Con los pies en la tierra

Con los pies en la tierra

El ecologista norteamericano, autor de El mundo sin nosotros, habló con BOCAS.

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03 de noviembre 2015 , 02:58 p.m.

¿Qué pasaría en el mundo si de un momento a otro los humanos desaparecieran de la faz de la tierra? Esa pregunta convirtió a Alan Weisman en un ecologista famoso en el mundo entero. Sucedió en el 2007, cuando publicó el libro El mundo sin nosotros. Para escribirlo, habló con químicos, biólogos y expertos en genética evolutiva, y averiguó cómo la naturaleza recuperaría poco a poco el terreno de Nueva York si se hiciera real aquel caso hipotético.En su investigación descubrió, por ejemplo, que si nadie se encarga de bombear el agua que se acumula en los túneles del metro, estos se inundarían poco a poco y veinte años después la avenida Lexington colapsaría y se convertiría en un río que atravesaría Manhattan. El libro fue un éxito: tuvo 34 traducciones y The New York Times lo calificó como el mejor libro periodístico de 2007.

Durante la década de 1990, Weisman fue un reportero trotamundos. Publicó artículos científicos para varias revistas estadounidenses como las dominicales de The New York Times y Los Angeles Times, Harper’s y Discover. Ahora se dedica a proyectos más largos y alterna temporadas de viajes frenéticos con largos períodos de escritura. Después de El mundo sin nosotros publicó La cuenta atrás, un libro que explica las causas de la sobrepoblación mundial y las políticas que hay alrededor del mundo para reducirla.

Decidió dar la entrevista en español. Habla lento pero fluido y a veces hace pausas largas hasta que encuentra la palabra correcta. Sus cejas largas y su expresión, siempre seria, contrastan con una personalidad abierta y relajada.

No venía a Colombia hace siete años, pero aceptó una invitación para participar en el Encuentro de las Américas frente al Cambio Climático. Pasó unos días con su esposa en una finca cerca de Villa de Leyva y aprovechó para volver a ver viejos conocidos. Weisman tiene algunas raíces en Colombia: durante la década de 1990 hizo varios reportajes sobre la biodiversidad y la guerra contra las drogas. También, con su colectivo de periodistas Homelands, produjo programas de radio sobre los floricultores de la sabana de Bogotá y la guerrilla del Quintín Lame. Y escribió Un pueblo llamado Gaviotas, un libro sobre un experimento social y tecnológico que convirtió un lugar en medio de los llanos del Vichada en una comunidad autosostenible.

En la cafetería de su hotel –una casa en Chapinero que también funciona como librería– se acerca una joven a nuestra mesa. Le dice que es bióloga: “Qué pena, estaba escuchando la conversación y quiero saber su nombre”. “Te agradezco mucho por ser bióloga”, le responde. “Yo no soy experto en nada: busco a gente como ustedes, expertos. Y mi trabajo es interpretar sus investigaciones de una forma amena para los demás y también para mí mismo. Eso es lo que intento con mis libros. Si alguno de mis lectores encuentra inspiración para trabajar por un futuro mejor, escribir todo esto vale la pena”.

La primera vez que vino a Colombia quedó en medio de un bombardeo del Ejército. ¿Cómo fue eso?

Fue en 1988. En ese entonces había tres temas que salían en los periódicos norteamericanos sobre Colombia: café, drogas y violencia, pero yo quedé impresionadísimo con el país y le propuse a un editor mío en la revista dominical de The New York Times hacer un perfil de Colombia. Para retratar un país tan complicado necesitas un símbolo y me recomendaron el parque nacional de La Macarena. Encontré un bosque maravilloso lleno de especies que nadie ve en este mundo, y cada tanto dejaba de haber árboles, aparecían el cielo arriba y abajo plantas de color verde limón: era coca.

¿Finalmente los bombardearon?

