Los dos mayores dramas del país, en una sola novela

Los dos mayores dramas del país, en una sola novela

'Once días de noviembre' conjuga las tragedias del Palacio de Justicia y la destrucción de Armero.

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06 de noviembre 2015 , 07:22 p.m.

El Palacio de Justicia
Miércoles 6 de noviembre
11:17 a. m.

Mientras acaricia la pistola, la mujer contempla el entorno en este tramo de la carrera décima con calle once. Sus ojos pequeños y azules se vuelven hacia la gente que espera bus en el andén, bajo la llovizna fría; examinan el trancón de buses y automóviles donde el camión de mudanzas se encuentra como encallado; dan una mirada al reloj de pulsera, con su dictamen de las once y dieciocho, y se detienen en el hombre sentado a su lado, en el puesto del conductor. Es rubio el aleteo del cabello de ella sobre el azul de la chaqueta.

El arma se le incrusta en las costillas cuando la mujer decide subir su brazo izquierdo sobre el espaldar del asiento para volverse a mirar hacia atrás. Examina con minuciosidad la carpa de lona húmeda que cubre el compartimiento de carga del camión, y parece más tranquila al confirmar que, hasta donde alcanza a ver, ni el agua ni el viento han develado sus secretos.

–No te preocupes.

La voz del conductor la interrumpe. La mujer vuelve a mirar al frente y a tocar la pistola, ese remedio para la intranquilidad. Se inclina hacia el espejo lateral y comprueba que otros dos vehículos de carga mantienen la formación detrás de ellos. El orden no puede alterarse: vanguardia en el camión de mudanzas; grueso en la camioneta cabinada y retaguardia en el camión más nuevo. La gente circula en medio de la columna sin sospechar nada.

–No contábamos con este trancón.

Ningún vehículo avanza desde hace al menos diez minutos. La avenida Jiménez, tres cuadras al norte, parece inalcanzable. Buses, camiones y carros de menor tamaño colman el asfalto hasta donde alcanza la vista. Entre tanta inmovilidad se abren paso motociclistas, ciclistas y grupos de transeúntes con paraguas. Lo demás son andenes y edificios mojados, motores en bramido continuo, humo azul, humo negro, humo gris por calles y pulmones. Pitazos largos, como si el volumen de las cornetas tuviera algún efecto sobre el despeje de las calles. Disparo de un motor mal carburado.

La mujer vuelve a observar la columna. Ya no tiene conciencia de la mano inquieta, cada vez más tentada de empuñar la pistola. Si alguien tuviera la ocurrencia de hurgar bajo las lonas de los tres camiones, no saldría de su asombro al observar el cargamento de armas de todos los calibres, cajas de municiones, explosivos, granadas, una ametralladora punto cincuenta, provisiones, bidones de agua, botiquines médicos, y la treintena de mujeres y hombres de uniforme, con las armas preparadas, en posición de combate. Si hurgara en las cabinas, encontraría armas cortas bajo las chaquetas de cada conductor y su acompañante, y armas largas debajo y detrás del asiento. Pero el trancón, la llovizna y el aburrimiento acaparan las mentes. Veinte metros atrás, el motor mal carburado estalla otra vez como un escopetazo. O como una premonición. Las once y veintitrés.

Dos agentes de tránsito en una moto se mueven con agilidad por entre el tráfico, parquean en el separador de la avenida, descienden y empiezan a pitar y manotear en el cruce de la Jiménez con décima. Dan paso a una fila de vehículos, contienen otra, luego alternan el orden y poco a poco restablecen el tráfico. Su presencia calma los ánimos. Algunos pitan todavía, más por costumbre que por necesidad, pero en los rostros se acomoda el alivio. La columna de camiones llega por fin al cruce de avenidas. El semáforo cambia a rojo y deben esperar una vez más. El conductor mira a su acompañante.

–¿Viste? ¡Los chupas están con nosotros!

La mujer intenta sonreír. Su mano derecha no se aparta del arma.

