El Willy, un carro que pasó de la guerra al lujo

El Willy, un carro que pasó de la guerra al lujo

Este vehículo, que llegó hace 67 años al territorio nacional, hoy es una verdadera joya.

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02 de noviembre 2015 , 03:46 p.m.

Cada día son menos los profesionales de la mecánica y metalurgia que tienen el conocimiento para restaurar y reparar a la perfección los primeros camperos que llegaron al territorio colombiano.

Se trata de los Willys, máquinas todoterreno que despertaron afecto entre los años 60 y 90 por su capacidad de carga, rudeza y fiabilidad. Ellos pasaron de ser utilitarios, donde se transportó más del 70 por ciento de la carga (café y plátano) que se producía en los pueblos, a vehículo para restaurar y convertir en objeto de lujo que se exhibe, actualmente, en desfiles y caravanas dentro y fuera de la ciudad.

Gustavo Llano, mecánico experto hace 48 años en Willys, explica que esto sucede gracias al amor que la gente tiene por estos vehículos. En la mayoría de los casos heredados de una generación a otra, porque les recuerda los paseos y salidas con sus padres o abuelos, un asunto romántico que supera otros detalles como la poca comodidad que ofrecen, especialmente cuando se trata de suspensión.

El reto es que todavía hay muchos propietarios que sueñan con invertir su dinero en su viejo “amigo de cuatro ruedas”, antes que comprar una camioneta último modelo que podría ser mucho más suave al conducir, pero no tan representativa del estilo de vida que ofrece el Willy.

La dificultad radica en que hoy en la ciudad no tienen muchas opciones para elegir taller, porque el conocimiento se ha quedado en una misma generación que ya ha envejecido y los más jóvenes parecen no importarles el futuro de estos trabajadores incansables con corazón de combustión interna.

Llano agrega que hay personas tan gomosas que están dispuestas a invertir hasta 50 millones de pesos para lograr verlos igual o mejor que cuando salieron de la fábrica.

Sergio Pérez, metalmecánico experto en Willys, anota que su trabajo se ha centrado en desarrollar las piezas que tienen mayor desgaste como la silla del piloto o el soporte de la carpa desde hace 20 años y su trabajo es tan buscado que solo con las recomendaciones de los clientes y el voz a voz ha sido suficiente para copar toda su capacidad laboral dentro del taller.

“Es que muy poco son capaces de desarrollar las piezas con tanta minucia como yo lo hago y por eso es que tengo más de 300 clientes que me buscan, para que yo les ayude con sus camperos”, agregó Pérez.

En esos todoterrenos se construyó la abundancia cafetera de los municipios de Caldas, Risaralda, Antoquia y Quindío gracias a la fidelidad y tranquilidad que ofrecían estos compañeros de viaje cuando el pavimento se acaba y comienza la trocha, sin importar la hora o las condiciones climáticas que hiciera.

Se calcula que cerca de 40.000 unidades circularon por los lodazales y lomas más pronunciadas de las fincas cafeteras en todo el territorio nacional, en algunas oportunidades con más de 1.300 kilos de carga sobre ellos.

Esto lo convirtió en un verdadero campeón que con los años fue saliendo de circulación. La mayoría porque cumplió su ciclo de vida útil o porque tras un accidente quedó pérdida total. Actualmente la cifra de estos, que aún están en funcionamiento, es menor a 10.000 unidades.

Mario Martínez, mecánico ayudante de Llano, explica que aunque el costo de las primeras máquinas creadas para la guerra a mediados de la década de los 40, fue de 800 pesos, una cifra irrelevante hoy su precio ha crecido tanto que algunos propietarios se vanaglorian de haber recibido ofertas de 100 millones de pesos por sus carros y rechazarlas sin dudarlo dos veces.

A lidiar con los Willys

Quienes hoy se han convertido en expertos no se hicieron de la noche a la mañana. Estos hombres necesitaron años para lograr perfeccionarse y evitar los errores gracias a la búsqueda permanente de nuevo conocimiento con manuales, libros y herramientas.

Llano recuerda cuando en 1967 compró su primer Willy, el que pago a punta de trabajo porque, según aclaró, “plata no había, pero ganas de luchar y salir adelante sí”. Entonces apuntó todo en la cara blanca de un cartón de cigarrillos y dos años después de luchas, esfuerzos y jornadas extenuantes, el carro hacía parte de sus activos.

Recuerda a un tío que era mecánico y piloto que le enseñó algunos trucos para bajar y desarmar el motor, reparar las piezas y volverlo a ensamblar. Pero no se quedó solo en teoría y dispuso de su bien más preciado para convertirlo en laboratorio de prácticas y asegurarse de que su trabajo autodidacta si había logrado éxito en la lección.

Diez años después, Llano recuerda que fue tal la confianza que depositaron en él sus clientes, amigos y hasta familiares que tuvo 12 motores desarmados al mismo tiempo. Una tarea titánica que logró cumplir con éxito pero que hoy no estaría dispuesto a repetir.

Sergio Pérez aprovecho su conocimiento metalmecánico para ir un poco más allá y lograr una transformación mayor, pasando de un estilo clásico a un vehículo rodster donde puso su propia firma, porque acomodó mayor número de muelles para lograr una suavidad mayor y otros detalles como las luces o parachoques

Vale la pena destacar que no solo los mecánicos sino también la industria nacional se ha preocupado por el futuro de estos vehículos y algunos empresarios comprometidos se han dedicado a recuperar los moldes de muchas piezas para poder hacerlos en el país, evitando la importación y, por tanto los elevados costos del dólar, tal como hasta el momento lo ha hecho Carlos Arango, propietario de la empresa Crometal ubicada en el municipio de Dos Quebradas.

DAVID SÁNCHEZ MEJÍA
EL TIEMPO
MEDELLÍN

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