Álvaro Gómez Hurtado: el triunfo de tantas derrotas

Álvaro Gómez Hurtado: el triunfo de tantas derrotas

Era un representante emblemático del establecimiento que sin embargo quiso subvertirlo toda la vida.

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01 de noviembre 2015 , 08:39 p.m.

Alguien me contó alguna vez que el día en que lo mataron, el 2 de noviembre de 1995, cuando Álvaro Gómez Hurtado ya agonizaba en una camilla de la Clínica del Country, salió uno de los médicos que lo atendían y le mostró a su esposa, Margarita, el puño en alto. “Es muy extraño –le dijo, con la mano como abriéndose y cerrándose–, porque está muy mal pero el corazón sigue latiéndole muy fuerte...”.

Aun muriéndose, Álvaro Gómez Hurtado trataba de sobreponerse a la adversidad y a la derrota y el corazón le latía con más fuerza. Aun allí, o quizás allí más que nunca, su espíritu romántico, su talante, estaba dispuesto a darlo todo y a tener la razón sin que de verdad importaran los resultados de su empeño. Esa había sido su obsesión desde niño, la excelencia. Que la bondad y la belleza de las cosas no dependieran de su éxito. (Lea aquí: Una guerra perdida; más allá del glifosato)

Quizás por eso Álvaro Gómez nunca fue presidente de Colombia: porque su verdadera vocación, creo, estaba en el arte y en el pensamiento y no en la política, y lo que a él le importaba eran las ideas, no los votos. Tener la razón, no ganar las elecciones. Claro: en la democracia tienen la razón los que ganan las elecciones (en eso consiste la democracia, me dirán), pero ese solo hecho no siempre significa que la mayoría decida lo mejor. A veces significa lo contrario.

Y aunque Gómez también fue un político en el sentido más prosaico y electoral de la palabra, quién podría negarlo, ahí se le fue la vida entera, sus causas eran casi siempre causas perdidas porque en ellas había un desafío muy profundo a lo establecido, a los lugares comunes con los que se legitiman, de manera acomodada y cínica, los dueños del poder y sus beneficiarios.

Gómez Hurtado fue candidato presidencial en 1974, 1986 y 1990. Fue derrotado por Alfonso López Michelsen, Virgilio Barco y César Gaviria, en ese orden. / Foto: Archivo EL TIEMPO.

Digamos que Álvaro Gómez fue un representante emblemático del establecimiento que sin embargo quiso subvertirlo toda la vida, muchas veces de manera más radical y ambiciosa que los rebeldes de oficio y de turno que tanto lo criticaban y que al final eran (y son) más acartonados y más dogmáticos y más conservadores que él. Por eso escribió en su diario cuando estaba secuestrado: “Yo fui siempre un resistente”.

Eso es algo que sus enemigos, por supuesto, no van a aceptar jamás, porque para ellos la imagen de Álvaro Gómez fue y sigue siendo la del godo sectario que era hijo de Laureano y que incendió con sus intrigas y consignas al país. Esa fama que también fue determinante para que Colombia votara siempre en su contra; esa sombra que sus contradictores atizaron en cada elección.

Y sin duda que Álvaro Gómez Hurtado fue sectario e intemperante y radical: lo fue en tiempos de la historia de Colombia en que todo el mundo lo era, de lado y lado, liberales y conservadores, aunque solo él hubiera cargado para toda la vida con la culpa y la responsabilidad de esa guerra civil no declarada en la que el contrario, por el solo hecho de serlo, no merecía ni siquiera el beneficio de la duda y había que acabarlo. (Vea también: Piden a la Corte que declare lesa humanidad en caso de Álvaro Gómez)

Pero para eso se hizo el Frente Nacional, hoy tan despreciado: para clausurar esa guerra. Para cerrar esa página delirante en la que los dos partidos de Colombia casi acaban con ella, aunque no faltará quien diga, y no sin algo de razón, que eso fue justo lo que hicieron pero después de firmada la paz. Lo cierto es que en el pensamiento y en las maneras de Álvaro Gómez, desde entonces, hubo una evolución imposible de negar.

