El sueño 'stoniano' se hará realidad en Bogotá

El sueño 'stoniano' se hará realidad en Bogotá

La llegada de los Rolling Stones es la más rimbombante en la historia de los conciertos en Colombia.

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05 de noviembre 2015 , 08:09 p.m.

“No eres adulto hasta el día en que te entierran... Nunca eres adulto”, concluye hoy un Keith Richards fermentado en alquitrán, nicotina, alcohol y otras sustancias. En días en que todo produce cáncer, el septagenario roquero parece tener respuesta al secreto de la vida eterna: no crecer nunca y permanecer fiel en las filas del rock and roll. (Lea también: Los Rolling Stones en Bogotá: el relato de un fanático)

La frase define además la naturaleza de The Rolling Stones, de seguir actuando en vivo: es el sueño del rock and roll que surgió en 1960, hace 55 años, en un encuentro accidental de dos amantes del blues (Mick Jagger y Richards, excompañeros de colegio) en una estación de tren en Dartford, Kent (Inglaterra). Ambos llevaban discos bajo el brazo, uno de Muddy Waters y otro de Chuck Berry. Eran joyas invaluables que los marineros importaban al Reino Unido desde el otro lado del océano y los vendían en el puerto.

Desde entonces, la banda no ha cedido en su empeño y ahora, por primera vez en esas casi seis décadas, incluye a Colombia en sus periplos: se presentará en Bogotá el 10 de marzo del 2016. Permanecen los cuatro miembros fundamentales desde 1975: los guitarristas Richards y Ronnie Wood, el baterista Charlie Watts y el cantante Mick Jagger, quien es en sí mismo una marca global.

No hay que ser roquero o melómano para hacer memoria y encontrar un recuerdo personal con The Rolling Stones: sea por la cortinilla de la presentación del seriado de televisión Misión del deber, que inmortalizó su canción Paint It Black; o tal vez, por las repeticiones hasta el agotamiento de su canción Angie en las estaciones de radio entre los años 70 y 80, o por los titulares de prensa que los pintaban como la encarnación de todo el desorden y los vicios del mundo (con episodios que iban de lo absurdo, por ejemplo las detenciones por escándalo público, a lo más complejo, como el concierto de Altamont, que por culpa de la pandilla de los Hell’s Angels terminó con un muerto), o simplemente porque su símbolo de la lengua puede ser tan popular como la estampa del Che Guevara.

O sencillamente, porque muchas de sus canciones están en el imaginario colectivo: Sympathy for the Devil, Brown Sugar, Street Fighting Man, Jumpin’ Jack Flash, Gimme Shelter, You Can’t Always Get What You Want, Ruby Tuesday, Get Off Of My Cloud o (I Can’t Get No) Satisfaction, por mencionar apenas algunas.

También porque Colombia conserva lazos insólitos con la banda: su primer mánager, Andrew Loog Oldham, el que los sacó de la escena de conciertos para 50 personas y los puso a rodar en la radio y la televisión, vive desde hace 25 años en el sector de Chapinero, en Bogotá. O el hecho de que en su reciente disco en solitario, Crosseyed Heart, Richards incluyó entre sus instrumentos un tiple colombiano.

Incluso, a través de la historia de Jorge Yepes, un paisa que asegura haber sido mayordomo de Richards durante nueve años y guarda en sus tesoros algunas de sus pipas.

Una piedra en el camino

En 1962, la banda cobró vida oficialmente, emergiendo como The Rolling Stones y dejando atrás las cenizas de una antecesora: Little Boy Blue and the Blue Boys, su primera agrupación.

Ese nombre, y el de The Rolling Stones (que surgió de la canción Rollin’ Stone, de Waters) eran su declaración de principios: estaban dispuestos a dar a conocer el blues, eminentemente americano, en el Reino Unido. Lo que pasara a partir de ahí, sería sorpresa, y fue tan cósmico su éxito que les recordó a las nuevas generaciones estadounidenses de qué se trataba el blues y rescató a las grandes figuras de los años 40 y 50: “Eso no estuvo nunca en ‘la agenda’ ”, recuerda Richards en el documental Keith Richards: Under the Influence, disponible en Netflix.

Por genialidad de los mánagers de la naciente escena pop en los años 60, pareció que los Beatles eran los buenos y los Rolling Stones, los malos, porque esa dicotomía de opuestos resultaba rentable entonces: los jóvenes se iban con unos o con los otros. A los Beatles, Brian Epstein los pintó como muy de su casa, y a los Stones, Oldham los hizo ‘rebeldes’.

De aquella época, Oldham recordó en una entrevista con EL TIEMPO que al crear su imagen “les dije quiénes eran y ellos se convirtieron en eso (...). Pero si en ese momento pusieras a los Beatles en una pelea física con los Rolling Stones, ellos ganarían. Hay que recordar que antes de noviembre de 1962, los Beatles habían tocado ya la mitad de los conciertos que tocarían en toda su vida. Si tocaron 1.000 espectáculos, 500 ya los habían hecho antes de esa fecha; los Rolling Stones habrían dado 100 u 80 antes de que los conociera”, en 1963.

Una primera sesión fotográfica coordinada por Oldham daría pie a entender en qué se estaban convirtiendo: “Hicimos una sesión por la mañana, y no lucían uniformes, nadie lo había pensado, sí tenían unos para televisión pero no los habían llevado en ese momento, y uno de los fotógrafos le susurró a otro: ‘Dios, son sucios’”.

En su reciente visita a Colombia, Ringo Starr, exbaterista de los Beatles, contó que eso de buenos y malos fue lo que corrió en la prensa pero todos eran amigos desde un comienzo: “Nunca nos peleábamos, nos gustábamos y nos apoyábamos (...). Eso sí, nosotros realmente tumbamos más puertas para que nuestra música fuera escuchada que lo que tuvieron que hacer los Stones”.

La historia de las ‘piedras rodantes’ se conjuga hoy en 29 álbumes en estudio, desde el England’s Newest Hit Makers (1964) hasta el A Bigger Bang (2005) y la banda sonora del documental de Martin Scorsese Shine a Light (2008).

Pero también porque son la banda de estadio por antonomasia, con un compendio de giras históricas: Steel Wheels (1990, a la que Los Simpson parodiaron en una escena futurista como Steel Wheelchair 2016 –“silla de ruedas de acero 2016”–), Voodoo Lounge Tour (1995), Bridges to Babylon Tour (1998), Licks Tour (2002), A Bigger Bang (2005 a 2007, que rompió récords con su concierto para dos millones de personas en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro); las recientes 50 & Counting (2013), 14 On Fire (2014) y la actual, Zip Code Tour (2015). El brazo suramericano para el próximo año lleva por nombre Olé.

Tres años duró la negociación para traerlos en 2016, confirmó Luz Ángela Castro, gerente de Ocesa Colombia, que esta vez va en alianza con Move Concerts (anteriormente Evenpro), y con el apoyo del Grupo Aval. La preventa de boletas comienza el próximo 18 de noviembre.

CARLOS SOLANO
Cultura y Entretenimiento
@laresonancia

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