Avería electoral

Avería electoral

La elección afecta directamente la representatividad e, indirectamente, la legitimidad de autoridad.

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06 de noviembre 2015 , 07:00 p.m.

Sorprende si por ingenuidad o ignorancia haya aún gente escandalizada por la realidad electoral nacional, especialmente por presencia creciente desvergonzada de dinero, sucio bastante, con precedentes inolvidables, restándole cada vez más credibilidad a la política. A estas horas de la realidad nacional es por lo menos desinformado reclamar juego limpio, cuando hace mucho, quizá desde siempre, las elecciones aquí no han sido precisamente muestra de eso, por lo que suena a clamor en el desierto pedírselo entonces ahora a caciquismo, clientelismo, nepotismo y sobre todo a poder, sea armado o económico, legal o delictivo. Representación y participación, requisitos elementales democráticos, son aquí de tercer mundo y no podrán ser de otra manera mientras persista la deformidad socioeconómica y su reflejo en la institucionalidad, ahora arrollada por el utilitarismo de la vida pública y privada. Mientras más abunda la retórica contra la corrupción, la hay mayor, también el contraste entre alguna independencia en la votación en reductos urbanos y la de regiones donde es farsa por ausencia del Estado.

Para enterarse de la discusión actual alrededor hay que saber de otras partes, por ejemplo, en qué difieren los candidatos en EE .UU. sobre presencia del Estado en la competencia como sea electoral de los partidos, la realidad que donde primero hubo democracia en el continente por igual hay intervención electorera de riqueza colosal. En lo que va de campaña ahora un diario neoyorkino la calcula en millones de dólares, por parte de unos 150 grupos que favorecen sobre todo la arremetida republicana contra la regulación, a favor de la disminución tributaria y recortes de las prestaciones, como contrapeso al aluvión demográfico que favorece a los demócratas. El desbalance en la discusión al respecto se acentúa universalmente mucho por desfondamiento de oposición creíble como elemento de presión y negociación, el utilitarismo abusando de la suficiencia que cohíbe consensos convenientes incluso a su interés.

Desbordada por trampa la legalidad electoral como obligación del Estado, sin representación adecuada ni concertación, no hay fiscalización fuera de escasa mediática. Sin embargo, puede ser progreso que haya algún disenso en vez del unanimismo oficialista satisfecho y que se evidencie la imperfección electoral, otra cosa sujeto y voluntad de corregirla porque quienes tendrían que hacerlo son los menos interesados, como agentes de empresas electorales y burocráticas. Acuerdos entre fuerzas sociales y productivas ensayados en otras partes desafiarían la politiquería, más ambiciosos que el solo intento de ese tipo aquí cada que se intenta negociar el salario mínimo, sola ocasión en que gremios productivos y laborales tratan de entenderse, pero tampoco más allá del habitual miope reclamo gremial. La organización liberal supuestamente arbitra intereses contrapuestos mediando inteligencia del bien general que neutralice abusos de unos y otros, a no ser que, como dice alguien inteligente, “los humanos no seamos lo bastante inteligentes”, al menos no tanto como creemos.

Jorge Restrepo

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