Yo creo que fue durante el destierro, entre 1953 y 1957, cuando eso ocurrió; cuando Álvaro Gómez dejó de ser ‘laureanista’ para volverse ‘alvarista’. Fue quizás allí donde él empezó a formular sus ideas de manera más profunda y auténtica, con un lenguaje propio muy bello y caracterizado, teñido por la influencia de Ortega y Gasset y en el que hay ya una diferencia con la voz, con la herencia de su papá, de la que él sin embargo estuvo siempre tan orgulloso, faltaba más. (Lea: Editorial: Un crimen y muchas preguntas)

De esa época queda un libro suyo fundamental, La revolución en América: una reflexión aguda y erudita sobre el legado hispánico en nuestro continente, y sobre cómo la independencia había planteado aquí una contradicción traumática entre ese legado (lo que fuimos y somos: una sociedad mestiza y barroca de la Contrarreforma) y las instituciones liberales y democráticas de la modernidad que no tenían cómo ni dónde germinar.

En otras palabras, y para decirlo mejor y con más claridad: para Álvaro Gómez el problema de nuestra sociedad, desde la independencia, estaba en su indefinición cultural, pues sus estructuras sociales y su mentalidad pertenecían a la colonia en la versión española, señorial y religiosa y casi feudal, y sus instituciones eran en cambio modernas y racionales: de la Revolución Francesa, para unos países todavía medievales.

Por eso, decía Gómez, aquí vivimos refundándolo todo todos los días, pedaleando sin descanso en la bicicleta estática y voraz de la revolución permanente. Sociedades en obra negra que lo cambian todo para que nada cambie, mientras se abre un abismo entre lo que son y lo que creen ser. No funcionan el liberalismo ni la democracia, no pueden funcionar, cuando no existe una cultural liberal y democrática que los haga posibles.

En La revolución en América está, para mí, lo más importante del legado político e intelectual de Álvaro Gómez: la agudeza, la lucidez, la inconformidad; sobre todo la capacidad para dialogar con quienes no estaban de acuerdo con él. Cosas que también deberían recordarse hoy, cuando se cumplen 20 años de su asesinato, y no solo que nunca hubiera llegado a la presidencia o que su muerte aún siga bajo el sello infame de la impunidad.

Porque Álvaro Gómez Hurtado fue ante todo un pensador, un sabio. Y des-de la Antigüedad se sabe que el destino de los sabios es la incomprensión y la soledad, no lo contrario. Rarísimo habría sido, más bien, que hubiera triunfado; toda victoria, de alguna manera, tiende una sospecha sobre la sensatez del mundo. Él prefirió en cambio decir siempre la otra opinión, defender sus ideas aunque eso le costara la vida.

Decir, por ejemplo, y mucho antes de que tantos lo dijeran, que había que legalizar la droga y que el origen del narcotráfico estaba en los Estados Unidos, donde está el consumo, y no acá, donde está la producción. Decir que “lo más grave de Colombia es la familiaridad con que tratamos el fenómeno de la destrucción de la vida humana”. Decir que era el último liberal que quedaba, que había que hacer un acuerdo sobre lo fundamental.

Y al final de su vida, desde 1992, Álvaro Gómez dijo que el problema de Colombia era el ‘régimen’ y que había que tumbarlo. No el Gobierno, ni los ricos, ni los mafiosos, ni los periodistas, ni los jueces, ni los políticos. No. Pero todos ellos enquistados en una especie de amasijo truculento en el que el valor supremo, el vínculo esencial entre cada una de esas partes, es la complicidad.

“Se pretende tener a la gente comprometida por interés. La consideración del provecho individual se impone sobre el bien público. Los propósitos colectivos se vuelven singulares, porque así es como producen beneficio...”. Eso es lo que Álvaro Gómez Hurtado llamaba el ‘régimen’: un sistema perverso de explotación de lo público en causa propia; una telaraña de transacciones oscuras entre todos los que la habitan y gobiernan.

Eso era lo que Álvaro Gómez Hurtado decía que había que tumbar. Y como siempre, nadie lo entendió. Por eso lo mataron. En la mañana de su muerte leyó la Historia de los animales, de Aristóteles. Luego un poema de Antonio Machado. Entonces fue a dar una clase en la que habló sobre el barroco, lo que somos. Al salir le dispararon.

“Lo importante para mí no era ganar sino no claudicar, y ello se logró...”, le escribió alguna vez en una carta a su esposa, Margarita, cuando eran jóvenes.

Eso explica también, quizás, que ese 2 de noviembre de 1995, hace 20 años ya, su corazón latiera más fuerte que nunca. Como siempre.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
Especial para EL TIEMPO

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