'Moriré pronto sin saber dónde está mi hijo': Héctor Beltrán

'Moriré pronto sin saber dónde está mi hijo': Héctor Beltrán

Contrató detectives para ubicar a Jimmy, auxiliar de cafetería. Lo amenazaron para que desistiera.

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30 de octubre 2015 , 10:44 p.m.

Tiene más de 80 años, está enfermo y usa un aparato para poder escuchar. Sin embargo, Héctor Jaime Beltrán, un topógrafo jubilado que siempre viste de paño, saca fuerzas, no sabe de dónde, para seguir buscando a su hijo.
También se llama Héctor Jaime y, el 6 de noviembre de 1985, llegó a cumplir su turno en la cafetería del Palacio de Justicia y simplemente se esfumó.

“Sé que me queda poco tiempo de vida, pero tengo la esperanza de saber qué pasó con Jimmy antes de morirme. De los padres de los desaparecidos solo quedamos tres vivos”, dice con la voz quebrada.

El 7 de noviembre, lo buscó por primera vez entre los cuerpos calcinados que llegaron a Medicina Legal.

“Sabía que podría identificarlo fácilmente porque tenía tatuado un indio pielroja en su brazo derecho. En las mesas de la morgue no cabían los cadáveres incinerados que los mismos militares transportaron sin hacer levantamiento. Algunos estaban tan quemados que era casi imposible reconocerlos”, dice.

“No mamita, aquí no está –le dijo Héctor a su esposa Clara Isabel–. Yo creo que él está detenido en alguna parte y esta tarde va a llegar a la casa”.

Desde la noche anterior, cuando el Palacio aún ardía, a Héctor le dijeron que los trabajadores de la cafetería habían salido con vida del edificio y que los tenían retenidos en el Museo del Florero. Pero allí no les dieron razón del paradero de Jimmy.

Mentiras y amenazas

Héctor invirtió lo poco que ganaba como topógrafo en pagar abogados y detectives privados.

“Los supuestos investigadores me cobraban un dineral por pistas falsas sobre el paradero de Jimmy. Me dijeron que estaba en Cali, viviendo como habitante de calle. Que estaba loco en las calles de Tunja, tras sobrevivir a las torturas de los militares. Que estaba en Medellín. Que estaba en Cúcuta...”.

Los fines de semana Héctor viajaba a las ciudades que le señalaban los detectives en busca de su hijo.
“¡Todo era mentira! La prueba es que nunca apareció”, dice, mientras busca en su memoria.

“Los recuerdos, en la media del tiempo, se van diluyendo, se están como quedando en la penumbra, porque el tiempo borra”.

Sin embargo, recuerda muy bien las llamadas que le hacían para que no siguiera buscando a su hijo.

“Me insultaban, me decían cómo estaban vestidas mis hijas, en qué colegio estudiaban (...) Sabemos de dónde venían esas llamadas pero yo le eché tierra al asunto”, contesta.

Y remata su historia diciendo: “Los que han recibido los restos y han comprobado que son de sus seres queridos, por lo menos tienen a quien rezarle. Yo no tengo el gusto de ir a la tumba de mi hijo: 30 años de lucha y 30 años de sufrimiento que no se lo deseo a nadie”, dice don Héctor.

ESTEFANÍA CARVAJAL RESTREPO Y JOSÉ SARMIENTO ARDILA

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