Así se registró hace 30 años, el holocausto del Palacio de Justicia

Así se registró hace 30 años, el holocausto del Palacio de Justicia

Crónica publicada el 7 de noviembre de 1985 que describe detalles de la tragedia.

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05 de noviembre 2015 , 08:13 p.m.

 “Eran entre diez y media y once de la noche cuando el incendio se intensificó ya sobre nuestras oficinas, en ese momento el humo era absolutamente irresistible, era muy tensa la calma y había enorme luminosidad como consecuencia del reflejo de las llamas. No obstante, era absolutamente imposible ver a una distancia relativamente corta por la intensidad del humo. Le dije a mis compañeros que el único camino es o morir bajo las llamas o bajo el fuego de las balas, entonces es preferible esta última opción, salgamos.”, esas fueron las palabras del magistrado Ramiro Borja en la que describió cómo fue su salida del Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985. (Visite acá el especial de EL TIEMPO sobre los 30 años de la tragedia)

“Seguimos en fila india y en ese momento se escuchó una ráfaga, no sabíamos de dónde salía exactamente, nos tuvimos que refugiar todos en la misma esquina un instante y el soldado siguió diciendo: ‘sigan, sigan que yo los cubro’, avanzamos al occidente hacia las escaleras, encontramos dos cadáveres de dos muchachos y en ese punto a continuación de las escaleras hay una especie de balcón que da exactamente sobre la salida principal de la Plaza de Bolívar, ese lugar estaba dominado por las fuerzas de Policía y el Ejército y nos dijeron ‘resguárdese acá’”.

El relato de Borja hace parte de la edición extra del 7 de noviembre de 1985 en la que EL TIEMPO daba a conocer los detalles de la toma del Palacio de Justicia por parte del M- 19. En ocho páginas, se registró diversos aspectos de la actuación de la fuerza pública y del incendio que consumió la sede. (Además: Nuevo drama- los que hoy no saben si esos eran sus muertos)

Archivo EL TIEMPO.

Las imágenes mostraban al Palacio en llamas, el apuro de los socorristas de la Cruz Roja Colombiana, la salida de varias personas de esa sede judicial con las manos en la nuca, rostros llenos de angustia y los violentos combates entre Ejército y guerrilla.

Esta crónica, publicada el 8 de noviembre de 1985, describe detalles de la tragedia:

"El fin de 28 horas de horror

El rescate de más de 30 personas por parte de los organismos de seguridad, hacia las 2: 20 de la tarde de ayer (7 de noviembre), se convirtió en un hecho donde se combinaron todas las emociones humanas. Terminó así, después de casi 28 horas de combates, un episodio donde hubo numerosos muertos y heridos y con escenas de angustia, llanto y hasta efusivas voces de victoria. (En imágenes: Las 28 interminables horas de toma y retoma)

Las ondas explosivas de los morteros y policías, cargando cada uno una persona herida, sangrante, a punto de morir.
La fila militar se hizo estrecha, los acordonamientos fueron simultáneos y los fusiles y las metralletas seguían apuntando hacia el interior de la edificación.

Las camillas de la Cruz Roja y la Defensa Civil aparecieron en las puertas del Palacio y casi que a rastras eran trasportadas las personas heridas.

Los fusiles no dejaron de apuntar un solo instante. Por la puerta principal seguían saliendo funcionarios, trabajadores, empleados.

Una vez llegaban a la salida frontal, las personas rescatadas que salían por sus propios medios debían ponerse las manos sobre la nuca y dirigirse escoltados hacía la Casa del Florero, lugar que se convirtió en un improvisado centro hospitalario.

En esos momentos salió un soldado, sin fusil, tambaleante. Apenas pisó la salida, cayó al piso y fue trasladado a una camilla. Era el último militar que salía herido del Palacio de Justicia.

A gran velocidad, desafiando el tiempo y con la impresión de que las balas venían detrás, tanto rescatados, militares y policías acortaban una distancia de 100 metros entre el Palacio y la Casa del Florero.

La desesperación, los gritos, la sangre y el eco opacado de las balas inundaban el espacio en esos momentos.

Archivo EL TIEMPO.

El trabajo de decenas de periodistas fue restringido por la fuerza militar, que solo permitía el paso de ambulancias, en una calle estrecha atiborrada por unas mil personas.

Subidos en los vehículos, vallas, muros y rejas, periodistas, fotógrafos y camarógrafos tomaban las impresiones de lo que sucedía. Solo podían apreciar el desenvolvimiento del final a una distancia de 20 metros.

