Editorial: Campanazo de alerta

Editorial: Campanazo de alerta

El estancamiento en la disminución de las tasas de pobreza en América Latina es inquietante.

03 de noviembre 2015 , 08:28 p.m.

Propios y extraños coinciden en que se trata del avance más importante de América Latina en lo que va del siglo XXI. Este consiste en la significativa reducción de la pobreza observada en los países de la región, que ha incidido en la expansión de la clase media y en una mejora de los indicadores sociales.

Los números son elocuentes. De acuerdo con cálculos de la Cepal, en 1990 y a raíz de lo que se conoce como la ‘década perdida’, casi la mitad de los latinoamericanos eran pobres al no alcanzar el nivel de ingreso requerido para cubrir sus necesidades de alimentación, vestido o techo. Para el 2002 esa proporción había disminuido al 44 por ciento, una cifra todavía muy alta. En el 2012 el dato cayó al 28 por ciento, ante lo cual las expresiones de entusiasmo abundaron, pues la mejoría parecía irreversible.

Lamentablemente, desde entonces el área entró en una etapa de estancamiento. Si bien el índice de pobreza se mantuvo prácticamente inalterado, hay 167 millones de personas en esa condición. Peor todavía es que, en lo que atañe a la indigencia, ha tenido lugar un ligero retroceso. En concreto, unos 71 millones de individuos –de los casi 600 millones que habitan en esta parte del mundo– no comen de manera adecuada todos los días, para no hablar de otros requerimientos.

El campanazo es especialmente inquietante, a la luz de la desaceleración económica que se siente desde el sur del río Grande hasta la Patagonia. Con muy pocas excepciones, la ralentización empieza a notarse sobre las tasas de ocupación. Hace poco, un comunicado conjunto de la Cepal y la OIT señaló que el desempleo urbano promedio en América Latina se elevaría al 6,6 por ciento este año, seis décimas más que en el 2014.

Aunque el incremento parece menor, es una muy mala noticia. Diversos análisis han demostrado que el acceso a un trabajo digno es el mecanismo más efectivo a la hora de combatir la pobreza, y que los progresos en este campo fueron los que permitieron los avances anotados.

Es verdad que muchos gobiernos ayudaron en la tarea, mediante la adopción de programas de transferencias condicionadas del estilo de Familias en Acción en Colombia. Tales esquemas complementan los ingresos de un hogar a cambio de que los niños vayan a estudiar, pero el estipendio no alcanza a remplazar el salario mensual, pues ese no es su propósito. Además, los tiempos actuales son de estrechez y no hay margen para subir gastos, así exista la voluntad.

Por tal razón, la prioridad en la región debería ser la de impedir que el mercado laboral se deteriore. Lo anterior necesita también una mejor atención hacia las poblaciones vulnerables, pues las mujeres cabeza de familia, al igual que las minorías étnicas, son las que más sienten el látigo de la miseria.

En muchos casos el desafío no es de dinero, sino de buenas políticas. Romper cuellos de botella que limitan la inversión privada o adoptar esquemas más incluyentes es un requisito de la buena administración pública. Quedarse cruzados de brazos o dejarse llevar por la crisis acabará relegando a millones a las filas de la marginalidad, lo que daría origen a una serie de consecuencias perversas en materia social. Debido a ello, hay que escuchar la voz de alarma y reaccionar para que no aumente la pobreza. Todavía no es tarde para hacerlo.

editorial@eltiempo.com

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