Urgencia de memoria

Urgencia de memoria

Es inexplicable que la historia haya desaparecido de nuestros currículos escolares y universitarios.

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02 de noviembre 2015 , 08:29 p.m.

Un tema recurrente en series televisivas es el individuo que después de alguna situación traumática aparece en algún lugar que le resulta imposible reconocer, de la misma forma que no es capaz de dar razón de su identidad, de sus vínculos personales o de las circunstancias previas a la pérdida de la memoria. No sabe si era un santo o un asesino...

Alguien así no es nadie. No tiene nombre, no recuerda su experiencia, no puede afrontar la realidad con conciencia de las implicaciones de su acción, no es capaz de distinguir límites que le den un horizonte ético.

A las familias, las comunidades, los pueblos les ocurre lo mismo. Por esto, arrancar de sus lugares de asentamiento a grupos humanos, desplazándolos y dispersando a sus integrantes, implica arrancarles la memoria de los aprendizajes colectivos hechos durante generaciones, se les arrebatan sus tradiciones y prácticas de supervivencia, se los arruina como seres humanos. Todo desplazamiento forzado constituye un crimen enorme contra la humanidad.

En este momento, cuando se fortalece la esperanza de llegar a un acuerdo de paz con las Farc, la memoria adquiere un valor enorme y así se ha establecido en las conversaciones de La Habana. Es indispensable acercarse más y más a la comprensión de lo que nos ha ocurrido, entender qué circunstancias han llevado a tantos seres humanos a degradarse hasta llegar a los límites de crueldad más extremos, recuperar en lo posible la memoria de los cientos de miles de desplazados que quedaron como ánimas en pena buscando una raíz durante décadas.

Tanto los agresores de todos los lados del conflicto como las víctimas tienen sus propias versiones y recuerdos convertidos con frecuencia en odio y deseo de retaliaciones eternas. Todas esas historias tienen que salir a la luz y convertirse gradualmente en un patrimonio de todos, un espejo en el cual podamos reconocer nuestros lados más oscuros para poder defendernos de ellos, para no repetir nunca lo ocurrido. Pero también donde tengamos la oportunidad de encontrarnos con lo mejor de nuestro pasado, con las grandes virtudes de nuestra gente y las bases construidas para dar pasos a un futuro más próspero y más civilizado.

Conocer de dónde venimos, saber cómo se han construido nuestras instituciones, comprender el proceso de nuestra economía y la manera como se fue distribuyendo la tierra y la riqueza son tareas ineludibles en la construcción de la identidad y en la consolidación de una democracia real que permita el ejercicio consciente de la ciudadanía.

Por supuesto, Colombia no es un punto aislado en el mundo. Somos parte de una enorme América Latina que, a pesar de su origen común, no logra integrarse para competir en el concierto mundial. Pero somos también herederos de una lengua, una religión y una cultura que nos llegaron del otro lado del océano, y allá han vuelto cientos de miles de compatriotas en una especie de reconquista inversa.

En fin, sin historia no tenemos memoria, no logramos ser un pueblo, una comunidad, una cultura de la cual seamos parte real, en vez de ser con tanta frecuencia individuos aislados que migran a otros lados con un alma vergonzante.

En este contexto, es inexplicable que la historia haya desaparecido hace tanto tiempo de nuestros currículos escolares y universitarios sin que nadie se haya tomado el trabajo de revivirla dándole la importancia que merece. La lengua y la historia –Historia, no ciencias sociales, sino historia– son los pilares de la identidad, los ejes del desarrollo de la democracia, de la paz y de la cultura. La memoria que nos hace ser lo que somos, que nos permite tener los referentes de nuestro destino, no es una competencia de esas que evalúan el Icfes o la Ocde, pero sin ella no se forma la base de humanidad que requiere todo lo demás.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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