Ciudad en llamas / Voy y vuelvo

Ciudad en llamas / Voy y vuelvo

Ernesto Cortés recuerda cómo vivió hace 30 años el holocausto del Palacio de Justicia.

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07 de noviembre 2015 , 05:32 p.m.

El reloj acababa de sobrepasar las 11 de la mañana de ese día de luz clara. Yo viajaba en una buseta roja y blanca de la época rumbo a la universidad. De repente, cuando el vehículo transitaba por la carrera sexta con calle 11, una mujer, con lágrimas en los ojos, subió al vehículo y murmuró: “Dios mío, algo está pasando en la plaza… Hay muchos disparos”. Sus manos permanecían aferradas a una bolsa de papel y a las claras se notaba que andaba en busca de refugio.

Como si tuviera un resorte en cada pierna, salté de la buseta y corrí hacia el lugar que acababa de mencionar la mujer. La adrenalina comenzó a apoderarse de mí. La gente apresuraba el paso, se escuchaban los balazos como si se tratara de mechas de pólvora en Navidad. A punta de zancadas, alcancé la calle 12 con octava, justo al lado del Palacio de Justicia.

Me refugié con otras personas a la entrada de un edificio de piedra. Desde allí era posible apreciar el descascaramiento de las paredes y muros del Palacio con cada impacto de bala proveniente de los hombres de la Policía, a los que más tarde se les unirían el Ejército y agentes secretos con metralletas. Las sirenas de patrullas y ambulancias empezaron a opacar el ruido habitual del centro. La noticia ya era un hecho de trascendencia mundial. Yo aún no daba crédito a lo que estaba pasando y mucho menos imaginaba el desenlace final. Poco a poco, los hombres de la Fuerza Pública nos fueron desplazando del lugar y dos horas más tarde decidí retomar mi camino inicial.

A partir de entonces, la histeria colectiva se apoderó de la ciudad. Ediciones extras de la prensa, boletines de última hora en la radio, alocuciones y declaraciones aquí y allá, nerviosismo. Y en la noche, lo inverosímil: la ministra Noemí Sanín ordenó suspender la transmisión de la noticia y en la televisión se emitió un partido de fútbol. Ella aún asegura que todo lo que pidió fue más responsabilidad a los medios. El presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes, había pedido, en tono de clemencia, cesar los disparos. Pero eso nunca sucedió.

Al día siguiente, el protocolo que embarga cada tragedia se cumplió a pie juntillas: el balance de los muertos (98), la descripción de la demencial acción subversiva, el despropósito militar, los sobrevivientes, los motivos, los protagonistas, la prensa de todos los continentes enfocada en un punto del mapa mundial: Bogotá, Colombia, Suramérica; expuestos ante la humanidad gracias a la barbarie. En todos los rincones del globo vieron el ingreso y salida de los tanques de guerra después de cumplida la misión de la retoma. Tal vez fue Jairo Pulgarín el periodista que lanzó la pregunta que originó la respuesta con la que se convirtió en celebridad el hoy caído en desgracia coronel (r) Alfonso Plazas: “Defendiendo la democracia, maestro”.

Al tercer día no resistí la curiosidad y volví –junto con mi compañero de estudio Rodrigo Celis– a los alrededores de la plaza de Bolívar y el Palacio de Justicia, ennegrecido por las llamas y bombardeado sin piedad. Todo el sector estaba acordonado. No había un alma, solo agentes de la Policía y miembros del Ejército en las esquinas. Los locales permanecían cerrados. Ya había un balance de la tragedia, pero lo que no se sospechaba era lo que pasaría después, cuando comenzó el luto para quienes habían perdido a un ser querido y también daba inicio la incertidumbre para quienes, aún 30 años después, no saben qué pasó con los suyos.

‘El Vocero de los Barrios’. Así se llamaba el periódico comunitario en el que hacía mis primeros pinos. Teníamos carné de periodista, aunque solo fuera para aparentar. Celis cargaba su inseparable cámara de fotografiar. Arribamos a la calle sexta con 11 y no sé por qué extraña razón terminamos justo al lado de la Casa del Florero. En ese preciso instante, un soldado gritó: “La prensa... dónde está la prensa”. Corresponsales franceses, alemanes, americanos y muchos periodistas colombianos comenzaron a amontonarse sobre la séptima. “Hagan una fila”, insistió el uniformado. Celis y yo, ni cortos ni perezosos, nos metimos en la barahúnda de aquellos reporteros avezados. Yo, a nombre del ‘Vocero’ y él con un carné sindical o algo parecido. Pasamos el filtro de revisión de documentos. “Adelante”, nos dijeron, lo que significaba, ni más ni menos, poder ingresar a las ruinas del Palacio. Increíble. Estábamos en el epicentro de una noticia mundial.

El Palacio ya no era Palacio. La justicia había sido mancillada. Los periodistas pisaban con cuidado el reguero de cenizas que habían dejado el incendio y la balacera. Todo lucía oscuro, triste, lúgubre; era como si, de repente, estuviéramos siendo parte de una de las pinturas negras y fantasmales de Goya. El olor era indescriptible y prefiero no mencionarlo por respeto a los familiares de las víctimas. El silencio conmovía, pese a la nube de reporteros que escrutaban cada rincón. Nadie hablaba. A lo lejos se divisaba una mesa consumida por las llamas y algo muy parecido a una máquina de escribir. Nada indicaba que allí hubiese funcionado uno de los poderes del Estado. No se delineaban oficinas, ni baños ni despachos; solo un salón vacío en la primera planta.

Cuando intenté ascender al piso siguiente, un militar me increpó: “¿Usted no entendió que allá no puede pasar?”. El recorrido duró solo quince minutos, no dejaron ver más. Y todos salimos como entramos: en silencio y taciturnos.

Nos fuimos caminando por la séptima. Al comienzo no dijimos nada, después hubo una mezcla de tristeza, asombro y emoción por haber tenido el triste privilegio de haber confirmado con nuestros ojos las ruinas del Palacio de Justicia, abatido por la acción del M-19 y la reacción de las fuerzas de seguridad.

Han pasado 30 años desde entonces, casi el mismo tiempo que había transcurrido desde aquella otra bestialidad en suelo bogotano: el Bogotazo, dos tragedias con las que seguramente tendríamos para cargar el resto de nuestras vidas como habitantes de la capital, pero no, faltaba una más: 18 años después de lo del Palacio, las Farc volaron el Club el Nogal, en el norte, y mataron a 36 personas. A esa edificación también entré, días después, para ver los despojos de otra sinrazón. No sé por qué todas estas escenas se me antojan hoy parecidas, tal vez porque fueron igual de crueles o porque tienen en común el sino trágico de una ciudad en llamas.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
@ernestocortes28

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