Fin a 400 años de sed en la zona rural de Riohacha

Fin a 400 años de sed en la zona rural de Riohacha

Camarones, corregimiento de la capital guajira, estrena su acueducto para aliviar a 4.500 personas.

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07 de noviembre 2015 , 06:08 p.m.

La Guajira tiene sed. Sobretodo en corregimientos como Camarones, famosos por sus pescadores y sus paisajes, pero también por la falta de agua. La vida allí se mantenía casi intacta desde los tiempos de la colonia, cuando se hacía una travesía para beber un vaso de agua. Ya no.

El hallazgo de un pozo subterráneo y la construcción de un acueducto con una planta de tratamiento saldaron una deuda que viene desde hace 400 años, cuando se levantó el primer caserío.

La rutina en Camarones, uno de los 18 corregimientos rurales de Riohacha, incluía ir una o dos veces por semana hasta la tubería que venía de la capital guajira. Eran unos 3 kilómetros que se recorría en mula o a pie con una carretilla, para tener reservas.

“A las 4 de la mañana parecía mediodía. Había gente por todos lados saliendo para ir al acopio y hacer fila para llenar una, dos, hasta diez canecas que llevaban en carretillas”, recuerda Margarita Mejía Redondo, psicóloga del colegio Luis Antonio Robles y camaronera de cuna.

Guardaban el agua en tanques y en reservorios bajo tierra que excavaban en los solares de sus casas. Muchos aún usan palanganas para lavar la vajilla, a falta de un lavaplatos que antes no tenían porque no había tubo al cual conectarlo.

Margarita recuerda ver el agua desaparecer cuando era niña. “Uno se asomaba a mirar, y cuando quedaba menos de la mitad… ¡qué angustia! Uno se bañaba y reutilizaba el agua en los inodoros”. Dice que también se ha aliviado la incomodidad de los niños en el colegio, que ya no tienen que salir de clase para ir al campo cuando sienten ganas de ir al baño.

¿De dónde salía el agua antes? Una vez por semana Riohacha la dejaba pasar por un tubo de 10 kilómetros, pero al final dejó de llegar de tantas conexiones ilegales. Otras veces llegaban carrotanques y con ellos, las filas.

Hay para todos

Hoy unas 900 familias beben de la llave de sus casas y se bañan, no a totumazos, si no bajo el chorro de sus duchas, gracias al nuevo acueducto, que costó 5.762 millones de pesos, pagados con regalías. “La obra está en el 99 por ciento de ejecución y esperamos entregarla antes del cambio de gobierno”, explica Julio Raúl Vega Ramírez, secretario de Obras Públicas de Riohacha.

No obstante, ya hay suministro tres días a la semana: los lunes, los miércoles y los viernes. “No es diario porque hay que evitar el desperdicio. Esto es el desierto”, señala Vega.

También se beneficia la actividad turística. De hecho, en los últimos cuatro años, el número de viajeros ha aumentado el 50 por ciento y muchos van a Camarones por su playa llena de conchitas y por el santuario de flora y fauna, cuyo horizonte se torna rosa cuando los flamingos llegan durante ciertas temporadas.

El saneamiento era tan pobre, que hace 5 años no había hoteles, pero ya se inauguró el primero en la cabecera del corregimiento.

Imprevistos

Algo inesperado sucedió con la calidad del líquido que se extrae de las entrañas de la tierra, a más de 270 metros de profundidad, por causa de la sequía y del fenómeno del Niño: cambió su sabor y se hizo más fuerte su olor mineral. “Sigue siendo potable. Estamos afinando la planta de tratamiento. Aún así, por venir del suelo y no del río, el sabor es distinto, pero la gente se acostumbrará”, aclara el secretario.

Por otro lado, este acueducto depende de la energía para bombear agua. Las fallas en el fluido de Electricaribe son una amenaza constante. Pero hay un plan B: se incluyó una planta eléctrica. Así, los 4.500 beneficiarios se pueden quedar sin luz, pero no sin agua.

Hubo un tercer imprevisto: al instalar la tubería, descubrieron las averías del alcantarillado, así que aprovecharon para corregir esas fallas. También se construyó una planta de tratamiento de aguas residuales (Ptar).

“Con esto purificamos el 95 por ciento de las aguas negras, las depositamos en un jagüey y sigue su proceso natural: se evapora, se precipita y alimenta los ríos”, explica el secretario Julio Vega.

Falta un cuarto punto por resolver, pues no hay un operador rural para el acueducto. Por ahora tienen dos operarios de la Secretaría de Obras Públicas, que están encima del tratamiento del agua, para que llegue en óptimas condiciones.

“El nuevo alcalde podría hacerle un otrosí con Asaa, la empresa que presta el servicio en Riohacha, o también podrían abrir una licitación. Otro camino es crear un operador público”, sugiere Vega.

Este acueducto es un oasis en medio del desierto de necesidades de Camarones. Es cierto que faltan vías, colegios de calidad y mejor alimentación para los niños. Pero al menos este municipio, que le dio la vida a Luis Antonio ‘el Negro’ Robles, el primer congresista afrocolombiano del país a finales del siglo XIX, tiene el agua que espera desde hace 400 años.