Lo que pasó es que un día se nos hizo tarde para pasar por unos rápidos de un río y el lanchero nos propuso quedarnos en su choza y cruzar al otro día. Por la mañana amanecí con el sonido de helicópteros y bombarderos, aviones donados por mi país para luchar contra la droga y los comunistas. Estuvimos doce horas quietos, bajo techo, y al final uno de los guías –imagínate, un guerrillero que tenía 16 años y ya llevaba cinco en la guerrilla– salió corriendo, fue al campamento y le dijeron: “¿Sigue con el periodista? ¡Creíamos que estaban muertos! ¡Sáquenlo ya de acá!”. Durante un espacio de tranquilidad salimos corriendo, pero un helicóptero nos vio y estaba tirándonos bala y nosotros ahí, echando clavados en la selva, cubiertos de lodo. Finalmente llegamos al río Duda, encontramos una trocha y un cocalero con una mula. Y así salimos: 17 horas de marcha. A ese cocalero le debo la vida.

¿No le daba susto ir a La Macarena?

Cuando yo le pregunté al director de Parques Nacionales a qué lugar de Colombia debía ir, me dijo: “La Macarena, pero no puedes poner un pie allá”. El último norteamericano que había ido era un biólogo que secuestraron. Yo necesitaba un salvoconducto: entré con un agrónomo que había estudiado en la Unión Soviética y que tenía contacto con la guerrilla. Cuando estábamos en la selva llegó un escuadrón de ocho guerrilleros, nos pidieron que los acompañáramos al campamento y cuando llegamos me encontré rodeado por 350 guerrilleros, hombres y mujeres, en un silencio profundo. De repente sale uno y dice: “Bienvenido señor Weisman, periodista del Times de Nueva York, que le va a contar al mundo la nobleza de nuestra lucha y que este tesoro biológico, que el gobierno ignora, lo cuidamos nosotros”. Era “Raúl Reyes”. En esa situación no haces otra cosa que saludarlo. Y durante dos días discutimos sobre política. Yo no represento a mi país, yo lo critico mucho, pero yo era el único norteamericano que muchos de esos guerrilleros habían visto en su vida. Cuando seguí el viaje le dije: “¿Si ustedes están cuidando tan bien este tesoro, por qué veo tanto bosque talado para sembrar coca?”.

¿Y él qué le dijo?

Que a ellos les interesaban todas las especies del mundo, pero por encima de todas estaba el ser humano. Y que la única manera de sobrevivir para los campesinos era sembrar coca. A mí muchos cocaleros me habían dicho que cada mes tenían que vacunar la guerrilla con el 10 % de sus ingresos, pero en esa situación yo no le discutí.

¿Desde esa época ya tenía claro que lo ambiental y la economía siempre están conectados?

Eso lo aprendí con los ecólogos, con quienes andaba al principio de mi carrera periodística. Entendí que todos los acontecimientos se conectan y siempre volvemos a la tierra. Mira por ejemplo la migración: es un tema ecológico porque los seres humanos, por encima de la educación y la evolución, somos mamíferos que buscamos recursos. Yo lamento mucho la tragedia de Siria, pero para mí no es sorpresa: hace cinco años empezó una sequía en Oriente Medio y muchas personas abandonaron sus fincas, donde cultivaban antes. Fueron a las ciudades, y una ciudad sobrepoblada y sin empleo es una oportunidad magnífica para los extremistas.

Lleva casi treinta años escribiendo sobre la ecología y el ambiente. ¿Desde niño le gustó la naturaleza?

Yo nací en una ciudad hermosa, Minneapolis. Es una ciudad lacustre, hay lagos por doquier y crecí pescando, nadando. Cuando tenía seis años nos mudamos a la orilla de la ciudad. Fue en los cincuenta, no había muchas casas en aquel entonces. Luego se volvió un suburbio, pero me acuerdo de que había un humedal. Mi papá fue soldado durante la Segunda Guerra Mundial y trajo muchas cosas capturadas de los alemanes, entre esas unos binoculares que pesaban una tonelada. Yo todavía tengo el primer libro que compré en la vida: una guía de pájaros. Y todos los días yo estaba ahí, en el humedal, con mis amigos, viendo pájaros de varias especies y también venados. Yo pensé que iba a ser científico, o más bien ornitólogo.