El semáforo cambia a verde. La columna dobla a la derecha y enfila por la avenida Jiménez en dirección al centro. Los vendedores ambulantes los ven pasar. La mujer empuña ahora la pistola y le quita el seguro. No le importa que la vean. La actitud tranquila del conductor se transforma. Llegan a la carrera octava y giran a la derecha, esta vez en dirección al sur. No hay trancón en esta vía. Tres cuadras adelante, sobre el costado izquierdo, identifican las paredes de granito del edificio de cuatro pisos de altura, columnas severas a lo largo de media fachada, construido sobre una manzana completa en el corazón de la ciudad. Es el objetivo. En la mano firme de la mujer, en el espacio vacío entre el asiento y la puerta, libre de cartuchera y tibiezas, la pistola es aquello para lo que fue concebida: un mensajero letal; una forma de la muerte (...)

Armero

Un soplo de viento hirviente comienza a recorrer las concavidades de roca en proceso de combustión y agita las acumulaciones de color gris. Respira la montaña para despejar la salida y descubrir el fondo donde burbujea una masa líquida de colores rojos y naranjas. Es como si esa sustancia incandescente requiriera del aire frío de la montaña para avivarse todavía más, y para lograrlo soplara los depósitos de material gris que le estorban.

Impulsados por el repentino huracán brotado del fondo, los fragmentos levantan vuelo y giran en círculo dentro del volcán. No queda nada ya de las montañas oscuras a los lados del horno. El viento toma fuerza a medida que gira y se dirige al canal que comunica con el mundo de afuera. Con un fuerte rugido de expulsión, la ceniza brota por la cicatriz abierta en medio de la nieve, y empieza a alejarse por el aire, entre las nubes de lluvia que ocultan las cumbres de la cordillera Central. (...)

En lo alto de las montañas se mezclan con las gotas de lluvia y caen con rapidez hasta cubrir bosques y cultivos y techos de las casas campesinas. Allí los descubrirá Alirio Rueda, más tarde, cuando salga de su casa a echar una última ojeada a la tierra, antes de cerrar puertas y ventanas, y la encontrará cubierta por ese cascajo gris que tanto le molesta.

Kilómetros más abajo, donde el cielo es azul y el sol todavía se hace sentir, los fragmentos ofrecen toda la resistencia posible a su descenso sobre el suelo. Como diminutas hojas de papel, revolotean al antojo del viento de la tarde y caen poco a poco sobre plantas, casas y caminos. Sin producir ningún sonido, recubren las cosas y alcanzan en ciertos lugares una altura capaz de cubrir el pie de un hombre.

Cuando el rugido de expulsión cese en el cráter del volcán, la ceniza tendrá impulso para viajar hasta quinientos kilómetros de distancia. Pobladores del norte del país, no lejos del mar Caribe, despertarán el jueves sin entender de dónde viene ese material. Los niños intentarán formar bolas cenicientas para sus juegos, pero sus padres los alejarán de ellas con temor. Luego escucharán las noticias y mirarán con otros ojos el inesperado paisaje gris.
Pero hoy todavía es miércoles.

El volcán desalojó de su interior los rescoldos que estorbaban. Ahora respira mejor, toma aliento y empieza a cocinar la mezcla de la muerte.

–¿Has visto llover ceniza, Guillermito?

El rostro del tío Joaquín expresa muy bien su preocupación. Sara se levanta y camina con él hasta el solar, luego regresa a la sala y se asoma por la ventana que da a la calle.

–Este año ha pasado varias veces.

–¡Pero nunca había caído tanta!

Guillermo intenta incorporarse sin éxito. El dolor en el costado izquierdo lo mantiene inmóvil sobre el sofá.

–Quiero ver.

