'Bala que mató a mi padre no era del M-19': ministro Yesid Reyes

'Bala que mató a mi padre no era del M-19': ministro Yesid Reyes

El ministro de Justicia afirmó que el narcotráfico pagó la toma del Palacio de Justicia.

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07 de noviembre 2015 , 05:37 p.m.

Ese día, miércoles 6 de noviembre de 1985, yo transmitía desde las 12 del día, en Caracol Radio, los hechos de la toma del Palacio de Justicia, sede de la Corte Suprema y del Consejo de Estado, en acción violenta realizada por más de 30 guerrilleros del M-19.

Pedían la prohibición de la extradición de narcotraficantes a Estados Unidos y exigían la presencia en la plaza de Bolívar del entonces presidente, Belisario Betancur, para someterlo a “un juicio revolucionario”. (Vea el especial: Palacio de Justicia, una herida que completa 30 años)

En plena transmisión, apareció el joven abogado Yesid Reyes, actual ministro de Justicia e hijo de Alfonso Reyes Echandía, emblema de la justicia, como presidente que era de la Corte y como magistrado probo, justo y valeroso.

Yesid me dio el teléfono de su padre y, a través de él, me pidió con vehemencia y angustia que el presidente Betancur pasara al teléfono. Me solicitó que lo entrevistara al aire para repetir su clamor. Fue la última vez que el país lo oyó.

Yesid y yo intentamos vanamente hablar con el presidente. Solo logré hacerlo con algunos ministros que estaban en Palacio, quienes me pidieron comprender los momentos que vivía el presidente y su clara imposibilidad de aceptar llamadas de un periodista. También lo intentó Yesid y tampoco lo logró.

Hoy, 30 años después del asesinato del gran jurista, entrevisto a Yesid, quien aún tiene preguntas y dudas que nadie jamás ha respondido. Del diálogo con él se deducen muchas cosas: el asalto fue programado y financiado por el narcotráfico. Su padre murió de un solo disparo. El proyectil no correspondía a las armas usadas por el M-19. (Lea también: Los indignantes errores en entrega de restos del Palacio de Justicia)

Yesid fue advertido por un prisionero de que “algo grave” iba a ocurrir y a él le pidió que su padre, Alfonso, se fuera del país. Y ocurrió lo asombroso: Yesid Reyes le informó al director de la Policía de entonces sobre lo que había escuchado y no solo no atendieron su alarma sino que la guardia del Palacio fue retirada tres días antes del asalto.

“En esa época, yo defendía a un ciudadano español, Antonio Cebollero Campo, acusado como cómplice del robo, muy famoso en esa época, de 13 y medio millones de dólares del Banco de la República”.

¿El robo del que acusaron a Roberto Soto Prieto?

Exactamente. Era un dinero de cuentas militares secretas. A él lo sindicaban de ayudar a Soto Prieto en el diseño del robo. Tanto Cebollero como Roberto Soto Prieto fueron condenados como autores. Y Cebollero pagó su pena aquí y luego viajó a Europa.

¿Por qué Cebollero resultó cómplice? ¿Él qué hacía?

Había llegado de España, su país natal, y su hermana era la esposa de Roberto Soto. Cebollero estaba detenido preventivamente en La Picota. Para tener un contexto claro de la situación, en esa época se produjeron las primeras capturas por narcotráfico con fines de extradición. En La Picota había un pabellón especial de los extraditables. Un día, cuando yo estaba con Cebollero, me preguntó: “¿Qué hora es?” Y le respondí: “Las 12:30. ¿Por qué?” Me dijo: “En este momento están matando al director de La Picota”. Le digo: “¿Cómo así? ¿Cómo lo sabe?” Me respondió que había oído a los extraditables dar la orden de matarlo por sus rigurosas medidas de requisa y control de visitas. Cuando salí de la cárcel y tomé el carro, oí la noticia de que acababan de asesinar al director de la prisión.

¿Usted cómo reaccionó?

Me impresioné. Luego de este episodio, un día de la última semana de octubre del 85, fui a visitar a Cebollero y no olvido sus palabras: “Óigame, doctor Reyes: su padre va a salir del país, ¿no?” Yo, seguramente, en alguna conversación anterior le había comentado que mi padre pensaba viajar a Italia y España a dictar unas conferencias. Le respondí: “Sí. ¿Por qué?” Me pregunto: “¿Cuándo es que viaja?” Le dije que a finales de noviembre. Y me preguntó, inquisitivo: “¿No se puede ir antes?” Le respondí: “Hombre, no. Son invitaciones de dos universidades con fecha definida. ¿Por qué?” Y me dijo: “Sería muy bueno que la próxima semana no estuviera en el país”.

