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06 de noviembre 2015 , 05:35 p.m.

La siguiente parada es la cascada del Almorzadero, con aguas de hasta tres metros de profundidad. A un costado, escondido bajo una enorme pierda cuya ‘puerta de entrada’ es una refrescante cortina de agua, está el negocio de Julián, poblador de la zona. Vende refrescos, almuerzos y comida para picar.

Es también un mirador que anuncia el tramo final. A unos metros, un puente de piedra formado por el paso del agua, que durante años rompió la roca, ayuda a cruzar la quebrada Dantayaco, que surte de agua a la cascada del Fin del Mundo.

“La quebrada se llama así porque la parte de la serranía donde está fue una zona en la que habitaron dantas o tapires terrestres”, dice Carmen. El complemento, yaco, representa en lengua inga una de las mayores riquezas de la región: el agua. Por eso muchos otros lugares de la zona lo llevan en su nombre.

Cuatro kilómetros de travesía finalizan donde la montaña desaparece. El agua no encuentra más terreno hacia el horizonte y cae a un vacío de 75 metros. Es el Fin del Mundo. Y en un espejismo, justo en frente un nuevo mundo nace con el tapete verde de la Serranía de los Churumbelos, que se extiende por los departamentos de Caquetá, Cauca, Huila y Putumayo. Al fondo, un par de calles y casas dejan ver a Mocoa.

Ahí, en medio de la nada, con el interminable sonido del paso del agua, la conexión con la naturaleza es absoluta. No hay contaminación. No hay violencia.

Tras hora y media de caminata, los turistas se asoman al borde de la montaña para disfrutar del paisaje. Rodrigo Sepúlveda y Carlos Ortega / EL TIEMPO

Asomarse sobre el borde de la montaña es la recompensa para los aventureros luego de una travesía de hora y media por el corazón de la selva. Un desafío que todo visitante debe asumir, aún si el vértigo se muta hacia un miedo que frena.

Boca abajo, arrastrándose sobre la piedra, está la mejor postal de la cascada chocando metros abajo con la tierra para seguir su curso. El escenario soñado para los amantes del rapel, que se reúnen para desafiar la gravedad mientras el agua corre cuesta abajo.

Cañones y más agua

Las extrañas formas de las rocas muestran rasgos de animales: la boca de un león, la nariz de un oso, las garras de un puma. Todas estas siluetas han sido formadas por el agua, dicen algunos pobladores del Putumayo. Otros aseguran que sus particulares figuras, su tono grisáceo y su porosa superficie son producto de actividad volcánica del pasado.

Pero los indígenas piensan distinto. Para ellos, la magia del cañón del Mandiyaco, a 25 minutos de Mocoa, donde el Putumayo llega a sus límites y se estrella con la bota caucana, no tiene nada que ver con el agua: es la formación propia de las piedras.

Está fuera del Fin del Mundo, pero también se esconde entre montañas y ríos interminables. “El agua que fluye sobre el cañón se llama Mandiyaco y significa en lengua inga ‘el río que manda’. Se le conoce así porque cae al río Caquetá, que tiene un nivel muy alto, y aun así el Mandiyaco lo arrincona cuando se crece”, dice Carmen.

Las extrañas formas de la roca en el cañón de Mandiyaco envuelven creencias indígenas. Rodrigo Sepúlveda y Carlos Ortega / EL TIEMPO

No es un lugar para bañistas pese al antojo que provocan sus aguas. La cercanía de las piedras y las fuertes corrientes obligan al turista a mantenerse fuera, además de que –dice Carmen– no se conoce la profundidad.

El acceso bordea las barandas del puente que separa al Putumayo del Cauca. Un puente colgante de 134 tablas de madera, que atraviesa el cañón, es el punto perfecto para las fotografías. A un lado se ve el choque de aguas del Mandiyaco, de un café más oscuro, con el río Caquetá. Al otro, cerca de 200 metros de los 400 que conforman el cañón.

“Es otro de los lugares de visita fija, un espacio para liberar energía y recargarse”, dice la guía.

Esa magia la comparte el Charco del Indio, una cascada de 35 metros que baja resbalándose sobre la montaña como si fuera un tobogán. Se llama así porque alrededor existen varios asentamientos indígenas. Allí, el baño en sus frías aguas es imperdible.

Se llega desde Villagarzón caminando por las planas playa del río Mocoa. Una aventura de hora y media bajo un sol intenso y que es tradicional para las familias.

José Luis Bravo, de 26 años, llegó por primera vez a esta piscina natural acompañado de su esposa, Yibo Ortega, y de sus hijos Beto y Juana Valentina, de 5 y 11 años. Llegaron hace dos años a Villagarzón procedentes de Pitalito, en el Huila, buscando trabajo.