Sara y Joaquín lo instalan en la silla de ruedas, y luego salen con él al andén de la casa, protegido por un amplio alero. Guillermo recibe el impacto de lo que ve, como si súbitamente lo hubieran trasladado a otra geografía. Un rato atrás, cuando despidió a Leila, la calle era la misma de sus recuerdos: las casas de Marina y los demás vecinos, tres carros estacionados, las Vargas, dos solteronas mayores, sentadas en mecedoras a la entrada de su casa al otro lado de la calle, luz del sol, árboles frondosos, pájaros, perros apacibles. Ahora un manto gris lo cubre todo, desde el verde de los árboles cuyas ramas se doblan bajo el peso de la ceniza, hasta los cables de la electricidad. Y un silencio, como si la naturaleza y los hombres se hubieran puesto de acuerdo para callar.

La calle gris le dispara una visión: el piso cubierto de cenizas del Palacio de Justicia. Se recuerda transportado en vilo por los brazos fuertes de los soldados. Los pies de Camila y otros civiles levantando una polvareda gris al avanzar entre las ruinas del incendio. Allá lejos la puerta, la luz del día. Una visión que duele (...)

Las Vargas se levantan de las mecedoras para observar mejor. Conversan en voz baja y manotean. Guillermo estira la mano para atrapar algunos fragmentos de ceniza. Los desmenuza con sus dedos y los acerca a su nariz. Huelen a azufre y otras sustancias desconocidas. El mismo olor que se extiende por la calle. Una semana atrás, a esta misma hora, olores a pólvora, a carne humana y materiales quemados, estuvieron a punto de asfixiarlo. Oscurece rápidamente, aunque el reloj de Guillermo no marque todavía las seis de la tarde.

–Tenemos que irnos, mamá.

El rostro de Sara parece asustado por primera vez.

Un jeep dobla la esquina, avanza por la calle y se detiene ante la casa de las Vargas. Tres hombres jóvenes se apean y caminan de prisa hacia ellas, conversan brevemente y las conducen con gentileza hasta acomodarlas en la parte de atrás del vehículo. Dos de los hombres entran a la casa y salen a los pocos minutos con tres maletas pesadas que acomodan junto a las mujeres.

–Las Vargas se van, Sarita –dice el tío Joaquín.

Tras acomodar las maletas, uno de los hombres vuelve hasta la puerta y la cierra con llave. ¿Para qué?, se le ocurre pensar a Guillermo. Si llega la avalancha, ningún candado será capaz de contenerla. De pronto asegurar la puerta es una muestra de optimismo final: si no ocurre nada, podrán regresar a la casa intacta, sin la visita de los ladrones. El hombre termina de cerrar, camina hasta el jeep, sube y arranca de inmediato. Al pasar frente a la casa, Guillermo ve los rostros de los ocupantes del vehículo. Miran a Sara y a la calle, con una expresión que mezcla la tristeza y el miedo. Cuando el vehículo se aleja, alcanza a ver a una de las hermanas Vargas persignarse varias veces.

–Tan pronto llegue Leila, deberíamos hacer lo mismo.

–Pero usted está cansado, mijo. No le conviene viajar otra vez hoy. Si le parece, descansen esta noche y mañana nos vamos madrugados.

Guillermo la mira. Por primera vez, Sara expresa sin presiones la posibilidad de alejarse de su casa.

–¿Nos vamos?

–Sí.

El tío Joaquín sonríe junto a ella. (...)

–Leila se demoró –comenta Sara.

–Quién sabe si encontraría un buen mecánico –dice Guillermo–. Cuando le da por molestar, ese carro es desesperante.

–De pronto le tocó ir hasta Mariquita, o hasta Honda… –dice Joaquín.

Un grupo de personas de diversas edades se acerca con rapidez. Parecen venir del Parque Fundadores, desde donde llegan, apagados, sonidos de carros, de gente y altavoces. Tres mujeres mayores, dos jóvenes, seis o siete hombres y media docena de niños, pasan de largo mientras conversan con nerviosismo.

–Algo pasa…

–No se asuste, mijo. La gente es alarmista.

Deciden entrar de nuevo en la casa, pues con la oscuridad ya no es posible apreciar más el espectáculo de la ceniza.

Acerca del autor

Óscar Godoy (Ibagué) es comunicador social de la Universidad Externado. Egresado del Taller de Escritores de la U. Central.

ÓSCAR GODOY

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