The Rolling Stones, la piedra de la felicidad

The Rolling Stones, la piedra de la felicidad

Sandro Romero y su escrito sobre el mayor acontecimiento musical en la historia de Colombia.

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07 de noviembre 2015 , 07:35 p.m.

Nunca digas que jamás rasguñarás Piedras en tu propia tierra. Siempre me decía, egoísta involuntario: si los Rolling Stones vienen a Colombia, en esa semana me iré a vivir, qué sé yo, con el demonio, a San Petersburgo.

Amaba a los Stones para mí solo. Tanto que en 1993 publiqué una novela, titulada ‘Oraciones a una película virgen’, en la cual narraba la historia del primer concierto que vi en mi vida de “la banda de rock and roll más grande del mundo”, como si hubiera sucedido en las entrañas mismas del estadio Pascual Guerrero, de Cali, mi ciudad natal.

Ciencia ficción. Pero la ciencia ficción se vuelve realidad de la manera más inesperada. Nunca pensé que estos caprichos iban a tener finales felices. Me explico: en 1970, cuando tenía escasos 11 años, descubrí a los Rolling Stones, por un disco de carátula en forma octogonal. Desde esa epifanía no he dejado de oírlos, de adorarlos, de respetarlos, de vivir con ellos.

En 1989 renacieron de entre las cenizas en el Steel Wheels Tour y los vi, por primera vez, el 29 de octubre, en el desaparecido Shea Stadium, de New York. Era la última oportunidad. Pero la vida siguió su curso. Vi a Keith Richards en solitario, con sus Xpensive Winos, en París, cuando lanzó su álbum ‘Main Offender’. Vi al escurridizo Mick Taylor, guitarrista de la banda entre 1969 y 1974, en un concierto prodigioso, en la misma ciudad, tocando clásicos del blues en un amanecedero metafísico llamado New Morning.

Cuando pensé que ya empezaba a peinar canas, los Stones regresaron en el ‘Voodoo Lounge Tour’ y me volé en dos ocasiones para verlos en el Giants Stadium, de New Jersey. En la última noche llovió a chuzos. Los Stones no pararon. Muchos años después, en su libro Vida, Keith Richards dijo de ese concierto: “Hay momentos en los cuales a Dios le da por bajar del cielo, y no queda más remedio que tocar con él”.

A partir de ese momento, supe que no podía dejar de visitar a los Rolling Stones cada vez que ellos me pusieran una cita: los vi en París, en el primer concierto, después del Mundial de fútbol de 1998, el 25 de julio, inaugurando con el ‘Bridges to Babylon’ Tour lo que sería la fiesta del final del milenio.

Pasarían las hojas del calendario y volvería a la cita, qué sé yo, en el ‘Licks Tour’, del 2003, en Barcelona, donde la pasarela se abrió y volaron los ángeles de la alegría. Cuando los di por muertos de manera definitiva, Mick Jagger (voz, guitarra, armónica), Keith Richards (guitarra, voz), Ron Wood (guitarra), Charlie Watts (batería) y el resto de los elegidos (Lisa Fischer y Bernard Fowler en los coros, Chuck Leavell en los teclados, Bobby Keys en el saxo y el ejército de los vientos que se sumaron a la caravana) celebraron sus 50 años para mí, el que escribe sin aliento, en un coliseo de Newark (como parte de un tour que se extendió entre el 25 de octubre del 2012 y el 13 de julio del 2013).

En esa ocasión se sumó Mick Taylor para hacer los solos de ‘Midnight Rambler’, 47 años después de haberse inventado el prodigio. Estoy vivo de milagro.

Y ya estaba acostumbrado. A los Rolling Stones los vería siempre en galaxias lejanas, porque en mi país no había espacio para los dinosaurios. Pero resulta que aparecieron por ahí otros miles, iguales a uno mismo, que andaban soñando no solo con armar negocios, sino con sentir el placer de que la música de nuestros sueños fuera coreada por los amigos de nuestra propia cancha.

Corrieron mucha tinta y demasiadas especulaciones, hasta que se dio el milagro: los Rolling Stones, la banda inventada en 1962 por Brian Jones, un muchachito rubio de Cheltenham, muerto en extrañas circunstancias en la piscina de su casa de campo en 1969; la banda que acogió al bajista Bill Wyman hasta 1992 no solo iba a hacer explotar sus cartuchos de sus 53 años en Argentina, el país que más grita sus fanatismos, sino que haría escala en este país que me vio nacer y donde, si me descuido, moriré viendo a los Stones.

Cuando me detienen en las aduanas de los aeropuertos y me preguntan mi profesión, siempre dudo y termino diciendo “escritor” porque, en otras latitudes, es vocación de prestigio. Pero siempre me siento tentado a responder “espectador” porque, en el fondo, es lo que más me gusta de este mundo sin arreglo.

Sí. He sido habitante de butacas desde que estaba en el vientre de mi madre y creo que nunca soy más feliz que cuando lloro con un espectáculo total que me desbarate las tripas. Me ha sucedido muchas veces, porque los que tenemos la extraña profesión de voyeristas de escenarios nos conmovemos muy fácil y a veces sentimos que estamos aplaudiéndonos a nosotros mismos, cuando lo que tenemos al frente nos conduce sin paracaídas a la levitación.

Hay miles, millones de acontecimientos para ver en esta Tierra que está a punto de desaparecer. Pero les aseguro, pacientes lectores, que jamás habrá belleza más grande que la de los Rolling Stones en vivo, sobre un escenario. Allí se acaban el conflicto armado, la verdad, la justicia, la reparación, el misterio de la existencia de Dios, el miedo a la muerte, el pánico escénico.

Siempre me sentí un orgulloso pavo real que susurraba muy orondo haber visto a Jagger y sus muchachos tantas veces como me dio la paciencia. Pero lo hacía con la arrogancia del que toma las maletas y viaja muy lejos para ser testigo. Ahora será diferente: el 10 de marzo dormiré hasta muy tarde, me levantaré después del almuerzo, encenderé a gritos mi equipo de sonido, pondré ‘Rocks Off o Sweet Virginia’ y, cuando pase las barreras inevitables del estadio El Campín, me arrodillaré con mis amigos y le daré las gracias al Espíritu Santo por brindarme la oportunidad de estar vivo ante la mejor travesura de unos adolescentes a los que se les creció la broma y duraron mucho más de lo que duramos sus insobornables fanáticos.

Bienvenidos los Rolling Stones a Colombia. Todavía no lo creo. El 11 de marzo hablamos. Salud, por lo pronto.

(Nota bene: ‘La piedra de la felicidad’ es el título de una obra de teatro infantil del escritor colombiano Carlos José Reyes. A veces, en medio de la dicha, hay que explicar las travesuras).

SANDRO ROMERO

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