¿Y entonces cómo terminó de periodista?

Llegando a finales del bachillerato no tenía ni idea de lo que iba a hacer con la vida. En el año 68 hubo una protesta muy famosa, durante la convención de los demócratas en Chicago. Yo estuve allí protestando contra la guerra de Vietnam y todo eso. Muchos estudiantes fueron capturados, los acusaron de revolucionarios y de conspirar para acabar con Estados Unidos, y unos abogados muy valientes los defendieron. Entonces tomé el examen para estudiar derecho y me fue demasiado bien, podía entrar a cualquier escuela que quisiera. Escogí Berkeley, que era la más progresista en aquel entonces, todos los abogados que yo admiraba eran de allí, pero cuando empecé, fue como entrar a un entierro porque odiaba estudiar derecho. Por ser muy inocente y necio pensé: “En vez de pasar todos estos años escribiendo sobre un caso legal, voy a hacerme periodista”, y de milagro recibí una beca. Pero yo siempre digo que mi formación como periodista se la debo a los ecólogos, porque ellos me enseñaron que todo en este mundo está conectado y que hay que entender las conexiones, no los hechos aislados.

Volviendo a Colombia: ¿Es verdad que estuvo presente en una fumigación con glifosato?

¡Me rociaron a mí! Es que cuando comenzó el programa de fumigación patrocinado con dinero de Estados Unidos, yo, por haber viajado en la serranía de La Macarena, me di cuenta de que iban a estar rociando dentro de bosques. Y eso me preocupaba mucho. Hablé con los editores de Los Angeles Times y les dije que necesitaba escribir sobre eso. Entonces vine a Colombia, hicimos entrevistas en la Embajada de Estados Unidos, con el Ejército colombiano y con el Gobierno. Eso fue en la época de Samper, en 1995. Fuimos con el Ejército en unos helicópteros sin puertas por encima del bosque del Guaviare y ellos con las ametralladoras de 25 milímetros tirando balazos cada tanto hacia el bosque.

¿Cómo? ¿Disparaban porque sí?

Sí, decían que para espantar a la guerrilla que estaba metida. Era absurdo. Volvimos a Bogotá, yo tomé un avión a San José del Guaviare y luego fui en carro hasta un pueblo que se llama Calamar. Eso quedaba muy cerca de las plantaciones, entonces fui con los mismos cocaleros que había visto desde el aire y llegaron las avionetas otra vez. Yo estuve con ellos mientras rociaban. Y me contaron que realmente no los afectaba porque la coca crece en la época de lluvia, entonces las hojas se limpian. Y posteriormente fui al Huila, con los amapoleros. Seis horas en mula por la cordillera Central desde Neiva. Quería comprobar algo que me había dicho un biólogo de la Universidad Nacional, Jesús Idrobo. Él era un genio. Yo me entrevisté con él antes de empezar todo y me dijo: “Alan, vas a ver lo que sucede con el glifosato en la zona de las amapolas: cuando se mezcla con la tierra y se degrada, se convierte en abono”.

¿El glifosato servía como abono?

Sí, es un hongo, y no les hace daño. Me mostró las pruebas en su laboratorio y me dijo: “Ve a ver qué te dicen los amapoleros”. Entonces subí con ellos seis horas en mula y me dicen: “¡Norteamericano! Por favor, queremos agradecerles a ustedes porque están abonando nuestros cultivos”.

Y los problemas de salud relacionados con las fumigaciones…

No se investigaban. Ahora se dieron cuenta de que tienen relación con algunos tipos de cáncer y con malformaciones, pero entonces no.

¿Tiene alguna otra aventura en Colombia?

