que resolver para que no quede, como el fuego en el rescoldo, la posibilidad de conflictos futuros.

Ante todo, hay que devolverles la tierra a los que han sido desposeídos de ella y asegurar que no los maten. Y, sobre todo, acabar con la astronómica, infinita, pestilente, macabra (siguen más adjetivos que yo mismo me censuro) corrupción política y administrativa que campea en todos los ámbitos y esferas del país, desde los ediles hasta los honorables senadores y representantes (sobre todo en estos), pasando por concejales, alcaldes, diputados y gobernadores. Ah, y en la que parece ser la esfera más corrupta del país de un tiempo acá, la justicia, mejor dicho los que la administran, distribuyen y manejan a su antojo.

Hay cosas que no entiendo. Parecería, parecería dije, que hay colombianos que no quieren la paz, o sea que prefieren que nos sigan matando, secuestrando, masacrando pueblos, acabando con la infraestructura petrolera y que se continúe comerciando con drogas prohibidas. Y que se siga destruyendo la naturaleza, que es otra de las víctimas del conflicto que vivimos. Es axiomático que es preferible una paz imperfecta a una guerra segura. En los arreglos de los conflictos se sabe que nadie queda totalmente satisfecho, y así, pragmáticamente, se deben aceptar las cosas. Esto es obrar con lógica y con inteligencia, simple y elemental inteligencia.

Firmado el papel, se trata de cumplir lo pactado. Que la guerrilla se desmovilice, deje las armas y termine con su labor violenta. Y que no sea solamente en las que yo llamo “grandes cosas”, como que se terminen secuestros y demás, sino que también se acaben las “pequeñas”: esos cobros que hace la guerrilla en determinadas carreteras, esos boleteos en pueblos y ciudades... Y que el Gobierno les cumpla a los varios miles de guerrilleros que se desmovilicen.

La firma del papel no debe considerar solo el futuro de los líderes de la guerrilla, sino también de los guerrilleros rasos. El Gobierno les debe cumplir lo que les prometa, no ocurra como con otros desmovilizados a los que no se les han cumplido las promesas. Si no se hiciere así, los desmovilizados integrarán las ‘bacrim’, y lo único positivo que habremos logrado es que quienes los apoyan desde fuera del país, porque piensan equivocadamente que son un movimiento legítimo de liberación, dejen de hacerlo al comprobar que se han convertido en delincuentes comunes.
Y que la experiencia adquirida en estas largas conversaciones de paz sirva para encuadrar mejor desde el principio las que se ven venir con el Eln.

A los que parecen no querer la paz les recuerdo las palabras de Stefan Zweig a propósito de lo ocurrido luego de la Primera Guerra Mundial: “Hoy sabemos todos que esa paz había sido una posibilidad moral, seguramente la mayor de la historia. Pero... los viejos intereses destruyeron esa gran idea, convirtiéndola en pedazos de papel carentes de valor”.

Ojalá “esos viejos intereses”, que entre nosotros desgraciadamente los hay, no destruyan el anhelo de 50 millones de colombianos tras 50 años de cruenta guerra y destrucción.


Andrés Hurtado García

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