¿Semana siguiente a cuál?

A la última de octubre. Él me dijo: “Si digo algo más, me matan. No le puedo contar más y le insisto: haga todo lo posible por que su papá no esté la otra semana en Bogotá. Va a pasar algo muy grave. Créame. Cualquier otra palabra me cuesta la vida”. Le comenté a mi padre y me dijo: “Tengo planeado ese viaje y no lo puedo alterar. Seguiré en la presidencia de la Corte y no cambio ni mi posición de cumplimiento de la extradición ni la agenda de mi vida”.

¿Usted le creía a Cebollero?

Sí. Lo que pasaba es que tanto mi padre como todos los magistrados de la Corte de esa época estaban amenazados de muerte si no cambiaban su concepción sobre la extradición y alteraban la forma de llevar la jurisprudencia. “Cueste lo que cueste, la extradición se mantiene”, decían, y sabían perfectamente que arriesgaban la vida.

¿El plan de Escobar y los extraditables era destruir los expedientes en su contra?

Eso es poco creíble porque los expedientes de extradición son simples y tenían copias en el Ministerio de Justicia. Decir que lo que buscaban era quemar expedientes me parece una pretensión muy ingenua.

¿Entonces las instrucciones de Escobar al M-19 eran asalten y maten?

No, porque hubieran matado desde el comienzo. Era la forma de presionar una negociación para el fin de la extradición. Ese era el objetivo de la toma.

¿Qué pasó después de que usted le contó a su padre su diálogo con Cebollero?

El último día de octubre, mi padre tenía un viaje a Bucaramanga. Yo lo llevé temprano hasta el aeropuerto y, de regreso de El Dorado, entré a la dirección de la Policía, porque conocía al director, el general Víctor Delgado Mallarino. Entré a su despacho y le conté lo que me había dicho Cebollero. El general me comentó: “No le ponga cuidado a eso que son chismes de cárceles”. Le revelé entonces el antecedente del episodio del director de La Picota y el general respondió: “Yo le garantizo que a su padre no le va a pasar nada. Él tiene un gran esquema de protección que ha sido reforzado. Nada va a pasar”. Ahí terminó mi conversación. La semana siguiente se tomaron el Palacio de Justicia.

¿Después de la toma, usted volvió a ver a Cebollero?

No inmediatamente, por mis condiciones anímicas. Un tiempo después retomé mi rutina y fui a La Picota a ver a Cebollero. Cuando me vio, se atacó en llanto. Y ya calmado me dijo: “Perdóneme. No se lo podía decir”. Y le pregunté: “¿Qué no me podía decir?” Y me dijo: “Lo que pasó. Yo sabía lo que iba a ocurrir y por eso le pedí que hiciera lo posible para que su papá no estuviera”. Yo le insistí: “¿Pero qué sabía usted?” Y él me dijo: “Conocía el plan para tomarse la Corte y sabía del dinero que el narcotráfico había pagado para eso”. Desde entonces y hasta hoy tengo la absoluta convicción de que el narcotráfico estuvo detrás de la toma. Cebollero no solo me advirtió diez días antes sobre lo que iba a ocurrir sino que, después de la toma, me explicó por qué me lo había advertido: la toma fue ordenada, dispuesta y financiada por el narcotráfico. Le pagó al M-19 para hacerla.

¿Supo cómo se realizó el contacto entre Pablo Escobar y el M-19?

No en ese momento. La semana pasada le escuché decir a Jaime Castro, ministro de Gobierno cuando ocurrió la toma, que ellos decidieron no negociar porque detrás de esa operación estaba el narcotráfico. Así que, por lo menos el ministro de Gobierno de la época sabía que el narcotráfico estaba detrás de la toma.

Si lo sabía, ¿por qué retiraron toda la guardia policial del Palacio?

Eso sigue siendo absolutamente inexplicable. Después de la toma hubo dos coroneles de la Policía que dijeron que la orden de retirar la vigilancia la había dado mi padre. Ellos dijeron que recibieron la orden determinado día. La fecha que mencionaron corresponde exactamente a cuando mi padre estaba en Bucaramanga. Era evidente que los dos coroneles mentían; los denuncié penalmente.

¿Y qué pasó?

La justicia penal militar consideró que ese era un delito de su competencia y los absolvió.

¿Qué explicación le da usted a eso?

No tiene explicación. La jurisdicción penal militar no dejaba que las víctimas intervinieran. El proceso fue secreto.

¿Pero por qué mintieron los dos coroneles?

Para encubrir a quien dio la orden.

¿Quién dio la orden?

Nunca se ha sabido.