Cuando volví a Estados Unidos después de hacer este reportaje para Los Angeles Times y le entregué cuentas al periódico, me llamó la contadora y me dijo: “¿Aquí dice algo sobre clavos para herraduras de mula?”. “Sí, tuvimos que ir al herrero”. ¡Ella no podía creer que mi transporte hubiera sido una mula!

Uno de sus reportajes en Colombia terminó siendo un libro: Un pueblo llamado Gaviotas, que sucede en los llanos orientales.

En Bogotá, en Ciudad Bolívar, yo había visto cultivos hidropónicos: la gente estaba cultivando lechugas y otros vegetales no solo para el autoconsumo, sino también para venderle a Carulla, y me explicaron que la tecnología era de Gaviotas. Lo que más me impactó cuando fui a los llanos fueron los molinos de viento, con unas aspas insólitas que se mueven con la brisa y resisten una tormenta tropical; y los árboles, porque en el llano hay solo arbustos, pero alrededor de Gaviotas lograron que creciera un bosque. Pero yo no quería escribir un libro sobre Gaviotas. Saqué un documental en radio que fue repetido muchas veces porque a la gente le encantaba y un artículo para la revista dominical de Los Angeles Times. No me quería repetir, pero me puse a pensar que había algo superimpactante que no había podido describir por falta de espacio: que Gaviotas se había logrado rodeado de tantos problemas, narcotráfico, guerrilla, paramilitares, esmeralderos con sus ejércitos de autodefensa… ¡Para llegar a Gaviotas pasabas tantos retenes y no te dabas cuenta de quiénes eran esas personas! Y al final de cuentas, para mí, Gaviotas se había convertido en un símbolo de esperanza en la mitad del infierno, un símbolo de lo que nos falta en el mundo.

Cuénteme de su viaje a la Antártida. Fue uno de los primeros reportajes que habló sobre el incremento de radiación ultravioleta por el agujero de la capa de ozono.

En 1991 había ido a Punta Arenas, Chile. Yo estaba en Costa Rica, tenía una radio de onda corta y escuché el reportaje de un científico preocupado por el crecimiento del agujero, que producía quemaduras en la piel de los niños y había ovejas ciegas... Hicimos la investigación y la gente no estaba convencida porque no había muestras estadísticamente significativas. Ocho meses después me comuniqué con la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos porque tienen un programa de llevar periodistas a esas zonas donde hacen estudios, y pude ir a la Antártida. Un viaje increíble entre témpanos hasta una base que tiene Estados Unidos. Allí me encontré con unos científicos brillantes que habían hecho un estudio: colocaban muestras de bacterias E. coli y comprobaron que cada vez que el agujero pasaba por encima se incrementaba su reproducción.

Y hay otro viaje suyo que me interesa: el que hizo a las ruinas de Chernóbil, en 1993.

Me invitaron unos ecólogos de la Universidad de Oregón. Lo que pasó fue que tres años después de la explosión descubrieron que durante el incendio hubo unas nubes que se llenaron de radiación, y cada vez que las nubes iban hacia Moscú el Ministerio de Meteorología de la Unión Soviética mandaba aviones con dióxido de carbono congelado para hacerlas llover. Llovió exactamente en una zona donde se unen Rusia, Bielorrusia y Ucrania. Y un físico ucraniano, haciendo su doctorado, encontró que esta zona era aún más contaminada que los alrededores de Chernóbil. La Unión Soviética había tapado todo… ¡Y la gente ahí vivía! Y como si eso fuera poco, esa zona era una despensa de cereales, sembraban trigo y maíz. La idea de estos ecólogos norteamericanos era crear cultivos que tienen la tendencia de chupar la radiación de la tierra. Ellos necesitaban un periodista que cubriera este tema. Me llevaron a la planta y posteriormente fuimos al sitio, y yo recorrí el sitio contaminado con el físico que lo descubrió. Él ya padecía de leucemia, se había enfermado por hacer su estudio.