“El Putumayo tiene mala fama, pero eso es de tiempo atrás, acá no pasa nada, todo es tranquilo”, dice. Habían escuchado del Charco del Indio, pero las ocupaciones no los habían dejado conocerlo. “Es muy chévere, aunque el agua es fría”, añaden.

La piscina natural en el Charco del Indio refresca en medio del calor de la selva. Rodrigo Sepúlveda y Carlos Ortega / EL TIEMPO

Coincidieron con un grupo de extranjeros liderado por Alberto Varela, argentino de nacimiento pero radicado en España, y hoy uno de los propietarios de la Casa del río, el hostal que levantó el belga Phillip en estas tierras hace algunos años.

Visitó Colombia por primera vez hace 15 años y estuvo en el Putumayo. Conoció un taita que le enseñó del yagé y se interesó en esa medicina ancestral. “Ahora nos juntamos un grupo de amigos y compramos la Casa del río para traer turistas de todo el mundo y que puedan conocer esta maravilla de lugar”, dice.

En su hostal, al igual que en la posada Dantayaco, otra de las más visitadas, llegan italianos, alemanes, australianos, canadienses, estadounidenses, mexicanos, españoles…

“Acá no hay ningún peligro, venimos todos los meses y nunca hemos tenido problema. Puedo asegurar que la gente estará tranquila. Llevo más de 10 años viniendo, incluso con mis hijos. Es un regalo tener este lugar”, insiste.

Los mexicanos Belisario y Alfonso Cancino –padre e hijo– llegaron recomendados por una colombiana que vive en el país azteca. “Putumayo es un lugar increíble. Quisimos venir a conocer a los chamanes y nos hemos sentido como en casa”, afirman.

Encuentro con la fauna

Una casa en la copa de un árbol, a 25 metros de altura, desde donde se observa un mariposario con la forma de una panacea prola, una especie de este colorido insecto, es solo uno de los encantos de la reserva natural Paway.

Este centro de investigación de flora y fauna nativa de la amazonía colombiana está a ocho kilómetros de Mocoa en la vía hacia Villagarzón. Actualmente, cría 26 especies de mariposas, todas capturadas en las 13 hectáreas de la reserva.

También protege animales como ‘Uribe’, ‘Santos’ y ‘Maduro’, tres coloridas guayacamas que comparten espacio con loras y dos monos inquietos y amigables que reciben a los visitantes. Todos han sufrido tráfico ilegal y están bajo custodia para mejorarles su calidad de vida.

En lengua inca, Paway significa volar. Desde hace un año y medio que abrió, como iniciativa de la ingeniera Mildred Ortiz Martínez, ha recibido cerca de 4.000 visitantes. “Nos hemos dado a la tarea de promover la región en el tema ecoturístico en redes sociales y páginas web para cambiar el estigma de violencia. La gente ya viene con el interés de tener contacto con la naturaleza”, dice Ortiz.

La reserva Paway tiene un mariposario donde se crían 26 especies. Rodrigo Sepúlveda y Carlos Ortega / EL TIEMPO


Su mensaje del uso sostenible de la biodiversidad lo comparte con niños en las escuelas y colegios y universidades que los visitan. También con los turistas, que llegan por el voz a voz de quienes ya han pasado por allí. “Esto ha hecho que se puedan sostener estos proyectos, pues en los medios de comunicación nacionales no se habla mucho de la región”, agrega la ingeniera.

El estigma de la guerra borró por décadas al Putumayo de la lista de destinos turísticos, pero los esfuerzos de la comunidad no solo le han devuelto al departamento un lugar en este mercado, sino que lo han llevado a muchos rincones del mundo.

“Quien va una vez a conocer la magia de los paisajes que esconde el Putumayo se enamora”, dice Juan Pablo Ramírez, un andariego promotor del turismo. Creó grupos en redes sociales y se metió en la web con su portal Ecoturismo Putumayo, con el que deja ver algo de las maravillas del Fin del Mundo.

“Estamos aprendiendo a atender al turista para cambiar la imagen del Putumayo. Acá los paisajes son hermosos, son lugares que la gente no conoce, rodeados de piscinas y cascadas naturales”, dice Janeth Huaca, propietaria del único hostal en el camino hacia el Fin del mundo.

Resalta la desconexión de los afanes del mundo de hoy que se logra en estos paraísos naturales. “Algunos prefieren quedarse en un lugar sin luz, que no tenga energía para poder escuchar a los animales. Esta es una zona tranquila, solo que cargamos con un estigma, como el del colombiano cuando está en otro país”, señala.

En este rincón de la selva amazónica, mientras las heridas de la guerra siguen sanando, el turismo se abre paso como motor de cambio para una comunidad olvidada y señalada que quiere compartir con el mundo su mayor tesoro: la naturaleza.

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