¿Aterrizaje forzoso?

¿Aterrizaje forzoso?

Este vuelo hacia la paz tiene un itinerario inaplazable y un destino ineludible. Hay que aterrizar.

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01 de noviembre 2015 , 08:56 p.m.

Para quienes estudian los temas aeronáuticos, hay ciertas verdades inmutables que se aplican, paradójicamente, a muchas de las circunstancias que enfrentan las personas, las familias y los países. También son buena guía para entender qué es lo que ocurre en las diferentes fases de un proceso de negociación, como el que emprendieron el Gobierno Nacional y las Farc.

Las estadísticas demuestran que la mayoría de los accidentes aeronáuticos suceden al despegar o al aterrizar. El miedo a despegar es proverbial. Los pasajeros saben que ya no hay vuelta atrás cuando se embarcan, cierran las puertas y se inicia el carreteo. La mayoría nos damos la bendición, nos encomendamos al Santísimo y rogamos por llegar sanos y salvos.

Por eso es tan difícil lograr que despegue un proceso de negociación. Tener un plan de vuelo –hoja de ruta, como lo llaman los negociadores de La Habana– que sea claro y que defina con precisión las fases de la travesía hace toda la diferencia. Ese objetivo se logró en el actual proceso de paz, por lo que en los momentos de turbulencia, que ocurren en todo vuelo y en toda negociación, el hecho de que existiera un mapa definido –el cual se demoró meses en concretar– ha ayudado enormemente a encontrar las respuestas necesarias para seguir adelante, evitar el retorno al punto de partida o incluso un accidente catastrófico.

Cuando se alcanza la altura de crucero, los pasajeros se relajan y empiezan a pensar cómo va a ser el destino final. Playa, ron, mariscos, catamarán. Votos, curules, poder, libertad. Pero, al mismo tiempo, la tranquilidad de las alturas lleva a muchos a pensar que quizás es mejor no tener que aterrizar. La champaña, la conversa, los nuevos amigos, la monita de la silla de al lado, en fin, por ahí se van “encabinando”. El avión se convierte en un mundo aparte. Se corre el riesgo de que se prolongue el vuelo hasta que se acabe el combustible.

Pasó con los procesos de paz de los presidentes Betancur, Samper y Pastrana. Volaron en círculos indecisos, para darles contentillo a los pasajeros, hasta que perdieron el rumbo y desaparecieron en las montañas de Colombia. La actitud de nuestro capitán de hoy –Juan Manuel Santos– es, afortunadamente, muy diferente. Ha empezado a recordarles con claridad a los pasajeros –particularmente en los últimos días– que no se puede seguir indefinidamente en la estratosfera y que hay, además, una hoja de ruta pactada que se debe cumplir. Este vuelo hacia la paz tiene un itinerario inaplazable y un destino ineludible.

Ha llegado la hora de aterrizar. Y es en esta fase del descenso cuando más turbulencia se presenta al dejar las confortables alturas, por lo que los pasajeros deben guardar la calma. En la medida en que el avión se acerca al aeropuerto de destino reaparecen los miedos, las inquietudes, las dudas, los desafíos de llegar a un territorio desconocido.

Una vez en tierra, ya es poco lo que se puede hacer. Este proceso de paz se diseñó para tener que aterrizar, ineludiblemente, en la ruptura o en la paz. Esa inevitabilidad genera, tanto en la mesa de La Habana como en los pronunciamientos de los voceros de las fuerzas sociales, un creciente desasosiego ante las perspectivas de que el fin del viaje es inminente. Como dicen los expertos aeronáuticos, el aterrizaje es la fase más riesgosa del vuelo. La capacidad de las partes de mantener la serenidad será lo que determine si este será un aterrizaje forzoso.

Díctum. Se prometió un análisis electoral. Con la caricatura de Matador y las excelentes columnas de Rudolf Hommes y Guillermo Perry publicadas el domingo, no hay necesidad. Suscribo todo lo dicho por ellos.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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