Pero en El mundo sin nosotros usted escribe sobre la recuperación de los bosques en los alrededores de Chernóbil y en Pripiat, la ciudad que fue evacuada después de la explosión. ¿Desde esa época tenía la pregunta de cómo sería un mundo sin humanos?

No, El mundo sin nosotros fue 15 años después del viaje. Todo empezó porque me llamó una editora de la revista Discover y me encargó un texto sobre cómo sería el mundo sin seres humanos. Escribir sobre una crisis ecológica global deprime a los lectores, ellos se espantan y piensan: “¿Por qué voy a pasar mis horas preciosas de ocio leyendo esto si dice que me voy a morir?”. Pero cuando estaba hablando con ella me di cuenta de que acabando con la gente, acabaría con ese problema: el fin de los humanos era un hecho cumplido y quedaba el espacio de pensar qué pasaría en el futuro.

Entonces ese viaje no tuvo que ver…

Cuando estaba haciendo la investigación le pregunté a esa editora cómo se le había ocurrido la idea. Me dijo: “Tú me la diste”. Ella había leído mi artículo sobre Chernóbil y en ese momento había pensado que era lo más depresivo que había leído en su vida, pero al pasar los años lo que recordaba era cómo en los pueblos brotaba tanta naturaleza que hasta se tragaba las casas, y llegaban a vivir animales porque ya no había cazadores o gente para espantarlos. Ella pensó que si eso puede pasar en la zona más contaminada del mundo, hay posibilidad de que se sane la naturaleza en cualquier parte sin los seres humanos.

¿Por qué eligió hacer el experimento en Nueva York?

Es una ciudad que todo el mundo conoce, o ha estado, o ha oído a sus parientes que están o la ha visto en el cine. Todos saben cómo se ve Nueva York. La idea de un casco de concreto que se podía convertir en un bosque era fascinante. Realmente yo no lo sabía hasta que hablé con biólogos del jardín botánico de Nueva York, con científicos de varias universidades, con ingenieros civiles que me contaron qué pasaría con los edificios…

¿Y fue fácil que los científicos ayudaran con la investigación?

¡Completamente! Ellos decían: “¡Qué interesante! ¿Qué pasaría?”. Y les comenzaron a dar vueltas las ruedas cerebrales. Fue una explosión de ideas. Cuando empecé el libro ya tenía una base de entrevistas, había hablado con grandes ecólogos como Ed Wilson, de Harvard, que me contó cómo los caballos podían regresar a su forma original; los biólogos del jardín botánico de Nueva York me explicaron que los vegetales mansos que hemos desarrollado, como la zanahoria, regresarían a su condición silvestre, que es comestible, pero es muy amarga. Cada persona me decía: “Habla con este otro tipo, ve a este lugar”, entonces yo le escribía un correo a cada persona y le explicaba exactamente lo que estaba haciendo. Nadie me dijo que no quería hablar conmigo, todo el mundo me respondió.

En sus libros usted habla de biología, de genética… ¿Cómo hace para que cualquier lector entienda conceptos complejos de ciencia y ecología?

En mis libros hay cantidades de personas. No me enfoco en los datos, sino en los científicos. Es porque las personas que leen esos libros necesitan identificarse con alguien. Es muy difícil identificarse con un hecho, o con un animal. Pero con otro ser humano, con un científico, sí se van identificando y les entienden y les creen.

¿Cuál es el peor problema ambiental que hay en este momento en el planeta?

Lo voy a poner de este modo: en este momento hay 7.200 millones de personas y hay muchos problemas ambientales. Si tuviéramos la mitad de la población, tendríamos la mitad de esos problemas.

Su último libro, La cuenta atrás, es toda una investigación sobre las causas de la sobrepoblación. ¿Hay alguna solución?

