La tuberculosis ya no es tan terrible, pero hay que cuidarse de ella

La tuberculosis ya no es tan terrible, pero hay que cuidarse de ella

Con tratamiento apropiado, la enfermedad es curable, aunque no por ello hay que perderla de vista.

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04 de noviembre 2015 , 11:12 p.m.

Parece una enfermedad romántica, pero en realidad es una catástrofe para quien la padece. Por lo menos era en el pasado; ahora es fácilmente controlable. Se trata de la tuberculosis, antiguamente conocida como tisis, la afección que más personas ha matado en toda la historia de la humanidad. Una dolencia que en la visión del cine y la literatura del siglo XIX acabó confundida con la imagen de la damisela enamorada que tose sangre en un delicado pañuelo: la Margarita Gautier de la novela La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas.

Este personaje se moría de amor mientras su organismo afrontaba el ataque del bacilo de Koch  - aún no identificado entonces- y perdía lentamente la batalla por la vida entre ataques de tos, debilidad, falta de apetito, fiebre, sudores nocturnos y dolor de pecho. Al final no murió de amor, sino como consecuencia de la enfermedad.

Era la primera mitad del siglo XIX, cuando aún no se identificaba el factor que producía la tuberculosis, también conocida en esa época como peste blanca.

Y eso era, una peste que asolaba países enteros. En el siglo XIX y los siglos anteriores, con ciudades hacinadas e insalubres y sus habitantes mal nutridos, eran un caldo de cultivo apropiado para una bacteria que se transmite por el aire, en las gotas de saliva que expele el contagiado que estornuda, canta, llora o ríe.

Muchas heroínas como Margarita Gautier, y también muchos héroes desgraciados del sexo masculino, tuvieron que morir en medio de todos estos malestares sin que se pudiera hacer casi nada para contenerlos.

Décadas después de la muerte del personaje creado por Alejandro Dumas, el alemán Robert Koch descubrió en 1882 el germen causante de la enfermedad. Se trata de la Mycobacterium Tuberculosis, a la que se bautizó en homenaje a su descubridor y que venía evolucionando desde la más remota antigüedad.

Y es que las bacterias fueron una de las primeras formas de vida surgidas en la Tierra y se han adaptado a convivir de distintas maneras con los organismos multicelulares que surgieron después. Una de estas maneras es el parasitismo (cuando un organismo vive a expensas de otro), y un parásito es el bacilo de Koch.

Los bacilos son bacterias cuya forma física puede identificarse con un bastón, un filamento alargado. El de Koch, se cree, existe hace más de tres millones de años, de manera que es más antiguo que la humanidad misma. Por alguna razón, el Mycobacterium Tuberculosis se adaptó a vivir a expensas de los mamíferos, el hombre incluido.

Una vez que la bacteria ha ingresado en el organismo humano, se produce allí una especie de película cinematográfica. El bacilo es detectado por las células del sistema inmunológico, que viajan hasta los ganglios linfáticos ubicados en los pulmones y lo devoran. Luego muestran pedazos del bacilo a sus células colegas, los linfocitos T, que los reconocen como elementos extraños y en consecuencia se multiplican en grandes cantidades y se dirigen a los lugares, tanto del pulmón como de otros órganos, donde se localiza la infección. Allí liberan una proteína que vuelve a los macrófagos (las células defensivas, devoradoras de invasores) más agresivos contra las bacterias.

En los individuos sanos, la consecuencia es que la infección queda controlada, si bien el bacilo de Koch no desaparecerá nunca de la mayoría de los organismos a los que ingresa (a esto se le denomina tuberculosis latente).

Existe, sin embargo, una minoría de entre cinco y diez por ciento de individuos que desarrollan la enfermedad activa y cuyos linfocitos, macrófagos y demás componentes del sistema inmunológico no logran contener el desarrollo de la tuberculosis.

No se sabe cuál es la causa de esto, aunque se identifican factores genéticos de riesgo, asi como la infección por VIH, el cáncer, la diabetes, la drogadicción y, en algunas personas con órganos trasplantados, la utilización de drogas que disminuyen la actividad del sistema inmunológico.

El hecho es que aun en nuestros días la tuberculosis sigue causando unos ocho millones de muertes por año en el mundo. Pese a ello, se puede afirmar que su control es en esencia sencillo: en la mayoría de casos, bastará con prevenir la infección evitando las condiciones de insalubridad que la generan y vacunando a los individuos sanos. La vacuna consiste en la inoculación de una bacteria muy parecida a la que produce la enfermedad, viva pero atenuada. El problema es que existen algunos niños en quienes la vacuna provoca un efecto contraproducente.

Para las personas ya infectadas hay tratamientos generalmente sencillos. Aquellas que aún no han desarrollado la enfermedad, principalmente niños, serán medicadas con un fármaco, usualmente por períodos entre cuatro y seis meses, mientras que quienes sí la han desarrollado deberán ingerir fármacos más potentes hasta por seis meses, con una combinación de cuatro antibióticos. En unos y otros casos los tratamientos suelen ser efectivos, lógicamente si los medicamentos son suministrados con rigor.

A pesar de la romántica imagen de Margarita Gautier muriéndose de tisis –y de amor–, lo cierto es que la tuberculosis es la enfermedad que más nos ha matado a lo largo de nuestra permanencia sobre el planeta. Ahora, con un tratamiento apropiado, la enfermedad es curable, aunque no por ello hay que descuidarse: esa tercera parte de individuos que se infectan no dejan de estar en riesgo de desarrollar la enfermedad activa en algún momento de su vida.

CÉSAR ALZATE VARGAS
Versión periodística del texto 'La tuberculosis humana: consecuencia de la persistencia del microorganismo y el poder del sistema inmune' de Luis Fernando Barrera Robledo, Mauricio Rojas López, Andrés Baena García, Luis Fernando García Moreno. Grupo de Inmunología Celular e Inmunogenética –GICIG Universidad de Antioquia

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