Miembros de la Defensa Civil y la Cruz Roja se confundían entre sí, en una ardua tarea: evitar que alguien muriera.
En esos minutos de angustia, casi que interminable, se observaba venir hacia la Casa del Florero a las personas rescatadas. Con la cara tiznada, unos descalzos, quejumbrosos, con el llanto reflejado en sus rostros, llegaron al improvisado centro hospitalario y no se les volvió a ver.

El ruido de las sirenas se hacía interminable. Las ambulancias, que no alcanzaban a llegar hasta el sitio escogido por las unidades de socorro, debían esperar con las puertas traseras abiertas, dos camillas disponibles y listas a arrancar a gran velocidad.

Mientras tanto, decenas de socorristas esperaban en la salida del Palacio de Justicia a que apareciera otra persona herida, no importaba que fuera miliar o civil.

La evacuación de los rescatados duró unos cinco minutos, mientras que en el fondo de la edificación retumbaban con menor intensidad el traqueteo de las ametralladoras y fusiles porque se creyó que continuaban integrantes del M- 19 en plan ofensivo.

Después, en un momento angustioso que todo mundo esperaba, apareció el último de los rehenes. Tenía el cuerpo negro, cubierto de tizne, con la camisa desgarrada y mal herido. Fue introducido en una ambulancia y nadie supo de quién se trataba.

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Sobre un magistrado

Hubo un momento en el cual quedó una sola ambulancia. Permanecía estacionada detrás del cordón militar y del grupo de los periodistas. Parecía estar varada pero después comenzó a retroceder lentamente, en busca de una camilla rodante que traía sobre ella a un herido.

Se trataba del magistrado Humberto Murcia Ballén. Lo del magistrado de la Corte Suprema de Justicia fue algo escalofriante. Sangraba intensamente por el pecho, tenía la piel quemada, la camisa abierta y sin botones, sin la prótesis de su pierna derecha, perdida al parecer en las 28 horas de su cautiverio.

La camilla rodante donde estaba casi moribundo marchaba lentamente. Pero al final llegó hasta la ambulancia. Era la lucha de los hombres contra el tiempo, que trascurre sin vacilar.

La confusión

Entre los rescatados había un hombre escoltado por los militares y que traía las manos sobre la nuca. Por sus poblados bigotes todos los presentes pensaron que se trataba de Andrés Almarales, dirigente de la toma del M- 19 del Palacio de Justicia en Bogotá.

“Es Almarales y está herido en una pierna”, dijo un periodista. “Sí, yo lo vi en las fotos y es Almarales”, manifestó otro.

Pero minutos después, cuando los periodistas esperaban un pronunciamiento positivo sobre la versión, las Fuerzas Armadas le desvirtuaron y confirmaron que el dirigente guerrillero había muerto durante los intensos combates registrados en la edificación sede de la justicia colombiana.

Hacia las 2: 40 de la tarde, la lluvia comenzó a caer sobre la Plaza de Bolívar. A pesar de ello nadie se retiró del lugar y el drama fue más intenso.

Decenas de familiares comenzaron a llegar, rompían las filas militares y corrían llorando hacia la Casa del Florero.
Querían saber sobre la suerte de parientes que se encontraban en el Palacio de Justicia y que desde 28 horas atrás se ignoraba su suerte. Cuando las fuerzas del orden reforzaron las medidas de seguridad, el llanto, el dolor y la angustia de los que buscaban a sus familiares se confundió con la lluvia.

Sobre otra camilla, los socorristas llevaban apresuradamente a un hombre, de unos 35 años, de contextura gruesa. La ambulancia esperaba arriba, casi sobre la carrera sexta. Periodistas, camarógrafos y reporteros gráficos corrieron detrás del vehículo, eludiendo el control militar.

“¿Usted quién es? ¿Es un guerrillero? Dijeron al unísono los periodistas. El hombre, tambaleante, moribundo, sacó fuerza cuando iba a ser subido sobre el vehículo del socorro y dijo “no, soy funcionario”.

Los minutos trágicos volvieron cuando se confirmó la muerte del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía. Un frío intenso sacudió por los cuerpos.

“Dicen que los mató Almarales esta mañana”, se escuchaba por todas partes. La trágica noticia se supo entre las 3 y las 3:15 de la tarde.

Hacia las cuatro de la tarde subían los últimos militares que sostuvieron a última hora el combate con los guerrilleros. Venían sudorosos, tiznados, angustiados y muchos llorando.

Serán las 28 horas de dolor, sangre y muerte más recordadas sin duda para muchos colombianos.

Archivo EL TIEMPO.

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