Uber y los luditas

Uber y los luditas

El nuevo operador tiene todo el derecho a ofrecer un servicio que los colombianos merecen.

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08 de noviembre 2015 , 09:45 p.m.

Entre 1811 y 1817 tuvo lugar en Inglaterra un movimiento de protesta contra las nuevas máquinas que amenazaban con acabar varios empleos. Esta manifestación fue encabezada por artesanos que destruían telares industriales y máquinas de hilar como protesta porque iban a ser remplazados por trabajadores menos cualificados y que cobraban salarios menores. En honor a uno de los protestantes, Ned Ludd, este movimiento recibió el nombre de ‘ludismo’ y sus integrantes, el de ‘luditas’.

Esta pelea entre el pasado y el presente es insomne y revive de tanto en tanto. En el caso de Bogotá, los nuevos ‘luditas’ son los taxistas y sus manifestaciones violentas en contra de un nuevo competidor (Uber) que presta un servicio significativamente mejor en términos de puntualidad, pulcritud, pero, sobre todo, respeto por el usuario, que ya está cansado del ultraje al que lo someten a diario ‘los amarillos’, justamente por su posición monopólica, que conduce a un deterioro del servicio en buena medida debido a la falta de competencia.

El principal argumento de los taxistas es que Uber amenaza su trabajo y compite con ventaja porque no tiene que pagar la misma suma que ellos (más o menos 90 millones de pesos) por la adquisición del ‘cupo’ para operar, que equivale al derecho de circulación (el de Uber cuesta alrededor de ocho millones). Sin embargo, el precio exorbitante del cupo de los taxistas es el resultado de la especulación que propicia su posición privilegiada en el mercado. En ese orden, la lógica impone que los taxistas reajusten el valor real del cupo a las nuevas condiciones de un mercado en el que, por fortuna, ya no son los únicos operadores, y no al revés.

El desarrollo capitalista implica la aparición constante de ganadores y perdedores en la competencia económica. El avance tecnológico genera dinámicas de ‘destrucción creativa’ que inevitablemente vuelven obsoletos ciertos bienes y servicios, dejando de contera sin trabajo a algunas personas. Sin embargo, en el largo término, esto redunda en un beneficio general para la sociedad y la economía. Un estudio reciente (STEWART et ál., 2015) probó que un mundo sin damnificados por el progreso tecnológico sería también uno con menos trabajo: 140 años de datos agregados muestran que en Inglaterra y Gales, desde 1871, el desarrollo tecnológico creó en el largo plazo muchos más empleos de los que destruyó en el corto.

Por todo lo anterior, la única solución aceptable es la legalización de Uber. El nuevo operador tiene todo el derecho a ofrecer un servicio cuya demanda es evidente y los colombianos merecen. El vicepresidente Germán Vargas lidera el proceso de reglamentación por parte del Gobierno y, en cualquier caso, los consensos a que se llegue no deben significar una contaminación del nuevo servicio con las malas prácticas generalizadas en el gremio taxista (como el pago de cupos exorbitantes, por ejemplo) sino el favorecimiento de todos los sectores concernidos, en particular los usuarios, en un ambiente propicio para la libre competencia.

Con razón escribe Paul Graham en su cuenta de Twitter que “Uber es tan obviamente bueno que se puede medir qué tan corruptas son las ciudades por cuanto se esfuerzan en suprimirlo”. El recién elegido alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, tendrá en sus manos la implementación de la decisión que tome el Gobierno, la que bajo ninguna circunstancia deberá obstruir el avance tecnológico, sino garantizar la convivencia pacífica pero competitiva de dos operadores que deben ganarse sus clientes a punta de calidad en el servicio y no de abuso, como ocurría en Bogotá con los taxistas antes de que llegara Uber.

JOSÉ FERNANDO FLÓREZ
Abogado y politólogo, profesor de la Universidad Externado de Colombia
@florezjose

Bibliografía mencionada

–Stewart, Ian et ál., 2015. Technology and people: The great job-creating machine, Deloitte, agosto.

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