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El arte del periodismo

Si seguimos leyendo a Hemingway y a Fitzgerald es porque el arte está ahí.

HERIBERTO FIORILLO
Gay Talese regresó a nuestro país, como orador central de la entrega de los premios de periodismo Simón Bolívar. No he leído aún su discurso, pero Talese concedió aquí una interesante entrevista a Julio César Guzmán, en la que reitera la importancia del periodismo, sobre todo cuando es literatura, es decir, crónica, reportaje, perfil bien escrito, presentado de manera adecuada. Entonces puede ser una forma de arte, dijo él, el arte del periodismo.
Un buen narrador, según Talese, sabe crear y describir personajes reales en un texto de cierta atemporalidad, que pueda conservarse y releerse siempre gracias a su gran calidad. Le gustan las frases largas, melodiosas, de estructura compleja. Le repugna la idea de construir narraciones destinadas al olvido. Si seguimos leyendo a Hemingway y a Fitzgerald es porque el arte está ahí. Porque una buena historia nunca muere.
A principios de los 60, Gay Talese y Gabriel García Márquez no sabían de la existencia del otro ni conocían sus historias, pero ya ambos habían descubierto similitudes benditas entre la edición y la sastrería. Talese lo intuyó desde niño en el taller de sus padres, sastre y modista, italianos de Nueva Jersey, mientras que Gabo verificó con seguridad el parecido frente a la rotativa de ‘El Heraldo’ y en la diagramación que hacía con Alfonso Fuenmayor de la revista ‘Crónica en Barranquilla’.
En ‘El coronel no tiene quien le escriba’, los amigos del personaje principal son tres sastres llamados Álvaro, Alfonso y Germán. Y Talese, cronista consumado, es un maestro en las técnicas de la edición, que con la misma pulcritud se viste y escribe en homenaje permanente al oficio de sus padres. Como todo sastre exquisito, el buen periodista alcanza su estilo al escribir. Un traje y un texto se arman con dominio de la técnica y cuidado en los detalles. Escritor o sastre, el profesional se asegura de que en sus creaciones quede consignada su firma.
Cuando empezó en su adolescencia a trabajar en ‘The New York Times’, Gay Talese pensó que aquel era el lugar con menos mentirosos de toda la ciudad. Sintió que Wall Street, la junta de educación, la alcaldía y la iglesia estaban llenos de mentirosos, pero no el periódico. “Dos años después, cuando se cumplió mi sueño de ser reportero, sentí que pasaba a engrosar las filas de una profesión noble cuya máxima aspiración era ser fiel a la verdad”. Para Talese, nada hay más importante que eso, y él sabe que de ella, de la verdad, no se ocupan los gobiernos. Los grandes negociantes mienten, los sacerdotes mienten, los políticos mienten. “El presidente miente. No este, todos. Siempre encuentran excusas para hacerlo: la seguridad ciudadana, la defensa nacional”.
En su país, dice Talese, “la prensa está obnubilada por el poder”. No solo en su país, decimos. El servilismo a la élite es reconocido en el mundo entero y se practica diariamente en la América Latina. La prensa debe sospechar del poder, recuerda Talese. Ejercer su escepticismo. Ponerlo a prueba. Los buenos periodistas no deben encamarse con los poderosos ni ser su caja de resonancia. Lo suyo es señalar los pecados de una sociedad que todos habitan. “El periodismo consiste en tratar de sacar la verdad a la luz pública”, ha dicho en varias ocasiones uno de los fundadores del periodismo personal.
Lo ha dicho: el periodismo es una vocación, un llamado a conquistar la verdad. Y un motivo de orgullo. Por eso Gay Talese se sigue vistiendo tan bien, cultivando el legado de sus padres, como si fuera un magnate, el dueño del periódico. “Siempre me he sentido importante porque pertenezco a un selecto grupo de personas que se dedican a conseguir la verdad, la forma más virtuosa de vivir que uno pueda imaginarse”.
HERIBERTO FIORILLO
HERIBERTO FIORILLO
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