¿Por línea de mando, le correspondía al general Delgado Mallarino?

Sí. La Policía fue retirada el sábado, y el miércoles ocurrió la toma. Una de las hipótesis que siempre se ha manejado es que ese retiro de la vigilancia fue una forma de permitir que el M-19 se tomara el Palacio para poder entonces atacarlos.

Sé que el Fiscal General está trabajando mucho en esa hipótesis. ¿Usted la cree?

No encuentro otra explicación. Ese es todavía uno de los grandes misterios.

¿Cree que el presidente Betancur ejercía realmente el poder?

Él lo ha dicho, pero no lo sé. Tengo muchas inquietudes sobre eso y no hay una versión real sobre si él realmente tenía el control.

Hablé con su padre por teléfono y transmití por Caracol cuando su padre dijo que si el presidente Betancur no pasaba al teléfono, él sería asesinado.

El presidente Betancur dijo que el control de los detalles no lo tenía, porque estaban desde luego en cabeza de los militares. Creo que, en alguna medida, el presidente no tuvo control absoluto de la situación.

En una declaración que expidió este viernes, el expresidente dijo que “nada podía justificar el exceso del uso de la fuerza frente a la situación en que se encontraban seres humanos inocentes e inermes”. ¿Esa afirmación no prueba que los militares actuaron sin orden presidencial?

Lo que veo en esa afirmación es que el presidente Betancur nunca autorizó el uso excesivo de la fuerza, entendiendo por tal el que pudiera poner en riesgo la vida de los civiles ajenos al conflicto que estaban en el Palacio. Pero a su vez significa que, como comandante supremo de las Fuerzas Militares, asume la responsabilidad por esos excesos y se disculpa por ellos y sus nefastas consecuencias.

¿Cree que a Betancur lo estaban informando de lo que pasaba?

No creo que el uso de la fuerza haya sido el objetivo de un presidente como Belisario Betancur, profundamente comprometido con la defensa de los derechos humanos. Cuesta creer que él, voluntariamente, haya querido optar por esa solución de fuerza, consciente de que podría pasar lo que ocurrió. Tengo muchas dudas de que el presidente hubiera tenido realmente el control de la situación.

Yo diría que el uso excesivo de la fuerza no fue nunca el talante del expresidente.

Pienso lo mismo.

¿A qué atribuye que no se le haya permitido a su padre hablar con el presidente?

El ministro Castro dijo que no hablaban con él porque no era una persona libre, pero ese no me parece un buen argumento. Desde luego que era rehén, pero lo único que quería era informarle cuál era la situación interna. Ese era un insumo muy importante para que el Gobierno decidiera una solución negociada. Para mí, es absolutamente incomprensible su negativa a escuchar a mi padre, cuando él estaba negociando la paz con el M-19. No pierdo la esperanza de que el presidente Betancur dé un paso más y nos aclare un tema tan importante como ese. Yo le confieso que, cuando me enteré de la toma, pensé que duraría unas semanas de negociación. Jamás creí que un presidente del talante de Betancur fuera a optar por una solución de fuerza, lo que conduce a aumentar mis dudas sobre si realmente tenía control del poder. El único que lo puede decir con certeza absoluta es el presidente Betancur.

¿Por qué los militares impidieron, después del ataque, que ingresaran los jueces?

Esa es aún mi gran duda. ¿Por qué se alteró toda la escena del delito? Es difícil de creer un desconocimiento absoluto de los principios más elementales de criminalística, porque el director de la Policía era un experto en esa materia. Hubo la actitud intencional de alterar la escena del delito para dificultar la investigación.

¿Alteraron todo?

Todo. Borraron huellas, limpiaron cadáveres, arreglaron trajes. Todo, evidentemente dirigido a dificultar la investigación de la justicia, para evitar que se pudiera conocer cómo murió cada una de las personas.

¿Cómo murió su padre?

Un solo disparo. Y el proyectil no era de las armas que usó el M-19.

Un llamado a perdonar

“Yo perdono a quien mató a mi padre. Perdonar permite vivir en paz, sin rencor. De ahí la gran importancia del proceso de paz en que el presidente Santos, con el respaldo del país, está empeñado. Las soluciones negociadas son infinitamente mejores que las soluciones de fuerza. Por eso hay que tratar de cerrar lo más rápidamente posible el proceso de paz con las Farc para superar de una vez por todas la violencia y la muerte que hemos sufrido por tantos años. Yo entiendo que no hay perdones colectivos, pero si cada uno de nosotros, internamente, perdona por tantos hechos de violencia que hemos sufrido en los últimos 60 años, nos espera un país más vivible para nosotros y nuestros hijos y nietos”.

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO

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