¡Sí tenía!

¡Sí tenía!

Uno no sabe quién es hasta que la brutal realidad nos lo demuestra.

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03 de noviembre 2015 , 04:44 p.m.

Uno no sabe lo equivocado que puede estar sobre lo que uno cree ser. Según Charles Cooley, la conciencia que uno tiene de sí mismo proviene de lo que los demás piensan y hablan de nosotros. Es decir, nosotros nos vemos como los demás nos ven: el yo reflejado. Pero uno no sabe quién es hasta que la brutal realidad nos lo demuestra. Por ejemplo, yo siempre creí tener explicación de por qué mi amigo Ricardo era un hombre tan cáustico, frío e indiferente, pero hace unos días los hechos de la vida nos han demostrado lo equivocados que estábamos él y yo, es decir, yo como espejo y él como persona.

Ricardo me contó la experiencia de su cateterismo en la Fundación Cardioinfantil. Según él, los prejuicios que tenía sobre la pésima atención de nuestras instituciones de salud cayeron por el suelo. Al entrar a esas instalaciones, deambulando por los corredores, tenía el aire de perdido, pero, inmediatamente, con amabilidad y paciencia, se topó con dos médicos que le indicaron el camino que debía seguir. Encontró que el registro en la clínica era amable, rápido y eficiente.

Después lo condujeron al área de preparación, donde lo atendieron un médico y dos enfermeras. Una de ellas, “con gran tranquilidad y amablemente”, como dice el tango, le afeitó el área de la ingle, mientras le “chamuyaba de pavadas”. El doctor tomó nota de los males de Ricardo y le explicó con claridad de qué se trataba lo que le iban a hacer. En la sala donde lo debían tratar, lo recibieron una enfermera jefe, una auxiliar y el doctor E. Mi amigo estaba admirado del trato que recibía.

Parece ser normal que los pacientes hablen como aparecidos cuando les están hurgando las arterias para hacer el cateterismo. Ricardo no fue la excepción, y a la cortés pregunta que le hicieron (algo así como qué hora era), se explayó sobre su nacimiento, los lugares en que había vivido, los trabajos que había ejercido y ejercía; en fin, una retahíla sin fin de nombres de personas, de hechos y de absurdos de la vida. Tanto habló que se excusó con el doctor. Este le dijo que no se preocupara, que ahí se veía de todo. Un mariachi se la había pasado cantando rancheras durante todo el procedimiento.

El doctor E también fue comunicativo con Ricardo, un poco para calmarlo, pues el tipo de pacientes como mi amigo se parecen mucho a los condenados que están en el pabellón de la muerte: parecen tranquilos pero sienten que van a morir. De tanto hablar descubrieron que tenían una amiga en común, Claudia, que vive en Florencia. Al terminar, Ricardo dio las gracias por el excepcional tratamiento recibido. Ellos sonrieron, pues lo que hacían les parecía lo más normal del mundo.

En su casa, Ricardo, que no sabía muy bien lo que era un cateterismo, abrumó a su esposa y a su hijo, elogiando la atención recibida. Pero cuando leyó el informe de los médicos quedó mudo con la sorpresa. ¡Según todos los exámenes, Ricardo tenía corazón!

Me llamó inmediatamente para despotricar de todos los que siempre le habíamos dicho que era un hombre sin corazón y que esa carencia explicaba sus diatribas y ácidas críticas a la sociedad, a la injusticia y la desigualdad y su odio a los que nos engañan con publicidad e informaciones erróneas. “No”, me dijo, “lo mío no es por no tener corazón. Yo creía que era como John Smith McCullagh, el de esa novela de culto que nunca has leído. En ella los niños le cantan ‘Si naciste sin corazón en el pecho...’. Yo no tengo que demostrar nada. No tengo que contagiarme del mal de Chagas para que me crezca el corazón. Lo tenía ahí, y el cateterismo lo demostró. Lo tengo, y muy grande y muy bueno”. Ricardo no volverá a creer en la imagen que le damos de su falta de corazón.


Carlos Castillo Cardona

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