Empecé esta investigación porque me encontré con un dato impresionante: cada cuatro días nacen un millón de seres humanos. El problema con investigar sobre población y demografía es que a nadie le gusta hablar de eso: la idea de crecimiento perpetuo para muchos economistas es casi una religión. Y nos choca que alguien nos diga que frenemos. El mismo día que firmé el contrato del libro fui a la oficina de Naciones Unidas para saber cómo debía proceder y salí muy asustado: tuve que ir a Israel y Palestina porque son lugares que demuestran que la demografía es un problema de poder cultural, de imponerse ante los otros; fui a Filipinas, a Tailandia… Al final recorrí 21 países. Y más que las políticas que mandan tener un solo hijo, como las de China, lo importante es educar. Sobre todo a las mujeres. A medida que las mujeres tengan más acceso a la educación, tendrán menos hijos.

¿Cuál es la peor crítica que ha recibido por haber dicho que se necesita controlar la población?

Curiosamente no han sido muchas. Cuando publiqué La cuenta atrás pensé que iba a recibir un montón. Saqué un seguro porque creía que me iban a llover las demandas. A veces recibo correos llenos de odio, la mayor parte de cristianos extremistas que dicen: “Esto está contra la ley de Dios”, “Este tipo defiende el aborto”, y me condenan al infierno. Yo respondo a todas las cartas de una manera respetuosa porque si una persona se preocupa tanto por algo que yo he escrito… o sobre algo que se imagina que yo he escrito porque creo que ellos ni siquiera han leído el libro, hay una posibilidad de que se den cuenta de que no soy el diablo encarnado, sino una persona inquieta por todos, inclusive por ellos mismos. Mi idea fue hablar con muchas autoridades religiosas para buscar dentro de sus creencias algo que justifique u obligue la conservación de este mundo.

¿Y usted tiene hijos?

Teníamos una hija que murió en la infancia, después unos abortos espontáneos y llegamos a un tiempo en que ya no… Pensamos en adoptar, pero las agencias de adopción en Estados Unidos le tienen miedo a una pareja donde alguno viaje mucho. Lamentablemente no tengo hijos. Es una tristeza enorme. La dedicatoria a El mundo sin nosotros es a ella: “A Sonia Margueritte, con amor permanente desde un mundo sin ti”.

Me imagino que a veces le dicen que cómo se atreve a criticar si usted no tiene hijos…

Yo no quiero que la gente no tenga niños, yo quiero que tenga un hijo o tal vez dos, porque dos es la tasa de reemplazo. Y cuando las personas entienden que no tiene nada de malo tener dos hijos se tranquilizan, no sienten la presión horrible de un sistema draconiano como el de China. Y muchos de ellos de todas maneras no tienen más que uno.

Después de haber escrito tantos artículos y libros que denuncian los daños ambientales, debe ser imposible no tener al menos algo de desaliento. Lo que quiero preguntar es si aún usted conserva algo de esperanza en los seres humanos.

Ay, Dios. Mira: tarde o temprano nos vamos a extinguir. Les pasa a todas las especies del mundo. Yo comencé El mundo sin nosotros porque estaba muy preocupado por el mundo. Eso se acabó, yo ya no tengo ninguna preocupación por el mundo, porque el mundo va a estar muy bien. Pero yo soy un ser humano y escribí este libro porque quiero que nuestra especie no se extinga demasiado temprano. Anteayer estuve en Monserrate. No venía hacía siete años a Bogotá y vi copetones cantando y algunos de los colibrís tan maravillosos que ustedes tienen. El mundo no está tan feo, hay mucha belleza por todas partes. Y tanto como los copetones o los otros pájaros, también cantamos nosotros. Los humanos aportamos mucha belleza a este mundo: el arte, la cultura, la música…, esas cosas justifican nuestra presencia en el mundo. Pero tenemos un dicho en inglés: too much of a good thing [demasiado de algo bueno]. Como ser humano yo no podría vivir en un mundo sin música y arte, tanto como no podría vivir en un mundo sin árboles.

JOSÉ AGUSTIN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 46 - OCTUBRE 2015

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