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06 de noviembre 2015 , 05:31 p.m.

Carmen Velásquez es una de ellas. Hace cinco años tiene su Registro Nacional de Turismo y su tarjeta profesional. Nació hace 56 años en Mocoa y al menos una vez a la semana va hasta el Fin del Mundo. En cada paso, en cada curva, en cada claro que se despeja en medio de la espesa selva comparte un dato: los tipos de árboles, las especies de aves, las comunidades indígenas que habitan, el clima, la altitud…

Vive orgullosa de su región, que por años fue considerada ‘zona roja’, pero que hoy es tan tranquila como sus paisajes.

Para hacer el recorrido –dice– hay 15 operadores turísticos formalizados, un número que crece desde hace cuatro años a la par del volumen de visitantes.
En su mayoría son extranjeros. Recuerda al belga Phillip, propietario de un hostal hasta hace unos meses. Dice que él fue quien se encargó de poner al Putumayo en reconocidas guías de turismo en la web, como Tripadvisor.

Serpenteando la selva

El ascenso comienza tranquilo. Algunos hilos de agua se deslizan por esas piedras planas y simétricas de origen desconocido. Una lluvia repentina se transforma en aguacero y hace que las frías gotas se cuelen entre los árboles, como si se tratara de una sombrilla rota.

Es un refresco para paliar el sofoco que provoca la humedad de la selva y del que pocos se salvan, pues como dicen los pobladores: ‘Si viene a la selva, prepárese porque llueve porque llueve’.

El punto más alto del recorrido está a 400 metros sobre el nivel del mar. Alcanzarlo por caminos que serpentean la vegetación no es tan desgastante como subir una pendiente. La exigencia depende de la inclinación de algunos tramos, que varía y deja algunos respiros. De cuando en cuando aparecen ‘paraderos’ donde gente de la zona vende agua, café y trozos de piña dulce para recargar energía.

El descenso se mantiene en las entrañas de la selva. También benévolo, descansa en espacios planos, aunque algunos pasajes tienen vacíos amortiguados por escaleras de madera.

Tras una hora de caminata, una piscina natural anuncia que el Fin del Mundo está cerca. “Se le conoce como pozo negro y tiene ocho metros y medio de profundidad”, explica Carmen. No hay corrientes fuertes ni piedras que impidan un baño a los turistas.

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