‘Menos plata, más obras’

“Nos quitaron las regalías y esa plata se necesita. Claro que hoy hay menos plata, pero se ven más los proyectos”. Esta frase de María Isabel Rodríguez, edilesa de Camarones, resume el sabor agridulce que la nueva ley de regalías, implantada hace tres años, les dejó a los departamentos productores de minerales. Para entenderlo hay que revisar las cifras.

Entre 1995 y el 2010, el país reunió casi 38,4 billones de pesos gracias a los productores de recursos naturales no renovables como el petróleo, el carbón y otros minerales.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), Casanare, Meta y La Guajira recibieron el 46 por ciento de esos recursos: una chequera amplia que generó oportunidades, pero también corrupción, pues los recursos se entregaban sin filtros ni controles sobre los proyectos de inversión.

Así, La Guajira obtuvo en ese periodo más de 3,9 billones de pesos, pero poco desarrolló sus vías, educación, salud y saneamiento.

De hecho, junto con Chocó, es uno de los departamentos con el índice de desarrollo humano más bajo. En el 2010, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), La Guajira tuvo un puntaje de 0,69 en un escalafón de 0 a 1, donde 0 es bajo y 1 alto.

Con la ley, los productores pasaron de recibir el 80 por ciento de las regalías (el resto apenas era receptor del 20 %), a solo el 50 por ciento. El botín se encogió. Además se crearon los Órganos Colegiados de Administración y Decisión (Ocad), que son unas instancias donde se evalúan los proyectos y se piden requisitos para garantizar la buena ejecución y se decide a cuáles se les dan recursos y a cuáles no.

Ceballos dice que ahí las batallas para defender los proyectos son complejas. “En los Ocad departamentales, de donde salió el acueducto de Camarones, por ejemplo, no ha sido tan duro como en el de la región Caribe. Ahí sí que hay tensiones”, señala Rafael Ceballos Sierra, el alcalde saliente de la capital guajira.

Aún así, María Isabel insiste en que los proyectos ahora se ven más. En los últimos tres años, en Riohacha se han apropiado casi 60.000 millones de pesos de regalías que les han dado vida a 30 proyectos. En el departamento han sido 293 obras con casi 883.000 millones de pesos.

“Nuestras prioridades han sido el agua, la educación, las vías y la alimentación”, señala Ceballos.

Su mejor argumento para ganarles el pulso a otros alcaldes y lograr los recursos es presentar proyectos bien formulados y de alto impacto. “Dejamos de lado los planes sin fondo, esa dispersión de obras pequeñas. Ahora deben beneficiar a una amplia comunidad y con un impacto de largo plazo”, insiste.

Esto ha implicado un fortalecimiento de su equipo de planeación. También capacitación para reportar los pormenores de los avances de esos trabajos, para que el Sistema General de Regalías los refleje.

También se han acostumbrado a las visitas periódicas de funcionarios del Departamento Nacional de Planeación, para verificar que los datos reportados sean verídicos. Sin eso, no les desembolsan los recursos y no se les puede pagar a los contratistas. Pasaron del grifo abierto a la válvula juiciosa.

Un grifo para los wayúu

A los indígenas wayúu también los afectan las sequías, tal vez con más rigor que en los centros poblados. Como viven dispersos, en rancherías, proveerles servicios públicos es costoso.

A lomo de burro o de mujer, transportaban el agua desde jagüeyes o desde suministros que podían estar a 3 kilómetros de distancia. Pero ahora tienen microacueducto.

“Llevaba tres sacos de ropa al río y lavaba allá todo el día. Las manos me quedaban en carne viva”, dice Dairis Pushaina, una indígena de la comunidad Santa Clara.

Ahora, frente a su rancho tiene una torre y un panel solar, que, juntos, extraen el agua de un pozo subterráneo que abastece a unas 400 personas. Sale un grifo del suelo y con una manguera se convierte en regadera. Así que Dairis ya puede lavar, la ropa de sus hijos, día a día, sin dolor y pasar tiempo con ellos en lugar de pasar horas buscando agua.

Su vecina, la profesora Sonia Ipuana, tiene incluso un pequeño solar donde cultiva pepino, piña y otros productos con los que alimenta a su familia. “Ojalá, quién sabe, y más adelante podamos comercializar. Es una oportunidad”.

Y otro vecino, José Luis Sijona, va a hacer una cerca para defender, de los chivos que ahora beben del agua del pozo, el cultivo que sembrará.

El paisaje de las rancherías se transformó. Ahora se ve la ropa secarse al sol, los cultivos reverdecer, las cabras beber cerca del rancho y el molino –o mejor, el microacue- ducto– que sobresale en el horizonte y por encima de las casas para dar de beber.

NATALIA GÓMEZ CARVAJAL
Subeditora EL TIEMPO
En Twitter: @nataliagoca
Riohacha.

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